Ecos del abismo.

La cosechadora

La Atenea avanzaba a una velocidad que desafiaba las leyes de la física convencional, devorando la distancia que la separaba de Arbórea. El motor hiperespacial emitía un zumbido constante, una vibración que se colaba a través del metal del suelo y se instalaba directamente en los huesos.

En la cabina de tripulación, la penumbra era casi total, rota únicamente por el parpadeo verde del monitor de soporte vital. Elora estaba tumbada de lado en su litera, con una manta termoactiva sobre los hombros, los ojos abiertos de par en par, fijos en la pared metálica frente a ella. Cada vez que cerraba los párpados volvían el cubo negro absorbente y las palabras heladas de Sofía. «Ya sabes qué hacer». Y el peso muerto del amuleto en su bolsillo, esa piedra de color ámbar oscuro que le quemaba la tela del uniforme de combate.

Afuera, en el pasillo, sonaban los pasos esporádicos de Lia, subiendo hacia el puente de mando para revisar las cartas de navegación orbital. Todo transcurría dentro de la más absoluta normalidad.

Hasta que el aire de la cabina cambió.

No hubo alarmas de despresurización, ni caídas de tensión en las luces. La temperatura cayó en picado, lo suficiente como para que el aliento de Elora se convirtiera en una fina capa de vaho blanco. El zumbido de los motores de plasma se distorsionó, ahogándose, como si el tiempo mismo se estuviera ralentizando.

Elora se incorporó sobre el codo, y su mano bajó de inmediato hacia la funda de su arma reglamentaria. Se detuvo en seco.

En el centro del reducido espacio, la oscuridad se rompió. No fue una proyección de luz ni un fallo en los sensores. Alguien estaba allí, físicamente. La luz residual del monitor iluminó un rostro severo, marcado por años de cargar con el destino de miles de mundos, y un cabello canoso sobre una figura imponente.

A Elora se le atascó la respiración en la garganta. Conocía ese rostro; pertenecía a las páginas de la historia más hermética de la Unión. Era Alex. El fundador de la Unión Terrestre, padre de Elena y Yeon, había desaparecido sin dejar rastro en 2015, justo después de cederle el poder absoluto a su hija. Once años sin que nadie volviera a verlo. Se le asumía muerto, o exiliado.

Alex dio un paso corto, cerrando la distancia hacia la litera. Su bota impactó contra el suelo de metal con un sonido sordo. Al inclinarse hacia ella, su aliento, helado por la súbita bajada de temperatura, golpeó la mejilla de Elora.

—¿Señor? —consiguió articular, con la voz temblorosa, aferrada al borde de la litera—. ¿Cómo se ha aparecido aquí? ¿Estoy soñando, o he comido algo malo?

Los ojos de Alex se clavaron en la joven comandante.

—Nada de eso, niña —respondió. Su voz, grave, vibró en el aire de la pequeña cabina.

Sin mediar más palabras, extendió la mano derecha hacia ella. La palma hacia arriba, esperando.

—¿Señor? —repitió Elora, encogiéndose contra la pared de la litera.

—Dame la runa que le dio mi hija.

El corazón de Elora dio un vuelco. Su mano izquierda se desplazó por acto reflejo hacia el bolsillo interior de su chaqueta de vuelo, donde los bordes oblongos del amuleto seguían ocultos. Intentó desviar la atención.

—No... no sé de qué me habla, señor. Yo no tengo ninguna...

—No lo niegue, niña —la cortó Alex. No había ira en su tono, sino una certeza fría que no admitía réplicas—. Lo que tiene ahí es demasiado peligroso en manos equivocadas. Incluso en las suyas. Incluso en las de Elena.

Elora tragó saliva. Con los dedos temblorosos, abrió la cremallera del bolsillo interior y sacó el amuleto. La piedra translúcida latió con fuerza en cuanto quedó expuesta al aire, derramando destellos dorados entre las grietas de sus dedos. La luz ámbar iluminó el rostro de Alex, reflejándose en sus ojos impasibles.

Elora extendió el brazo y depositó el artefacto sobre la palma del anciano. El contacto de su piel fue firme y gélido. En el momento en que los dedos de Alex se cerraron sobre la runa, el brillo dorado se apagó por completo, como si el objeto hubiera encontrado a su verdadero dueño.

Elora desvió la mirada hacia el suelo metálico un segundo.

—Lo siento, señor...

Pero cuando volvió a levantar la cabeza, la cabina estaba vacía.

La temperatura regresó a su estado normal en un parpadeo. El zumbido de los motores volvió a inundar el espacio con su ritmo habitual. No había rastro de escarcha, ni de luz dorada, ni de la figura del fundador. Elora se quedó sentada en la litera, respirando con dificultad, la mano aún flotando en el aire donde un instante antes había tocado a un hombre de verdad.

La runa, sin embargo, no llegó a ninguna parte. Se disolvió en la nada, como si el trayecto de vuelta a su dueño atravesara algo que no era espacio, sino otra cosa.

Yeon abrió los ojos de golpe, esperando encontrar el techo de su residencia en Seúl, pero solo halló un vacío absoluto e infinito. Estaba flotando en el espacio, suspendida en la nada, sin traje de presión, sin escafandra, y sin embargo el aire llenaba sus pulmones con una naturalidad que no debería sentir tan normal. No había gravedad que la hiciera caer, solo una quietud opresiva, del tipo que solo existe cuando el cuerpo sabe que algo no encaja pero la mente todavía no lo ha entendido.

Giró la cabeza, buscando una referencia. A lo lejos, la Tierra brillaba como una joya azul y blanca, custodiada por su satélite, la Luna. Pero la vista le devolvió una imagen que le heló la sangre. Del planeta no emanaba luz estelar, sino una red colosal de filamentos: millones de hilos, algunos de colores vibrantes, la inmensa mayoría de un negro tan denso que parecía succionar la luz circundante. No sabría decir, después, si los había visto con los ojos o si simplemente los supo ahí, de la forma en que se saben las cosas dentro de un sueño.

Comprendió, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que no eran hilos físicos, sino concentraciones alargadas de energía pura. Se extendían desde los continentes terrestres hacia la superficie lunar. Los filamentos de colores convergían en el hemisferio norte del satélite, mientras que los negros, más numerosos y viscosos, se hundían en el polo sur. Pero lo que la dejó sin aliento fue el eje central: de la cara oculta salía un gran hilo de energía negra mezclada con los demás colores, una masa turbia de oscuridad y destellos que se proyectaba hacia el exterior del sistema solar, perdiéndose en la negrura absoluta del espacio.




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