Ecos del abismo.

El olor de la tierra quemada

La pantalla holográfica del salón de oficiales proyectaba la imagen de Elena con una nitidez que dolía. Veintiséis años, la espalda recta, la voz serena mientras se dirigía a la Asamblea General de la ONU. Detrás de ella, el emblema de la Unión Terrestre flotaba discreto, casi tímido, como si todavía no se atreviera a ocupar el lugar que le correspondía en el mundo.

Kenza llevaba el uniforme completo de almirante, pero en ese instante no era más que una mujer sentada al borde de una butaca, con una taza de té olvidándose entre las manos. Los ojos de Elena —ese azul profundo, abisal, que nunca había cambiado desde el día en que nació— se clavaron un segundo en la cámara antes de continuar su discurso.

Fue suficiente. Bastó ese único segundo para que el salón de oficiales, la pantalla, los aplausos protocolares de los delegados terrestres, se disolvieran como humo.

El lodo que se me metía por las comisuras de los labios sabía a hierro y a estiércol, pero no escupí. Ni siquiera parpadeé cuando una burbuja de aire atrapada bajo el brazo de mi tía Agathe estalló contra mi oreja con un gemido sordo, desinflando el último rastro de calor que le quedaba a su cuerpo. Su cadáver se había convertido en una manta pesada, empapada por la tormenta tropical, que me aplastaba contra el fondo de la cuneta. Era mi mortaja de carne y tela, el único escudo que me quedaba en el mundo.

Tenía catorce años. Hacía tres días, mi mayor preocupación era que mis hermanos mayores me encontraran demasiado rápido cuando jugábamos al escondite entre los plátanos y las colinas de Kigali. Ahora, mis hermanos ya no corrían. Mi tía ya no hablaba. Y yo ya no medía las horas por la posición del sol, sino por el tiempo que tardaban las moscas verdes en volver a posarse sobre mi propio rostro cada vez que la lluvia amainaba.

«Si me muevo, existo. Si existo, me matan», me repetía en un bucle mental que era lo único que me mantenía cuerda. «No soy Kenza. Soy barro. Soy una piedra más en la zanja».

A lo lejos, el sonido que me hacía encoger el estómago regresó. Chas-chas. Chas-chas. Era el roce rítmico, casi perezoso, del acero contra las piedras de la carretera. Los Interahamwe estaban cerca. Podía olerlos antes de verlos: un hedor a sudor rancio, a miedo ajeno y a la cerveza de plátano con la que ahogaban lo que les quedara de conciencia. Escuché una carcajada ronca, una voz rota que gritaba algo sobre las inyenzi —las cucarachas— que la radio de la RTLM insistía en que debían exterminar hasta la última raíz.

Una punzada de dolor puro me recorrió el hombro izquierdo, devolviéndome a la realidad. El tajo del machete que había recibido tres días antes se había infectado; la carne estaba abierta, hinchada, y me quemaba como si alguien me hubiera incrustado un trozo de carbón encendido bajo la piel. El dolor físico era insoportable, pero mi propio terror actuaba como un anestésico más poderoso. Si abría los ojos, si un solo músculo de mi cara traicionaba la vida que aún latía en mí, la hoja de acero de un vecino caería sobre mi cuello.

«Que piensen que ya soy tierra. Que miren y solo vean muerte», recé con desesperación en kiñaruanda, apretando los párpados hasta que me dolieron las órbitas.

De repente, las risas de la carretera se apagaron.

No hubo gritos de pánico, ni el estallido de un fusil, ni el sonido de pasos corriendo. Solo un silencio absoluto, repentino y artificial, que cayó sobre la cuneta como una losa. Era un silencio tan denso que dejé de escuchar el croar de las ranas y el zumbido de los insectos. Incluso la lluvia pareció cambiar. Las gotas ya no golpeaban mi rostro ni el cuerpo de mi tía; el agua repiqueteaba un par de metros por encima de mí, chocando contra algo invisible que desviaba la tormenta con un repiqueteo seco y metálico.

Entonces lo sentí: un zumbido grave, una vibración profunda que no venía del aire, sino que subía desde el suelo hasta implantarse en los huesos de mi mandíbula.

**El rescate desde el cielo**

El barro frente a mis ojos se movió. No se deslizó por el agua de la lluvia, sino que se apartó hacia los lados en ondas perfectas, como si una mano invisible estuviera barriendo la tierra. Abrí un milímetro los ojos, enturbiados por las lágrimas y la fiebre.

El aire mismo vibró. Entre un parpadeo de estática azul, una silueta humana pareció materializarse de la nada, saliendo de la propia lluvia. Era un hombre alto, gigantesco ante mis ojos, vestido con un traje gris tormenta tan oscuro que parecía absorber la escasa luz de la tarde. Se arrodilló en el lodo sin importarle que el fango le manchara las rodilleras.

Contuve la respiración, esperando el golpe final. Pero ese hombre no llevaba un machete. Se llevó dos dedos a la altura del cuello de su traje y habló en un idioma extraño, lleno de consonantes duras y chasquidos técnicos.

—Vance, tengo el primer objetivo —dijo, y su voz sonó extrañamente distorsionada por un filtro—. Joven herida, shock severo. Extracción en curso.

Hubo un pequeño siseo. El sello del casco se liberó y la visera transparente se retrajo hacia atrás. Debajo no había un monstruo, ni uno de los hombres de la milicia. Era el rostro de un hombre joven, de piel negra tan oscura como la mía, con una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda y una mirada que mezclaba espanto y compasión a partes iguales. Por un instante absurdo, en medio del horror, pensé que aquel rostro no me resultaba tan extraño como debería. Era la primera vez en días que alguien me miraba como si fuera un ser humano y no un desecho.

—¿Amakuru? —susurré.

Fue un hilo de voz apenas audible, la palabra en mi idioma para preguntar cómo estaba, si todo iba bien. Una súplica infantil envuelta en agonía.

El joven extendió una mano enguantada hacia mí.

—Ya pasó —respondió, en kiñaruanda, con un acento extraño pero comprensible—. Vamos a casa.

Antes de que pudiera procesar lo que significaba "casa", un haz de luz verde cilíndrico me envolvió por completo. El dolor de mi hombro se adormeció y una calidez desconocida combatió el frío de mis huesos. Sentí que flotaba. El peso del cuerpo de la tía Agathe desapareció y fui elevada del suelo con una suavidad asombrosa.




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