El Valle de Taurus-Littrow siempre había parecido un monumento a la desolación.
Rodeado por los gigantescos macizos montañosos de la Luna, el valle era una fosa de polvo gris y silencio absoluto.
Sin embargo, aquella mañana cósmica, el paisaje eterno se vio perturbado por dos anomalías: un monolito dorado de treinta metros de altura que vibraba en el centro de la llanura, y la Gran Almirante de la Unión, que caminaba hacia él como si paseara por el jardín de su propia casa.
Elena no llevaba traje espacial. Vestía el uniforme de gala de la Unión: una levita de corte militar color azul noche, botones de plata relucientes y un pantalón de sastre perfectamente planchado.
A su lado, un pelotón de doce soldados de élite marchaba en formación. Ellos tampoco llevaban las pesadas armaduras de la infantería pesada, sino un uniforme táctico ligero.
A simple vista, el grupo desafiaba a la muerte. Al otro lado de la imperceptible línea que rodeaba sus cuerpos, el vacío lunar se encontraba a unos letales cien grados bajo cero.
Pero la tecnología de la Unión era milagrosa. Cada uno de ellos portaba en el cinturón un microgenerador cuántico; un dispositivo del tamaño de una cajetilla de cigarrillos que proyectaba un campo de fuerza individual.
La barrera retenía una atmósfera perfecta de oxígeno a una presión de una giga-atmósfera y, lo más importante, simulaba una gravedad artificial idéntica a la de la Tierra (1g).
Debido a esto, la marcha del pelotón era firme y coordinada. El tacón de las botas de cuero de Elena golpeaba el suelo con la fuerza de sus sesenta kilos terrestres.
Cada pisada impactaba contra el regolito lunar, levantando limpias cascadas de polvo grisáceo que, al no encontrar resistencia del aire, salían despedidas en trayectorias parabólicas perfectas y caían de golpe, sin flotar.
—Señora, el analizador cuántico indica fluctuaciones en el espacio-tiempo justo delante —la voz del capitán Vane sonó nítida, casi íntima, en el oído de Elena.
Llevaban un pinganillo intraural, un diminuto dispositivo de comunicación por radio que iba directo al tímpano. En la Luna, donde el sonido no tenía aire por el que viajar, el silencio exterior era sepulcral.
Elena miró a Vane. Visualmente, el capitán había movido los labios en un mutismo absoluto; solo la señal digital del pinganillo permitía que se entendieran.
—Mantengan la formación —respondió Elena por el canal privado, sin alterar su ritmo. Su propia voz le sonó extrañamente seca, contenida dentro de la pequeña burbuja de aire de su campo de fuerza.
Se detuvieron a escasos veinte metros del monolito. La estructura dorada no reflejaba la luz azul de la Tierra que colgaba en el firmamento negro; parecía absorberla.
De repente, la superficie del monolito se estiró como oro líquido. El espacio vibró, y de la sustancia dorada emergieron tres figuras colosales.
Eran seres gigantescos, de casi cinco metros de altura, con extremidades extremadamente delgadas y una piel de un blanco translúcido que parecía brillar con luz propio. Sus cabezas eran desproporcionadas, coronadas por unos ojos inmensos que recordaban a los de las antiguas crónicas de los "grises", pero con una diferencia aterradora: sus pupilas no eran negras.
Eran ventanas al cosmos. En el fondo de sus ojos se movían nebulosas en miniatura, galaxias espirales girando lentamente y destellos de supernovas moribundas. Pinturas de luz viva que reflejaban el universo entero.
Los soldados dieron un paso atrás de forma instintiva, levantando sus fusiles de plasma. El terreno vibró.
Entonces, una fuerza invisible golpeó los pinganillos de los humanos. No era una señal de radio; era una intrusión electromagnética y mental directa que se tradujo en palabras dentro de sus cabezas. Una voz que sonaba como el crujido de un planeta al romperse.
«Criaturas de barro y metal», resonó la voz de los tres seres al unísono, aunque ninguno movió la boca. «Habéis osado profanar el umbral del Firmamento Sagrado. Este no es vuestro dominio. Marchaos. No deberíais estar aquí.»
La presión psicológica de la telepatía alienígena hizo que dos soldados cayeran de rodillas, jadeando dentro de sus campos de fuerza. Las luces de sus uniformes parpadearon.
Elena, sin embargo, ni siquiera parpadeó. Con las manos entrelazadas a la espalda, avanzó dos pasos, quedando justo al borde de la sombra que proyectaban los gigantes. Su levita azul ondeó levemente, estabilizándose de inmediato por la gravedad artificial de su cinturón.
—Los que no deberían estar aquí —dijo Elena, y su pinganillo tradujo su voz a una frecuencia de onda ancha para que los sensores de los alienígenas la captaran— son ustedes.
Los tres seres inclinaron sus enormes cabezas, las galaxias de sus ojos centelleando con lo que parecía una mezcla de curiosidad y desprecio.
—Sabemos perfectamente lo que están haciendo —continuó la Almirante, con una voz tan fría como el vacío que la rodeaba—. Llevan siglos operando en los bordes de nuestro espacio. Secuestrando humanos, capturando ejemplares de las razas de otros mundos.
Los arrastran a través de estos portales y los encierran en su dimensión. Los exponen como si fueran animales. Han convertido su sector en un zoológico cósmico.
Hubo un instante de quietud absoluta en el valle de Taurus-Littrow.
Entonces, los seres que se creían todopoderosos hicieron algo profundamente humano: rieron. No fue un sonido, sino una onda de choque mental que hizo vibrar el polvo lunar alrededor de ellos.
«¿Un zoológico?», replicó el ser del centro, cuyos ojos mostraron el estallido de una estrella roja. «Llamadlo conservación, hormiga. Sois efímeros. Vuestras vidas son chispas en la oscuridad. Deberíais sentiros honrados de que guardemos vuestro linaje antes de que os extingáis en vuestras patéticas guerras.»
Elena sonrió. Fue una sonrisa pequeña, afilada como un bisturí.