La noche en la base oculta de la Unión en Corea estaba tranquila.
—Por fin —susurró Yeon, soltando un suspiro cansado mientras contemplaba el plato de comida fría sobre su mesa de trabajo.
Como Almirante de la Unión, sus días apenas tenían pausas. Llevaba horas analizando gráficos de combate y su estómago reclamaba atención. Sostuvo los palillos frente a lo que se suponía era un bloque de tofu con vegetales, dispuesta a dar el primer bocado, cuando una luz roja, violenta y parpadeante, iluminó las tres pantallas de su terminal.
Un pitido agudo y ensordecedor inundó la sala.
Los palillos cayeron al suelo con un tintineo seco. Cinco años. Habían pasado exactamente cinco años desde la última vez que ese sensor se había activado. Cinco años desde que Yeon le implantó a su hermana el chip que no debería activarse nunca.
El monitor principal parpadeó con letras mayúsculas de color carmesí:
> **REVERSIÓN BIOLÓGICA DETECTADA. COORDENADAS: MANHATTAN, NUEVA YORK.**
—Mierda —masculló Yeon. Pulsó el botón del comunicador—. ¡Asiha! ¿Dónde está Elena?
—Durmiendo en su despacho, Almirante —respondió la voz al otro lado, desde la base lunar—. Dio órdenes estrictas de que nadie la molestase.
Yeon cerró los ojos un segundo.
—Entra en su despacho y dime si está dentro. ¡Ahora!
—Sí, Almirante.
Al otro lado de la línea, a cientos de miles de kilómetros de distancia, Asiha abrió la puerta de golpe.
—¿Almirante? —llamó. El silencio le respondió—. ¡Maldita sea!
—Asiha, ¿qué ocurre? —exigió Yeon.
—La Gran Almirante no está.
—Mira el sistema de seguridad.
Asiha introdujo su código en la mesa de Elena. Lo que vio en la pantalla le detuvo los pulmones. No dijo nada. Golpeó el botón de alarma general.
El aviso de emergencia parpadeó en la consola de Yeon mientras la voz de Asiha inundaba los altavoces de la base lunar: «Atención a todo el personal. Inicien protocolo de localización inmediata para la Gran Almirante Elena. Código azul tres. Repito: azul tres».
—He aislado la base y ordenado búsqueda total —informó Asiha—. La Gran Almirante ha sufrido una crisis de nivel azul tres.
Yeon no respondió de inmediato. Se puso de pie.
—Tú revisa la base. Yo la buscaré en el planeta. Hay que encontrarla ya.
Muy lejos de allí, por las ruidosas calles de Nueva York, una niña de unos nueve años arrastraba ropa de adulto notablemente grande para ella. Caminaba desorientada entre la multitud, atrayendo de inmediato las miradas de los neoyorquinos.
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Una niña tiró de la manga de su madre. La mujer miró hacia donde la pequeña señalaba: la extraña visitante avanzaba con torpeza, enredada en su propia ropa, hasta que se detuvo en seco. Se deshizo de las prendas una por una. Las dejó caer.
El murmullo llegó antes que los gritos.
Dos policías se abrieron paso entre la multitud. Se acercaron despacio, las manos abiertas, sin apartar los ojos de ella.
—Ven aquí, pequeña. ¿Dónde están tus padres?
Uno extendió el brazo para sujetarla. La niña desapareció.
—¿A dónde fue? —El agente giró sobre sus talones.
—¿Jugamos? —dijo una voz a sus espaldas.
El segundo oficial se dio la vuelta tan bruscamente que tropezó con sus propios pies. Volvieron a rodearla, esta vez más cerca. La niña alzó el brazo derecho.
Ninguno de los dos pudo moverse.
Los tenía suspendidos, rígidos, como figuras olvidadas en un estante. Los miró un momento. Luego se elevó del suelo sin prisa.
—Qué aburridos.
Bajó el brazo. Los dos cuerpos salieron disparados el uno contra el otro, y el impacto que debería haber llegado no llegó: se cruzaron como si el otro no existiera y cayeron al asfalto por lados opuestos. Se quedaron un instante sin levantarse, jadeando.
Las sirenas llegaron desde tres direcciones a la vez.
—Vaya —dijo la niña—. Más juguetes.
Sonrió. Quienes la vieron desde las ventanas, desde las cámaras de los drones, desde el otro lado de las pantallas, no supieron bien qué tenía esa sonrisa. Solo supieron que no querían verla de nuevo. Entonces los ojos de la niña cambiaron: el azul se apagó y algo más antiguo ocupó su lugar.
*Ellos mataron a mamá. Debemos destruirlos. Eliminar este planeta de una vez. No tuvieron piedad con ella.*
—No.
*¿Por qué deberíamos nosotras tenerla con ellos?*
—He dicho que no. —La voz de la niña se tensó hacia adentro, como si apretara algo con los dientes—. Aquí mando yo. Y no soy una asesina. Así que solucionemos esto de una maldita vez.
Un destello blanco. Donde había una niña, había dos.
La de ojos negros inclinó la cabeza hacia la multitud atrapada detrás del escudo azul que su otra mitad había levantado sin que nadie lo viera hacer.
—Comienzo yo.
El suelo respondió. El asfalto se partió en bloques que ascendieron girando, chocando, fundiéndose en el aire hasta que la forma dejó de ser ambigua: cuello, mandíbula, costillas de piedra. El dragón aterrizó con un golpe que hizo temblar los edificios hasta el tercer piso.
La gente golpeaba la barrera con las palmas, con los puños, con lo que tuviera en la mano. Los helicópteros sobrevolaban el perímetro sin poder cruzarlo. Los niños lloraban ahogados por el rugido.
—Tras la barrera estaréis bien —dijo la de ojos azules, flotando entre el muro y la bestia.
El dragón embistió. La energía azul crujió, se agrietó, se reparó sola. La de ojos negros observó las grietas con algo parecido a la satisfacción.
—Esa es tu debilidad, hermana. Siempre los proteges. —Hizo una pausa—. Únete a mí. Solo son materia.
La de ojos azules alzó el brazo hacia su otro yo.
La de ojos negros cayó.
Del hueco de su mano abierta salió algo: negro, viscoso, lento. Se arrastró por el asfalto dejando un rastro oscuro. Mientras esa cosa viviera, el dragón seguiría embistiendo la barrera. Cada golpe más ciego que el anterior. Como si él también lo supiera.