Ecos del abismo.

Matar lo inmortal

El turno de noche estaba siendo tranquilo. Solamente hubo tres saltos permitidos y ninguno ilegal.

Gark estaba recostado en su silla, tomándose su té Liz, saboreando su dulzura, cuando el pitido de una llegada empezó a sonar. Dejó la taza sobre la mesa y miró la pantalla.

¿Una llegada no autorizada?

Pulsó las teclas virtuales del teclado. Punto de salto detectado a 2,50 tarens de la estación.

Una nave pequeña salió del hiperespacio. Los sensores comenzaron a escanearla: un solo ocupante, humano, hembra. Pulsó el botón de llamada.

—Aquí el puesto de control de tránsito orbital Zema de Thalasis. Nave desconocida, identifíquese —ordenó Gark.

Hubo un silencio de unos segundos. Entonces llegó la respuesta:

—Puesto de control de Thalasis, aquí la Ekinus de la Unión Terrestre. Solicito permiso de aterrizaje.

—¿Especifique motivo?

—Vengo en busca de la capitana Lia y la comandante Elora. Misión oficial de la Unión.

Gark suspiró.

—¿Usted debe de ser la alférez Sofía?

—Afirmativo. ¿Sabían de mi llegada?

—Mi cuñada me informó de su viaje. Tiene autorización para aterrizar en el espaciopuerto de Sik, zona de descenso 5C.

—¿Cuñada?

—Lia. Recuerde: pista 5C. Le he mandado las coordenadas.

—Ok, gracias —Sofía cortó la comunicación.

Gark se quedó mirando la luz intermitente del sistema de comunicaciones un momento. Se retiró un poco, bebió un sorbo de té y pulsó el botón de llamada.

—Sí —contestó una voz femenina al otro lado.

—Nema, ¿está Lia contigo?

—Gark, ¿qué pasa? Sí, está aquí desayunando.

—Dile que se ponga.

—Dime, Gark, ¿qué ocurre? —intervino una nueva voz.

—Una nave procedente de la Tierra acaba de llegar. En estos momentos está aterrizando en el espaciopuerto de Sik, pista 5C.

—Gracias, Gark. ¿Quieres seguir hablando con Nema?

—No, ya la veré a la salida, ahora tengo trabajo. Solo llamé para avisarte. Dile que la quiero. Gark fuera.

El tono de la llamada cortada quedó sonando un instante. Lia pulsó el botón de comunicaciones del interior de la casa y gritó por el intercomunicador:

—¡ELORA!

—No hace falta que grites —respondió la voz de Elora—. Estoy aquí. ¿Qué pasa?

—Prepárate, tenemos que ir al espaciopuerto. Sofía acaba de llegar. Así que mueve tu culo perezoso.

Y colgó.

Nema levantó una ceja.

—¿No te estás pasando un poco?

Lia esbozó una sonrisa torcida.

—Que se joda. Eso le pasa por tenerme cinco años sin saber de ella.

—Sé que sois amigas, pero mejor no te pases —soltó Nema, con una risa corta—. Sobre todo cuando esa amiga puede meter tu cabeza por tu propio trasero.

Lia resopló justo cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe. Elora entró sofocada, terminando de abrocharse el uniforme.

—Estoy lista, vamos.

Se levantó y las dos se disponían a salir cuando Nema las detuvo.

—Esperad, mejor coged mi transporte. Tal como está el tráfico a estas horas, si cogéis el autobús tardaréis tres horas en llegar.

Le tiró un dispositivo a Lia y esta lo atrapó al vuelo.

—Es mi pase de autorización para que podáis encenderlo. Solamente tenéis que decirle a dónde vais y elegirá la ruta menos congestionada. Tardaréis unos diez minutos.

—Gracias, Nema.

Lia se dio la vuelta y salió de la casa hacia el garaje, con Elora pisándole los talones.

Nema se quedó mirando la puerta un rato. Después recogió los platos de la cocina, uno a uno, sin prisa.

El zumbido sordo de los motores de plasma del transporte de superficie reverberó en las suelas de las botas de Lia cuando el vehículo finalmente se detuvo con un suspiro hidráulico.

Las puertas de la esclusa se deslizaron hacia los lados, dejando entrar el aire denso y ligeramente alcalino del espaciopuerto de Thasalia.

Lia bajó primero la rampa de rejilla metálica, con los ojos entornados bajo la intensa luz cenital del hangar principal.

Detrás de ella, el paso de Elora era más pesado, marcado por esa tensión silenciosa que se le instalaba en los hombros cada vez que la incertidumbre de la guerra la obligaba a esperar.

—Es este —dijo Lia, señalando con un gesto rápido de la barbilla la pantalla holográfica más cercana—. Pista 5C. Pero...

Lia detuvo sus pasos en seco al borde de la plataforma de desembarco.

Frente a ellas solo se extendía una inmensa plancha de aleación grisácea, vacía y pulida por el calor de incontables propulsores. No había rastro de fuselaje alguno, ni el clásico olor a refrigerante de motor recién apagado.

—¿No habrá aterrizado todavía? —preguntó Elora, con los dedos cerrados en torno a la correa de su chaqueta.

—No lo sé —respondió Lia.

Su mirada barrió la amplitud de la zona de embarque. Descartó las grúas de carga automatizadas, las pilas de contenedores estandarizados y los droides de mantenimiento que se deslizaban como escarabajos metálicos.

Finalmente, sus ojos se detuvieron en la zona de descanso perimetral.

Junto a la luz parpadeante de una máquina expendedora, una figura permanecía sentada con una indolencia casi insultante para el ajetreo del lugar.

—Ahí está —Lia extendió el brazo, apuntando con el dedo.

Las dos mujeres acortaron la distancia a paso rápido, el eco de sus botas resonando contra el suelo de metal.

A medida que se acercaban, la silueta cobró nitidez. Era Sofía.

Tenía las piernas cruzadas y sostenía entre los dedos una lata cilíndrica de aleación ligera, cubierta por una fina capa de condensación que resbalaba por el metal.

—Deberías tener cuidado —le soltó Lia en cuanto estuvo a tiro de voz, cruzándose de brazos—. Casi el noventa por ciento de las bebidas embotelladas de este planeta contienen compuestos adictivos para la fisiología humana. Los thasalianos tienen un metabolismo diferente, Sofía.

Sofía alzó la vista, esbozando una media sonrisa antes de dejar la lata de merat sobre el asiento contiguo. Se puso en pie de un solo movimiento fluido y estrechó a Lia en un abrazo rápido pero firme.




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