Elizabeth firmó el último documento. «Por fin», se dijo. Todo estaba cerrado y terminado. Se disponía a pulsar el botón de llamada de la cocina de la Casa Blanca para pedir algo de comer, cuando la señal de su secretario la hizo poner los ojos en blanco.
Pulsó el botón.
—¿Sí, Andi?
—Señora presidenta, algo está sucediendo en Nueva York.
—¿Qué ocurre?
—Estoy reuniendo los datos, señora, pero creemos que tiene que ver con la Unión.
Elizabeth cerró los ojos. La Unión Terrestre. Desde que esa organización apátrida se dio a conocer hacía un mes, el mundo se había vuelto un caos.
—¿Me puedes dar un adelanto?
Andi dudó.
—La verdad... no sé cómo decirlo sin que crea que me he vuelto loco.
—A estas alturas, Andi, de la Unión me espero cualquier cosa. Adelante, dime.
—Verá... —comenzó Andi—. Hace una hora, una niña de nueve años apareció en Times Square, Manhattan. Según la policía y los testigos, llevaba ropa de adulto que procedió a quitarse hasta quedarse desnuda.
—Ve al grano, Andi.
—Sí, señora. Al parecer, la niña se dividió en dos seres: uno con ojos azules y otro con ojos negros. La de los ojos negros moldeó un dragón con el asfalto y atacó a la población, mientras que la de los ojos azules los protegió. Ambas levitaban y manifestaban poderes.
Elizabeth no respondió de inmediato. Miró el bolígrafo que aún sostenía y lo dejó sobre el escritorio.
—¿Señora?
—Tranquilo, Andi. Solo es uno de esos momentos en los que me arrepiento de haberme presentado a la presidencia.
—La entiendo, señora. La Unión es un gran problema.
—¿Un problema? No, Andi. Es más bien una almorrana: nunca sabes cuándo va a empezar a joder. ¿Han aparecido sus naves?
—Sí, señora. En este momento, cuatro lanzaderas de la Unión sobrevuelan la zona y una de ellas ha aterrizado.
—¿Y quién ha bajado? ¿Mara? ¿Izzi?
—No. Quien ha descendido es la mismísima almirante Yeon.
—¿Yeon? ¿Estás seguro?
—Sí, señora. El asunto debe de ser muy grave para que la segunda al mando intervenga en persona.
Elizabeth abrió los vídeos que llegaban a su ordenador. Las dos niñas. El dragón de asfalto. La babosa negra brotando del cuerpo de una de ellas. Luego la lanzadera descendiendo sobre Times Square, y Yeon saliendo escoltada por soldados y médicos que de inmediato rodearon a la menor. Apartó la vista de la pantalla.
—¿Sabes, Andi? Solo ha pasado un mes, pero ya echo de menos los tiempos en los que las únicas preocupaciones eran Corea del Norte, Irán, Rusia o China. ¿Desde cuándo se fue todo a la mierda?
Andi no contestó enseguida.
—Tenemos que adaptarnos, señora presidenta —dijo al fin—. Si no queremos desaparecer, no nos queda otra opción.
Elizabeth no respondió. Volvió a mirar la pantalla: Yeon, de pie en medio de Times Square, con el dragón de asfalto todavía humeando al fondo. Cogió el bolígrafo. Lo volvió a dejar.
—Prepárame un informe completo para dentro de veinte minutos.
—Sí, señora.
Cortó la llamada. A través del ventanal, Washington seguía igual que siempre: ordenado, solemne, ajeno. Elizabeth pensó que eso también iba a cambiar.
***
En Times Square, la noche olía a quemado.
***
Los soldados mantenían a la gente alejada. Solamente los periodistas equipados con las cámaras más potentes y un mejor zoom óptico conseguían registrar imágenes nítidas; los teléfonos móviles, debido a la distancia de seguridad impuesta por el cordón policial, solo lograban capturar siluetas borrosas.
Ryan Predovic era un reportero independiente veterano que, desde la aparición de la Unión, jamás salía de casa sin su Sony Cyber-shot RX10 IV. Siempre se repetía a sí mismo el mismo mantra: nunca sabes cuándo tendrás la oportunidad de filmar una de sus naves. Aumentó el zoom al máximo y presionó el botón de grabar.
La lanzadera llenó el visor de la cámara. Gris mate, sin alas, con una serie de propulsores que distorsionaban el aire a su alrededor como calor sobre asfalto en verano. A lo largo de la quilla parpadeaban líneas de energía azulada. Ryan había visto fotos de naves de la Unión, borrosas y discutidas, colgadas en foros de medio pelo. Esto era otra cosa. Pero no era la nave lo que le interesaba.
Lo que buscaba apareció cuando se abrió la rampa: una mujer que bajó sin apresurarse, flanqueada por soldados y médicos. De origen coreano, según todos los datos que circulaban. Rostro que hasta ese día nadie había conseguido fotografiar con claridad. Ahí estaba. La almirante Yeon. La mujer que en Rapid City interpuso su única nave entre la Tierra y treinta cruceros draconarii, y no dejó pasar ninguno.
De pronto, el móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Sin soltar la cámara ni apartar el ojo del visor, Ryan sacó el teléfono con la mano libre y aceptó la llamada.
—Ryan —tronó una voz de mujer al otro lado—, ¿se puede saber dónde coño estás? Necesito que vayas...
—... A Times Square —la interrumpió él.
—Exacto.
—No te preocupes, Kayli. Creo que lo que estoy consiguiendo aquí te va a gustar mucho más.
Se produjo un breve silencio en la línea.
—¿Qué tienes?
—Oro puro. Lo que te voy a dar vale una fortuna.
—Dame una pista.
—Digamos, Kayli... ¿cuánto pagarías por la primera imagen nítida de la almirante Yeon Seo?
Un nuevo silencio, esta vez más denso.
—Te pagaré lo que pidas. Incluso si tengo que vaciar mi cuenta bancaria personal, pero quiero la exclusividad de esas imágenes.
Ryan sonrió para sus adentros.
—Trescientos mil. Ni un dólar menos.
—Hecho. Trescientos mil. Pero dejemos una cosa clara.
—Dime.
—Las imágenes pasarán a ser de mi absoluta propiedad. Si descubro que se las has vendido a otras emisoras, yo misma cogeré mis tijeras de podar y te convertiré en un eunuco. ¿Entendido?
—Vale, vale... Pero tampoco hace falta ser tan explícita, ¿no crees?
Kayli resopló al otro lado de la línea.