Ecos del abismo.

Sacrificar el alma

La compuerta de la base se abrió y Elena traspasó la barrera que evitaba que la atmósfera interior se escapara. Aisha la esperaba con una TC en la mano.

—¿Y bien? —preguntó.

—Suraj ha informado hace cinco minutos. La ONU acepta que hables ante ellos dentro de tres días. Ha revisado la seguridad; todo ok.

Elena no apartó la vista.

—¿Algo más?

—Sí, hay algo más —Aisha bajó la vista a la TC—. «Dígale a la almirante que le debo cien euros. Que tenía razón» —levantó la mirada—. ¿Razón en qué?

Elena estuvo unos segundos en silencio.

—En que la ONU es un nido de ratas a las que no les interesa el bienestar de la humanidad, sino el suyo propio —suspiró—. El sistema legal de la Tierra está bien podrido. Habrá que empezar las cosas desde la primaria y tratarlos como a niños. ¿Cómo va la misión de Elora y Lia?

—Estancada. A Sofía le queda un día más de viaje a Thalasia. Cuando llegue, les entregará el atrapa almas.

Elena chasqueó la lengua.

—Tsk... No me gusta usar ese tipo de tecnología. Es... deshonroso.

—Pero es necesario, Elena. Kaelen nunca trabajará para nosotros pacíficamente; nos detesta y no parará hasta meter a la Unión y a la Tierra en una guerra abierta con los draconarii. Debe ser eliminado.

Aisha sonrió.

—Si para proteger lo que amamos hay que sacrificar nuestra alma, que así sea.

Elena tardó un segundo de más en responder. Esas palabras eran suyas.

—Tienes razón, hay que hacerlo. Que la misión continúe tal como está programada.

En ese momento, el batallón del capitán Vane entraba por el portón de seguridad.

—¡Capitán! —Elena levantó el brazo.

Vane se acercó a las dos mujeres mientras su equipo se dirigía a los vestuarios.

—Almirante —dijo, cuadrándose frente a ella.

Elena sacó un pequeño disco plateado de su bolsillo y lo posó encima de la TC de Aisha. Varios segundos después, lo cogió y se lo lanzó al capitán.

—Ahí tiene la nueva misión de su equipo, capitán. Será el encargado de mi seguridad en la ONU dentro de tres días. Póngase en contacto con el teniente Suraj para coordinarse; podrá hacerlo en un par de horas. Después, usted y su equipo tendrán tres días de permiso.

—A sus órdenes, almirante.

Elena comenzó a caminar hacia sus aposentos privados. Vane bajó los hombros, aunque algo en su mandíbula seguía apretado.

—¿Le ocurre algo, capitán? —preguntó Aisha.

—No, no pasa nada, comandante —respondió, y comenzó a dirigirse a los vestuarios. De repente, se paró—. Comandante... se supone que estamos aquí para protegerla a ella. En cambio, los que siempre terminamos protegidos somos nosotros.

Aisha sonrió.

—No se preocupe, capitán. Es su naturaleza. Ella se sacrificaría gustosa por todos nosotros.

Vane saludó y continuó su camino. Aisha cerró los ojos, suspiró y volvió a su puesto en la oficina de la gran almirante.

Elena entró en su despacho y se dirigió al ventanal. Desde allí, la base lunar se extendía en silencio bajo sus pies, y al fondo, la Tierra.

—Asiha —llamó por su comunicador—. Voy a descansar un rato. A menos que el universo esté colapsando, no me molestes.

No hubo respuesta.

—¿Asiha? ¿Estás ahí?

—Sí, almirante. Siento la tardanza, pero estaba contestando una llamada que debe atender.

—¿Qué pasa ahora? —Elena se pasó una mano por el pelo.

—La llamada es de Retícula 4, del primari Narada. ¿Le digo que está ocupada?

Elena apoyó la frente contra el cristal frío del ventanal.

—No, páseme la llamada al sistema holográfico.

—Sí, almirante.

Asiha pulsó un botón y la señal estelar se transfirió a la oficina. En medio del despacho apareció el holograma a todo color de Narada, el primari de los grises libres.

La cabeza de Narada era una pera invertida: ancha en la frente, afilada hacia una mandíbula diminuta. La piel, gris apagado con vetas verdosas, no tenía un solo pelo. Sin orejas externas, solo dos orificios a los lados. La boca, una línea recta.

Y los ojos. Enormes, negros, sin esclerótica ni párpados —dos pozos de obsidiana que jamás parpadeaban. Lo único que lo distinguía de los grises imperiales era el cabello blanco que le coronaba la cabeza.

—Primari Narada, ¿a qué debo esta llamada? —preguntó Elena.

—Los titanos.

—¿Qué pasa con ellos?

—Elena, no te hagas la tonta. Sé perfectamente que eres igual de inteligente que tu padre.

Elena apretó los labios.

—Destruimos los cuatro portales. Llevaban milenios usándolos para secuestrar gente para su zoológico, y no lo iba a permitir.

—Has hecho bien. Pero debiste matarlo de verdad y no solo aplastarle la cabeza. Él y tres más aparecieron ante el consejo de la alianza; dicen que fuiste muy grosera —Narada se acercó un poco al encuadre—. Te seré sincero: un buen rayo de energía negativa y adiós a esos engreídos.

Elena se cruzó de brazos.

—Veo que no somos los únicos que no los toleramos.

—Nadie en la galaxia los aguanta. Son unos engreídos de mierda que van de dioses. ¿Cómo lo dicen en la Tierra? Un par de buenas hostias y se acabó el problema.

—¿Para qué has llamado, tío Narada?

—Kaelen. ¿Sabéis dónde está?

Elena se pellizcó el puente de la nariz.

—Aún no. Dos de nuestros mejores agentes lo encontraron en Kavos, pero le perdieron la pista. Lo están buscando, pero todavía nada.

—Arbórea.

—¿Perdón?

—Está en Arbórea. Manda a tus agentes hacia allá. Y Elena...

—Sí.

—Procura que esta vez el planeta no acabe partido por la mitad.

El holograma de Narada parpadeó una última vez antes de disolverse en el aire. La oficina recuperó su luz tenue.

Elena se dejó caer en su silla de mando y se frotó las sienes con las yemas de los dedos. Cerró los ojos durante un segundo de más. No había tiempo para descansar.

—Asiha —llamó, activando de nuevo el comunicador de su escritorio.




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