Ecos del abismo.

El reflejo en el cristal

El eco de las risas infantiles resonaba con una extraña ligereza en la inmensidad de la gran Sala de Sesiones de la Asamblea General de la ONU. Sentada en uno de los escalones adyacentes al estrado principal, la Almirante Yeon saboreaba una tarrina de helado, bromeando con Tariq e Inaya.

A pocos metros, la atmósfera era radicalmente distinta. El teniente Suraj permanecía estático, con la mirada fija en los accesos, imitando la postura de los seis soldados de la Unión que formaban un semicírculo de acero alrededor del estrado.

A su lado, los líderes tamborileaban dedos, cruzaban miradas, apretaban mandíbulas.

Elizabeth McConnell golpeteaba la tribuna de oradores con las uñas, intercambiando miradas con el mandatario ruso Nikolai Volkov y el líder chino Liang Feng.

Finalmente, se levantó y se acercó a Yeon.

—Almirante Yeon... ¿tardará mucho la Gran Almirante Elena? —preguntó, con los dedos clavados en el borde de la tribuna.

Yeon tragó una cucharada de helado y alzó la vista, encogiéndose de hombros.

—No lo sé, presidenta. Si tiene trabajo en órbita, no aparecerá por aquí hasta que haya terminado exactamente lo que está haciendo.

McConnell apretó los labios y regresó a su asiento sin decir nada más. En el exterior del edificio, la multitud comenzaba a agitarse; el rumor de miles de personas hablando entre sí se filtraba a través de los muros como un zumbido constante.

Suraj dio dos pasos al frente y se inclinó levemente hacia Yeon. Pronunció una serie de palabras en un idioma cortante, rítmico, desconocido para los humanos allí presentes:

—*«¿Vek'toris elan, Almirante? ¿Osh'kar venor teth marán, ze'ra voris helado?»*

> ¿Tardará mucho la Gran Almirante, o nos vamos a pasar la mañana comiendo helado?

Elizabeth McConnell dio un respingo. A su lado, Nadir Rahman palideció y se llevó una mano a la corbata. Las delegaciones internacionales se tensaron en sus asientos, murmurando.

Yeon miró su reloj de pulsera. Respondió en el mismo idioma:

—*«Zor'en kal, dax'is quinque minutos.»*

> Falta poco, unos 5 minutos.

Al terminar la frase, la mirada de Yeon se desvió hacia los ventanales de la zona de traducción. Específicamente, a la cabina de la delegación española.

Dentro, Sergio se apartó un centímetro de los prismáticos de control.

—Inés... la Almirante Yeon nos está mirando.

Inés alzó la vista y sostuvo la mirada de la oficial de la Unión a través del cristal.

—Que espere unos minutos más —respondió, casi para sí misma.

Sergio se giró hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Perdón? ¿Qué has dicho?

—Nada, perdona... cosas mías —Inés sacudió la cabeza y guardó el equipo—. Bueno, esto ya está. El sistema funciona perfectamente.

Se dirigió hacia la salida.

—¿A dónde vas ahora, niña? Todavía no nos han dado paso —preguntó Sergio.

Inés se detuvo en el umbral y giró el rostro.

—A dar un poco de diversión a esta reunión tan aburrida.

Empujó las puertas y abandonó el sector técnico.

Segundos después, las puertas dobles de la planta baja de la Gran Sala de Sesiones se abrieron. Inés entró con paso firme, caminando por el pasillo central que conducía directamente a la zona del atril y el estrado.

El silencio se desplomó sobre el recinto. Las delegaciones la miraban con desconcierto. El murmullo comenzó a extenderse por las bancadas: *«¿Quién es esa mujer? ¿Qué demonios está haciendo? La van a detener los soldados de la Unión...»*

Elizabeth McConnell, de vuelta en su asiento junto a Volkov y Liang Feng, hizo un gesto rápido con la mano.

—Deténganla —susurró el jefe del Servicio Secreto por el pinganillo.

Cuatro agentes de traje oscuro interceptaron a Inés a mitad del pasillo, extendiendo las manos para someterla. Pero antes de que pudieran rozar la tela de su chaqueta, dos de los soldados de la Unión se movieron con una velocidad sobrehumana. Sus armaduras resonaron contra el suelo mientras se interponían entre la joven española y los agentes, bloqueándoles el paso con las armas cruzadas sobre el pecho.

Los agentes retrocedieron por instinto, las manos ya en las fundas de sus pistolas.

—¡¿Qué significa esto?! —Nadir Rahman se puso en pie de un salto—. ¡Va a provocar una guerra con la Unión! ¡Retiren a esa mujer!

Inés, ajena al caos, pasó por el lateral de los soldados y miró directamente a Yeon, que la observaba desde el escalón.

—¿Me habrás dejado helado? —preguntó en voz alta.

El murmullo se convirtió en un coro de exclamaciones ahogadas. En las cabinas superiores, Sergio tenía las manos pegadas al cristal.

Yeon se levantó, limpiándose las manos con un pañuelo.

—Sí, te he dejado una tarrina de tu sabor favorito: vainilla.

Un campo de energía nanométrica recorrió el cuerpo de Inés de los pies a la cabeza.

Su cabello castaño se oscureció en un parpadeo, tornándose negro. Sus ojos brillaron con un destello azul eléctrico. La ropa de traductora civil se desvaneció, reconfigurándose en un uniforme de combate de la Unión Terrestre. Sobre sus hombros, parpadeando con una luz plateada, se materializaron dos galones de Almirante.

Nadie dijo nada.

En la cabina de traducción, Sergio se dejó caer sobre la silla, la boca abierta. La chica con la que había compartido cafés y quejas sobre la burocracia durante los últimos dos años era, en realidad, la Gran Almirante Elena.

Elizabeth McConnell se aferró al borde de su atril hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Nikolai Volkov dejó caer el bolígrafo que sostenía. Liang Feng se quedó con la pluma suspendida a un centímetro del papel. Nadir Rahman miraba a Elena como si estuviera viendo a un fantasma.

Fuera, en la plaza de las Naciones Unidas, las miles de personas que miraban las pantallas gigantes estallaron primero en un grito de asombro, seguido de un silencio absoluto. Los periodistas se quedaron mudos frente a los micrófonos.




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