Ecos del abismo.

Bajo la sombra de la Victoria

La mañana amanecía tranquila, aunque cargada de una tensión invisible. Los tres días de tregua habían expirado.

El edificio de la ONU amaneció completamente cercado por fuerzas militares y la policía de la ciudad, un anillo de acero frente a la incertidumbre.

Eran apenas las seis de la mañana, pero la prensa y los primeros curiosos ya se agolpaban contra las vallas. En cuatro horas, la Gran Almirante de la Unión hablaría al mundo.

Suraj observaba el bullicio desde la ventana del despacho que le habían asignado.

-Teniente, ¿la Unión no enviará más soldados? -preguntó el sargento Miller, rompiendo el silencio.

-No hace falta -respondió Suraj sin apartar la mirada del cristal-. Elena vendrá acompañada únicamente por seis soldados y su armadura de combate estándar. Créame, sargento, nadie en este planeta podría hacerle daño.

-Si usted lo dice... -Miller dudó un instante, sopesando sus palabras-. ¿Puedo hacerle una pregunta?

-Adelante.

-¿Cómo es Elena? Como persona, quiero decir.

Suraj se giró lentamente.

-¿Que cómo es? Rara.

-No lo entiendo.

-Digamos, sargento, que no procesa la realidad como un humano normal. Antes de que usted o yo hayamos empezado a vislumbrar la solución a un problema, ella ya habrá descartado treinta opciones y ejecutado la mejor.

Hizo una pequeña pausa.

-Y hay algo más: no le tiene ningún aprecio a los políticos. Desprecia la burocracia. Dé por seguro que si tiene que llamar «bastardos de mierda» a los mandatarios que se van a reunir hoy aquí, se lo dirá a la cara y sin parpadear.

Miller abrió los ojos de par en par. En su mundo, si él le faltaba el respeto a un superior o a un cargo público de esa manera, su carrera militar terminaría en el acto.

Un pitido electrónico interrumpió la conversación.

-Discúlpeme, sargento, tengo que responder a esta llamada -indicó Suraj, señalando la terminal.

Miller asintió y salió de la oficina. Mientras caminaba por los pasillos abarrotados, las palabras del teniente seguían dándole vueltas en la cabeza.

-Entiendo -dijo Suraj a la pantalla, ya a solas-. Se hará exactamente como ordena, Almirante Yeon.

Pulsó el botón de desconexión. Se quedó mirando la pantalla apagada un segundo de más, imaginando la cara de los mandatarios cuando entendieran lo que estaba a punto de ocurrir.

Mientras tanto, en las entrañas del edificio, Inés continuaba revisando la zona técnica que le habían asignado. Como la analista más joven de la delegación española de traductores, le había tocado la tediosa pero vital tarea de inspeccionar las cabinas de traducción para asegurarse de que el sistema no fallara en el día más importante de la historia moderna.

-Probando, probando... ¿Me escuchas bien, Sergio?

-Alto y claro, Inés -respondió la voz de su compañero a través del auricular-. Los micrófonos y los pinganillos funcionan perfectamente.

-Sergio... -Inés titubeó.

-Dime, niña.

-¿Qué crees que pasará hoy?

Sergio soltó una risa amarga al otro lado de la línea.

-La verdad, no lo sé... Pero de lo que sí estoy seguro es de que hoy el mundo va a cambiar para siempre. Lo que no sé es si será para mejor o para peor.

-¿No te gusta la Unión?

-Te equivocas, me gusta. Han detenido conflictos que habrían desangrado continentes. Lo que me preocupa de verdad no es lo que dejen atrás, sino que nos metamos de cabeza en algo mucho peor por pura ignorancia. En fin, dejemos de filosofar y vayamos a revisar los sistemas de la segunda cabina.

Los dos traductores españoles recogieron sus tabletas de diagnóstico y abandonaron el sector, dirigiéndose al siguiente punto de control.

Las horas pasaron con la densidad del plomo. Faltaban apenas quince minutos para las diez de la mañana. Los alrededores de la sede de la ONU eran un hervidero humano: familias enteras, periodistas transmitiendo en decenas de idiomas y miles de curiosos aguantando la respiración.

Y entonces, lo sintieron.

No fue un impacto visual, sino físico. Primero se manifestó como un zumbido sordo que hizo vibrar el metal de los postes de luz y erizó la piel de la multitud. Después, el suelo tembló levemente, una pulsación de pura energía gravitatoria.

La gente comenzó a mirar al cielo de Manhattan. De entre las nubes bajas, rasgando la niebla matutina, apareció.

Era la Victoria, la nave que un mes atrás había defendido en solitario la órbita terrestre durante el catastrófico incidente de Rapid City. Una silueta de líneas angulosas, forjada en un metal oscuro que parecía absorber la luz del sol.

Sin motores visibles, solo un brillo azulado que recorría las juntas de su chasis, suspendida en el aire sin emitir un solo estallido de humo.

El silencio que se apoderó de la plaza fue sepulcral, roto solo por el murmullo asombrado que creció como una ola. Los periodistas olvidaron sus guiones y apuntaron las cámaras al cielo.

Un niño pequeño, trepado a los hombros de su padre, dejó caer su juguete. Una niña un poco más allá tiraba de la chaqueta de su madre, preguntando si los que venían eran dioses o soldados.

-Señor Secretario -anunció Miller, acercándose a Nadir Rahman-. Ya están aquí.

Nadir contuvo el aliento y miró de reojo a Elizabeth McConnell. La presidenta de los Estados Unidos le devolvió una mirada firme.

Con paso solemne, el comité de recepción avanzó hacia la gran explanada exterior. El grupo estaba integrado por la cúspide de la diplomacia mundial: la presidenta McConnell, el mandatario ruso Nikolai Volkov, el líder chino Liang Feng, el Presidente de la Asamblea General de la ONU, el diplomático sueco Lars Lindstrom, y la Directora de la UNOOSA, la astrofísica keniana Amina Jodha.

A la izquierda del Secretario General, rompiendo la rígida simetría del protocolo político, caminaban dos niños: Tariq e Inaya, dos hermanos huérfanos rescatados de un campo de refugiados en el Mediterráneo. Vestían ropas sencillas pero pulcras y sostenían entre sus manos una declaración de paz escrita a mano.




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