Ecos del abismo.

Diplomacia de plasma

​Todo estaba tranquilo. Las dos estrellas binarias brillaban en la negrura del espacio cuando, de pronto y sin previo aviso, una burbuja hiperespacial comenzó a formarse. Tras desplegarse, escupió a la Atenea en el espacio real.

​En el puente de mando, Lia observaba el planeta Arbórea desde la pantalla principal.

​—¿Alguna llamada de control de tráfico?

​—Ninguna, capitana. Pero detecto algo raro.

​—¿El qué?

​—Señales de camuflaje draconarii.

​En ese instante, una nave enemiga emergió de la nada, haciéndose visible frente a ellos.

​—¡Alerta máxima! —ordenó Lia—. Informe.

​—Señora, es una nave clase Kagur. Potencia de fuego nivel 9; tripulación de sesenta miembros.

​—Activen los escudos a máxima potencia. Primer oficial Lars, ¿qué hacen?

​Lars miró su consola.

​—Están armando sus sistemas y han elevado escudos. Capitana, nos están escaneando.

​En ese momento, Elora irrumpía en el puente.

​—¿Qué ocurre? ¿Cuál es la situación?

​—Míralo tú misma.

​Elora fijó la mirada en la pantalla y contuvo el aliento ante el buque draconarii que les cortaba el paso.

​—¿Cómo demonios hay una nave draconarii en espacio de la Alianza? —preguntó, atónita.

​—No lo sé —respondió Lia—. Así que asegúrate en tu asiento, que esto va a ponerse feo.

​Un destello de plasma brotó del cazador enemigo.

​—¡Preparaos para el impacto! —indicó Lia.

​El torrente de energía alcanzó a la Atenea, haciendo temblar la estructura mientras los sistemas absorbían el golpe.

​—¡Mierda! —gritó el piloto—. Capitana, esa ráfaga ha reducido nuestros escudos al cincuenta por ciento. Solo aguantaremos dos disparos más.

​Lia escudriñó la pantalla buscando una salida. Aunque la Atenea poseía una capacidad de combate enorme, las naves clase Kagur eran pura fuerza bruta, entre los buques más destructivos del Imperio. Sin embargo, tenían un punto débil: sus escudos eran testimoniales. Los draconarii fiaban todo a la potencia ofensiva y despreciaban la defensa.

​—Capitana, ¿órdenes? —insistió su primer oficial.

​Elora miraba a su amiga sin poder hacer nada.

​—¡Fuego a discreción, máxima potencia! Disparen el cañón principal.

​Un haz azul de energía concentrada brotó de la proa de la Atenea. El disparo golpeó de lleno al enemigo; su escudo rojo centelleó con furia antes de colapsar por completo. El rayo penetró el casco y, en el silencio absoluto del vacío espacial, se produjo una detonación sorda: una fulgurante bola de fuego que se consumió al instante por falta de oxígeno, dejando tras de sí un cascarón destrozado e inerte flotando en la oscuridad.

—Nave draconarii inutilizada —indicó el piloto.

Un alivio efímero recorrió el puente de mando, pero la alegría duró poco. Dos nuevos cazadores draconarii de la misma clase emergieron por sorpresa del espacio profundo.

El rostro de Elora se ensombreció mientras se agarraba al respaldo de su asiento.

—Tiene que ser una puta broma —exclamó, mirando los sensores con rabia—. ¡Aparecen como cucarachas!

—Piloto —ordenó Lia sin perder la calma—. Prepare un salto de transposición de emergencia.

Lars miró a su capitana con evidente preocupación.

—Señora, la nave está dañada y los escudos apenas aguantan al cincuenta por ciento. Un salto instantáneo en estas condiciones podría ser nefasto.

—¿Y quedarnos a servir de diana es mejor opción, Lars? —intervino Elora—. Si nos dan de lleno otra vez, ni siquiera habrá nave que transportar. Hazlo.

—No hay otra opción. Hágalo —ratificó Lia.

El primer oficial asintió.

—Preparados para transposición en tres minutos.

El piloto comenzó a ejecutar la secuencia con dedos temblorosos. Elora no quitaba los ojos de la pantalla principal, donde las dos naves enemigas maniobraban para ponerse en posición de tiro.

—¡Señora! —interrumpió la voz del oficial de sensores—. Detecto cinco firmas térmicas más aproximándose a gran velocidad.

—¿Más draconarii? —preguntó Elora, apretando los puños—. Dime que no son más draconarii.

El oficial revisó su pantalla rápidamente.

—No, señora... Son naves de combate arbóreas. Llegarán en treinta segundos.

Cuatro nuevas burbujas hiperespaciales se desplegaron en el vacío, escupiendo en el espacio real a la flota de combate de Arbórea.

—Bien, al menos alguien en este sector mantiene el orden —suspiró Elora, dejando escapar el aire que tenía contenido—. Aunque depende de cómo se levanten hoy...

—Capitana, recibo una señal de audio entrante —avisó el piloto—. Solo voz.

—Ponla por el altavoz —ordenó Lia.

—Aquí el buque Atell de la Alianza Galáctica a todas las naves en combate en el sector: se encuentran en territorio soberano. Si no cesan las hostilidades de inmediato, nos veremos obligados a neutralizarlas. Tienen un minuto para responder.

—Abre canal —indicó Lia.

—Aquí la capitana Lia Roob, de la UT Atenea. Nos hallamos en una misión pacífica para la Unión Terrestre. Las fuerzas draconarii abrieron fuego sin provocación en cuanto salimos del hiperespacio. Nos hemos limitado a defender el buque.

—Y casi no lo contamos —añadió Elora entre dientes, lo suficientemente bajo para que solo Lia la oyera.

Se produjo un denso silencio en la frecuencia. De pronto, las naves arbóreas maniobraron en formación cerrada, alineando su armamento pesado directamente contra los cazadores draconarii.

—Mira eso —murmuró Elora con una sonrisa torcida—. Los arbóreos no han venido a negociar precisamente.

—Embajador K'Vort —resonó de nuevo la voz desde la Atell—, explique esta agresión sin precedentes en espacio de la Alianza o consideraos destruidos.

Las dos naves enemigas desactivaron de inmediato sus sistemas de armas. Segundos después, la pantalla del puente se encendió, ocupada por la figura imponente y escamosa de un draconarii.

—Esto es un asunto interno del Imperio. No tenéis derecho a entrometeros.




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