Ecos del abismo.

Ecos del abismo, segunda parte. Los que se detienen

Uttar Pradesh, India. 2005.

El barro de la zanja sabía a estiércol, pero a Suraj eso ya no le importaba. Lo que realmente le quemaba en el pecho, más que la costilla rota que le perforaba el pulmón a cada bocanada de aire, era el tintineo de las monedas de rupias desparramadas en el fango, a unos centímetros de sus dedos. Las había perdido. Había fallado.

—Cucaracha dalit —escupió una voz desde arriba, borrosa por la lluvia que empezaba a caer—. La próxima vez que entres a la farmacia de los bien nacidos, te cortaremos las manos.

El crujido de las botas sobre la grava se fue alejando entre risas ásperas.

Suraj esperaba la muerte. La lluvia caía con fuerza mientras la vida escapaba de su cuerpo poco a poco. Comenzó a sentir una vibración que subía desde el suelo. Serán los Yamadutas que vienen a por mí, pensó. Luego vino un zumbido grave, constante. El dios Yama los ha mandado a buscar mi atman. Cerró los ojos.

Cuando los abrió, había voces.

—Kenza. —Una voz masculina, tensa—. Ha llamado la Astraea. La nave gris fue interceptada saliendo de la atmósfera. Nos ordenan volver.

Kenza revisó el detector sin responder. La lluvia repiqueteaba contra su equipo.

—De acuerdo. Vámonos.

Dio dos pasos. El detector emitió un pitido.

Lo ignoró.

Tres pasos más. El pitido volvió, esta vez sostenido, insistente.

Se detuvo. Sacó el detector y lo activó. En el holograma apareció un punto rojo parpadeando, a unos treinta metros.

—Marcus. —Su voz había cambiado—. Hay una forma de vida herida aquí cerca. No es un animal.

—Algún perro. Date prisa, no tenemos tiempo.

—Es humana.

Silencio al otro lado del comunicador.

Kenza ya estaba corriendo.

Frenó en seco al borde de la zanja para no caer. Abajo, entre el barro oscuro, un chico joven yacía con los brazos en ángulos que no eran naturales. La lluvia le aplastaba la ropa contra el cuerpo. Kenza apuntó el detector.

Múltiples fracturas. Traumatismo craneal severo. Pérdida de masa encefálica en curso.

—¿Tiempo? —preguntó en voz baja.

Diez minutos si no recibe tratamiento.

—Marcus. La unidad médica. Ahora.

Bajó por la zanja con cuidado, clavando los talones en el barro. Colocó dos cilindros metálicos a cada lado del chico y los activó; se alargaron despacio hasta proyectar una barrera de energía que cubrió el cuerpo entero.

Paciente estabilizado. Se recomienda atención médica antes de dos horas.

Marcus llegó resbalando, cayó sentado en el barro y no dijo nada. Activó el tercer cilindro y apuntó al chico. Un haz verde lo elevó suavemente hasta quedar suspendido a un metro del suelo.

Salieron de la zanja en silencio. En la zona de árboles, sin previo aviso, una nave se hizo visible en la oscuridad. La compuerta trasera se abrió y desplegó la rampa.

—Activa los motores —ordenó Marcus.

Kenza subió y se sentó en la silla delantera sin mirar atrás. Sus manos encontraron los controles por memoria. La nave comenzó a elevarse.

—¿Cómo está? —preguntó después de un momento.

—Aguanta. Llegaremos a tiempo.

Kenza mantuvo los ojos al frente. Abajo, las luces de Uttar Pradesh se achicaban y desaparecían entre las nubes. En algún punto entre la maniobra de ascenso y el primer salto, su mente fue a otro lugar. Una carretera en Kigali. El año 94. Trescientos cadáveres de su propia gente y ella en medio, esperando que los machetes volvieran a terminar lo que habían empezado. No volvieron. Alguien se había detenido por ella.

—Aguanta, niño —susurró.

No estaba segura de si lo decía para él o para la chica que había sido.

********

Nueva York. 2020.

Suraj llevaba diez minutos estudiando el perímetro desde la acera de enfrente. Francotiradores en tres azoteas. Cámaras rotativas cada cuarenta metros. Dos controles de acceso donde antes había uno. Todo había cambiado desde que el Secretario General se reunió con la Unión. La sede de las Naciones Unidas era ahora otro tipo de lugar.

Metió las manos en los bolsillos y escuchó la voz de Kenza en el auricular.

—¿Seguro de que no quieres escolta?

—Exacto.

—Suraj.

—Llevo escudo y traje de combate. Si tengo problemas se activa en décimas de segundo.

Un silencio breve al otro lado. El tipo de silencio que Kenza usaba cuando ya había decidido no seguir discutiendo pero quería que él lo supiera.

—Vas a entrar en un lugar lleno de gente que solo piensa en su propio beneficio.

—Tranquila. Si necesito ayuda gritaré muy fuerte: mamá.

—Dios, no cambias. Oye. ¿Llevas a Enos?

Suraj no contestó.

—Suraj. Maldita sea. No me digas que la llevas desactivada otra vez. Actívala ahora mismo o bajo yo y te arranco las orejas.

Suraj activó la IA en silencio. Un segundo después, el punto verde apareció en la pantalla holográfica de Kenza.

—Enos, ¿estás ahí?

—Sí, Mariscal Kenza. Estoy aquí.

—Activa modo R1.

—Sí, señora.

—¡Oye! —exclamó Suraj—. ¿Le estás ordenando a mi IA personal que me espíe?

—Eso te pasa por pasarte las órdenes por el forro. Enos, si este sinvergüenza intenta desconectarte sin mi autorización, tienes permiso para darle unos cuantos calambrazo.

—¿Perdón, Mariscal? —preguntó la IA.

—Que lo vigiles para que no haga alguna locura.

—Entendido, Mariscal.

—Ahh, chica, tienes menos sentido del humor que una ración de combate caducada.

Suraj se rió. Kenza tenía ese efecto: podías estar a punto de cruzar un perímetro blindado y ella conseguía que te relajaras exactamente lo suficiente.

—Mariscal, Enos todavía está aprendiendo. No es una IA omnis como Alera o Iris. Por cierto, ¿dónde están esas dos?

—Iris de permiso, visitando Japón de incógnito. Ayako la monitoriza cada hora. La tiene loca.

—Normal. Cuando tu mejor amiga IA está embarazada.

—Y Alera con Grov en una misión. No sé más. Bueno. Ten cuidado y cumple tu misión.




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