Ecos del abismo.

La Regla absoluta de la creación

Yeon se despertó sobresaltada en el sillón de su oficina en su departamento en Seúl. Estaba sudando.

​¿Qué fue eso? ¿Era un sueño o era real?

​De repente escuchó ruidos en el salón comedor. Se levantó y se dirigió hacia allí. Dos niñas exactamente iguales estaban sentadas desayunando.

​—Buenos días, mamá —dijo una de ellas.

​Yeon se acercó a las niñas y las besó a ambas en la frente.

​—Hoy es domingo y no tenéis jardín de infancia, ¿qué hacéis despiertas tan temprano?

​Lucía, una de las gemelas, señaló con el brazo. Yeon miró hacia donde señalaba su hija. Alguien estaba cocinando.

​—¿Elena? ¿Cuándo has llegado?

​Su hermana se giró y le sonrió.

​—Hace 20 minutos. ¿Café o té? —le preguntó.

​—Té, por favor. Ya estoy lo suficientemente alterada para tomar café ahora.

​Elena acercó a su hermana la taza y la dejó en la mesa. Yeon se sentó.

​—Ashia —llamó Elena.

​La joven ayudante de Elena apareció por la puerta del salón.

​—¿Señora?

​Elena sacó su tarjeta de crédito y se la entregó.

​—Hoy harás de niñera. Te llevarás a las gemelas a un lugar divertido y las tres os divertiréis. No volváis hasta la tarde.

​Ashia cogió la tarjeta y asintió con la cabeza.

​—Vamos niñas, poneros los abrigos —ordenó la ayudante.

​Yeon miró a su hermana confundida.

​—¿Qué pasa, Elena?

​Esta la miró con seriedad.

​—Tenemos que hablar de tu sueño, hermana.

​Yeon se quedó con la taza de té a mitad de beber un sorbo. ¿Mi sueño? ¿Cómo sabe ella...?

​La ayudante y las niñas salieron por la puerta.

​—Ashia —la paró Elena.

​—Sí, señora.

​—No escatimes en gastos, comed algo rico, ¿ok?

​La joven asintió con la cabeza y salió cerrando la puerta tras de sí.

​Elena entró de nuevo en el salón y se sentó frente a su hermana.

​—Nunca te dijimos nada porque queríamos protegerte.

​—¿Proteger me de qué?

​—Yeon, las cosas no son tan simples.

​—En eso te dio la razón, mocosa —dijo una voz masculina.

​Alex apareció por sorpresa frente a las dos mujeres sosteniendo algo entre sus dedos. Elena lo reconoció enseguida: era la runa que le había dado a Elora.

​Durante unos segundos hubo silencio.

​—¿Te has vuelto loca? —gritó Alex a su hija.

​—¿Cómo la tienes tú? Se...

​—¿Se la diste a Elora para que matara el alma de Kaelen?

​Elena asintió afirmativamente con la cabeza.

​En ese momento Elena cayó hacia atrás como si algo o alguien la hubiera empujado. Yeon no entendía nada, pero había sentido un golpe telequinético lanzado hacia Elena. No entendía cómo su padre golpeaba a su hija biológica de esa manera.

​—¡Padre, pudiste haberla matado! —gritó.

​Alex resopló y miró con desilusión a Elena.

​—Mantente alejada de esto. A partir de ahora lo guardo yo.

​Elena agachó la cabeza.

​—Kaelen debe morir —gritó Elena.

​—¿Matándonos a todos?

​Sus dos hijas miraron a Alex confundidas. ¿Matarnos a todos?, pensaron las hermanas para sí mismas.

​—Elena... —suspiró Alex enseñando la runa entre sus dedos—. Esto es peligrosísimo. Es la única cosa en toda la creación capaz de matar y destruir un alma.

​Hubo silencio.

​—Escúchame y abre tus oídos, niña. En esta creación hay una sola ley que es absoluta...

​Las dos mujeres lo miraban sin entender.

​—Puedes hacer todo lo que quieras a un alma, pero nunca destruirla. —Su cara se ensombreció—. Si un alma sintiente, por muy humilde o pequeña que sea, es destruida, se acabó.

​—¿Se acabó? —preguntó Yeon.

​—Exacto, toda la creación sería destruida. Sería el fin del juego. El fin de todo.

​La habitación en Seúl quedó envuelta en un silencio denso y electrizante cuando Alex fijó la mirada en sus dos hijas. La presión en el aire era tal que hasta el más mínimo murmullo parecía incapaz de escapar.

​—¿Espera... qué? —interrumpió Elena, rompiendo la tensión con una mueca de incredulidad y rabia contenida—. ¿Cómo que «fin del juego»? No entiendo nada, papá.

​Alex no respondió de inmediato. Suspiró, un sonido pesado que arrastraba el peso de eras enteras. Miró de reojo a Yeon. Tenía los ojos muy abiertos, la respiración corta, las manos aferradas al borde de la mesa.

​«Debo acabar con esta situación. Tengo que aclararlo todo y protegerlas... sobre todo a Yeon, que es quien puede sufrir las peores consecuencias», pensó Alex.

​El hombre cerró los ojos y se concentró. De su frente brotó una resplandeciente aura de energía dorada, un torrente de luz cálida que voló hacia las cabezas de Yeon y Elena. El flujo las envolvió por completo, bloqueando sus nervios y dejándolas paralizadas, incapaces de mover un solo músculo o articular palabra.

​De pronto, la sensación de estar pisando el suelo del apartamento de Seúl desapareció.

​Yeon y Elena abrieron los ojos de golpe. Ya no estaban en la Tierra. El cambio fue tan drástico y absoluto que lo comprendieron al instante al contemplar el deslumbrante y sobrecogedor paisaje que se extendía ante ellas.

​Frente a sus ojos se alzaba una majestuosa e infinita ciudad de cristal, resplandeciendo bajo una luz incorpórea. En el centro de aquella urbe colosal, tres seres de un poder inconmensurable flotaban sobre el terreno, rodeados por miles de entidades menores que se agitaban como un enjambre divino. Eran dos mujeres y un hombre.

​Una de las mujeres estaba arrodillada, sosteniendo con desesperación el cuerpo inerte y sin vida de la otra.

​—¡Maldito bastardo asesino! —gritó la mujer que lloraba, con una voz que hizo retumbar la estructura misma de la realidad.

​—¡Traidoras! —sentenció el hombre con una fría crueldad—. ¡Traidoras al orden establecido!

​La mujer se levantó furiosa. Sus ojos ardían en rabia pura mientras sacaba algo de entre los pliegues de su vestidura. Al verlo, los ojos de Elena se abrieron de par en par. Lo reconoció al instante: una Runa Mata Almas. Sin dudarlo un segundo, la mujer canalizó su dolor y la lanzó con fuerza descomunal hacia el hombre.




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