Ecos del abismo.

Bonitas antigüedades

El sargento Miller seguía mirando al joven con cara de sorpresa.

—¿Trabajas para la Unión? —repitió, sin apartar los ojos del holograma.

—Ahí pone quién soy, sargento. Teniente Suraj Kumar, enlace de inteligencia y seguridad de la Unión. Estoy aquí para coordinar con los servicios de seguridad de la ONU la llegada de la Gran Almirante Elena Ortega.

Miller reaccionó por fin. Cogió la radio.

—Aquí Sky Shield, sargento Miller. Contesten Alpha-Echo.

—Aquí Alpha-Echo. ¿Qué ocurre, sargento?

—Tenemos un invitado de la Unión en la puerta. Pide permiso para entrar y hablar con el Secretario General. Espero órdenes.

Un silencio sofocante se extendió durante casi un minuto.

—Sky Shield, el sargento Miller queda autorizado para escoltar al invitado. El Secretario lo recibirá en la gran sala.

Miller resopló.

—Acompáñeme, teniente Kumar.

Echaron a andar. Suraj no miraba los edificios ni el cielo; miraba los ángulos, las ventanas, los tejados. Enos trabajaba en silencio a su lado, catalogando.

*Cinco francotiradores. Dos Abrams en batería cubriendo la entrada principal, cañones orientados hacia nosotros. Otros dos bloqueando los accesos norte y sur. Lanzagranadas automáticos en los flancos. Javelins en posición elevada, lado este.*

Suficiente para detener un batallón convencional.

Suraj se paró.

Miller lo notó y se volvió.

—¿Ocurre algo?

Sin responder, Suraj se dirigió directamente hacia el Abrams más cercano. Miller fue detrás con la quijada apretada.

—Debemos seguir, teniente.

—Tranquilo. Solo quiero verlo.

Dentro del tanque, el tirador intercambió una mirada con el conductor. Nadie les había dado instrucciones para esto.

Suraj se detuvo junto al casco blindado y pasó la mano por el acero. Lo hizo despacio, casi con afecto.

—Bonita antigüedad —dijo, lo bastante alto para que los tripulantes lo oyeran—. Una lástima que ya no sirva de mucho. Un solo draconarii con armadura de combate básica lo convertiría en chatarra antes de que pudieran girar la torreta.

El silencio dentro del Abrams era absoluto. Hacía menos de un mes habían visto por primera vez lo que era un draconarii, en Rapid City. Lo que quedó de Rapid City.

*Te recuerdo que estamos aquí para revisar la seguridad antes de la llegada de Elena e iniciar el contacto diplomático*, le llegó la voz de Enos directo al oído. *No para provocar arritmias en soldados americanos por entretenimiento.*

—Aguafiestas —murmuró Suraj.

Se alejó del tanque sin mirar atrás y esperó a que Miller lo alcanzara. Detrás de ellos, los tripulantes del Abrams soltaron el aire al mismo tiempo.

Cruzaron los pasillos que llevaban a la gran sala del Consejo. Cuando llegaron a las puertas, Suraj se detuvo. Miller estiró el brazo para abrirlas pero él lo paró con un gesto.

—¿Pasa algo, teniente?

Suraj tardó un segundo. Tenía la mirada fija en la madera oscura de las puertas, en ningún punto concreto.

—Nada, sargento. Entremos.

Miller abrió y Suraj entró.

---

La sala del Consejo de Seguridad tenía esa clase de silencio que no es ausencia de ruido sino acumulación de él: susurros cortados a la mitad, papeles que dejaron de moverse, el roce de una silla que alguien dejó de ajustar. Las luces cenitales caían sobre la mesa en herradura con la frialdad de un quirófano. Suraj cruzó el umbral sin detenerse.

El sargento Miller avanzó un paso y se cuadró.

—Señor Secretario General, presento al teniente Suraj Kumar, enlace de inteligencia y seguridad de la Unión.

Nadir Rahman asintió. Era un hombre con el pelo completamente blanco y los ojos de alguien que lleva décadas viendo llegar crisis y marcharse sin resolverse.

—Gracias, sargento. Quédese en la sala.

Miller saludó y se retiró hacia un rincón. Desde allí podía ver la sala entera. Se quedó quieto.

—Bienvenido, teniente Kumar. El Consejo lo escucha.

Suraj se acercó al atril. Apoyó las manos sobre el borde y miró la mesa despacio, sin prisa, como si estuviera contando algo.

—Señores. En exactamente tres días, la Gran Almirante de la Unión, Elena Ortega, hablará ante esta asamblea. Tienen ese plazo para coordinar los protocolos de recepción.

Arthur Vance, el embajador americano, se recostó en su silla con la expresión de quien acaba de oír algo que le parece, en el fondo, gracioso.

—¿Plazos? —dijo—. ¿Bajo qué autoridad nos dicta plazos, teniente? La Unión es una entidad autoproclamada. Este Consejo no va a ceder soberanía a un grupo de militares que operan fuera de cualquier marco legal reconocido.

—Rusia tampoco acepta ultimátums. —Dmitry Voronov habló sin levantarse, con los brazos cruzados y un tono tan neutro que resultaba más amenazante que el de Vance—. Si la Unión quiere establecer una relación con los estados miembros, que lo haga a través de los cauces diplomáticos habituales.

Desde el otro extremo de la mesa, Jean-Pierre Dubois murmuró algo al oído de Kenji Tanaka. Tanaka asintió sin mirar hacia el atril.

Suraj los dejó hablar. Cuando el último murmullo se apagó, se apartó del atril y empezó a caminar despacio a lo largo del borde interior de la herradura.

—Entiendan algo —dijo, sin elevar la voz—. A la Unión no le interesa cómo gestionan sus economías ni sus leyes internas. Nos ocuparemos exclusivamente de la seguridad exterior: espacio profundo, sistema solar, amenazas que ninguno de ustedes tiene capacidad de detectar a tiempo, y mucho menos de neutralizar. No intervendremos dentro del planeta. —Hizo una pausa breve—. A menos que desaten una guerra nuclear que comprometa el ecosistema. O que vuelvan a traicionar a la humanidad como hicieron Estados Unidos y Rusia en los años cincuenta.

Vance se puso de pie. Tenía la mandíbula tensa y el cuello enrojecido por encima del nudo de la corbata.

—Eso es una infamia. ¿Nos está amenazando en nuestra propia casa?




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