El silencio en el puente de la Atenea era denso, tenso, casi tangible. Lia se mantuvo firme frente al panel principal, con la mandíbula tensa mientras la mirada del capitán arbóreo permanecía fija en ella a través de la transmisión. Sabía que un solo paso en falso arruinaría cualquier oportunidad, así que tomó aire y decidió responder con la pura verdad.
—Buscamos a Stik —dijo Lia, con voz clara y sin un titubeo.
—¿Por qué? —preguntó el arbóreo. Su rostro vegetal permaneció impasible, pero la resonancia de su voz hizo vibrar levemente los paneles de la consola.
—Stik ya ha pagado por sus pecados —continuó el arbóreo sosteniendo la mirada—. Ahora es libre.
Creemos que su antiguo jefe, Kaelen, se ha puesto en contacto con ella o tratará de ponerse en contacto con ella.
El rostro del oficial arbóreo pareció endurecerse aún más.
—Imposible. Si eso hubiera sucedido, nosotros lo sabríamos.
Lia no cedió un solo centímetro de terreno.
—Nos dejarán aterrizar y hablar con ella.
Ante la rotundidad de la capitana, el arbóreo no dijo nada durante unos segundos interminables. Cerró los ojos despacio, inclinando la cabeza, como si se estuviera comunicando en silencio a través de alguna red telepática o de largo alcance con el resto de su mando.
El tiempo pareció congelarse en el puente de la Atenea hasta que el ser volvió a abrir los ojos.
—El Consejo ha decidido permitirles aterrizar —anunció con gravedad—. Pero no toleraremos disturbios con las otras razas que están visitando el planeta. Eso incluye a los draconarii.
—¿Les han permitido aterrizar en el planeta? —interrumpió Elora, dando un paso al frente, con los ojos muy abiertos.
—Sí —respondió el capitán arbóreo sin inmutarse—. El embajador K'Vort y su séquito son una embajada de paz. Debemos recibirlos.
Elora dejó escapar un largo suspiro, cruzándose de brazos.
—Les prometo comportarme, pero esas lagartijas siempre van buscando pelea y no me voy a dejar pisotear.
Lia giró la cabeza hacia su amiga en el acto. No hizo falta que dijera una sola palabra: le clavó una mirada fulminante que le decía con absoluta claridad que la que mandaba en la nave era ella y que cerrara la boca de inmediato. Elora captó el mensaje, tragó veneno, se alejó unos pasos y volvió a su asiento en silencio.
Lia volvió a centrar toda su atención en la pantalla interactiva.
—Gracias, capitán...
—Sylvaria. Me llamo Sylvaria —completó el ser orgánico—. Les transmito las coordenadas del lugar de aterrizaje y el código de autorización. ¿Sabrán llegar solos?
Lia esbozó una pequeña sonrisa.
—Sí, no se preocupe.
—Bien, entonces los dejo.
La transmisión se cortó de golpe y la pantalla volvió a su interfaz habitual. A través de los cristales del puente, Lia y Elora vieron cómo las masivas naves arbóreas ejecutaban una maniobra impecable y saltaban al hiperespacio, dejando a la Atenea sola en la órbita.
Solo entonces, Lia se giró despacio hacia su amiga, con los labios apretados en una línea fina.
—Lo tuyo no es la diplomacia, ¿verdad?
Elora, encogida en su asiento, bajó la cabeza.
—Lo siento. No lo volveré a hacer.
—Más te vale, Elora —replicó Lia, dando un paso hacia ella y señalando la pantalla con el dedo—. Estamos pisando terreno sagrado para los arbóreos, buscando a una fugitiva que apenas acaba de saldar sus cuentas con la Unión y para colmo tenemos a una comitiva de draconarii en la superficie. K'Vort no va a olvidar lo que pasó en el espacio hace diez minutos. Si parpadeas mal, nos metes a todos en una celda arbórea o, peor aún, en medio de una guerra diplomática.
—Es que no los soporto, Lia —protestó Elora en voz baja—. Los draconarii son arrogantes. Sabes lo que le hacen a las naves que cruzan sus rutas.
—Sé perfectamente lo que les hacen —sentenció Lia—. Pero hoy no venimos a ajustar cuentas con los draconarii. Venimos a encontrar a Stik antes de que Kaelen lo haga. Y si para eso tengo que sonreírle a una lagartija de dos metros y darle la razón a un árbol parlante, lo haré. Y tú harás lo mismo. ¿Queda claro?
Elora asintió despacio, dejando escapar un bufido de resignación.
—Queda claro, Capitana.
—Bien —Lia se acercó a la consola principal y tecleó el código transmitido por Sylvaria. El ordenador de a bordo emitió un pitido de confirmación y el mapa de la superficie del planeta se desplegó frente a ellas, marcando un punto de aterrizaje rodeado de frondosas estructuras orgánicas—. Coordenadas recibidas. Prepara los deflectores e inicia la maniobra de descenso.
Vamos a bajar a ver qué tan libre es realmente Stik.