La Atenea comenzó a temblar suavemente al cortar las capas superiores de la atmósfera. En las pantallas principales, el azul del espacio fue sustituido por el resplandor cálido de un cielo anaranjado y una marea verde e infinita: bosques colosales que se extendían hasta donde alcanzaba la mirada.
De pronto, la sombra de la nave se proyectó sobre una silueta colosal. Un ser vegetal majestuoso, de unos trescientos metros de altura, irrumpió en los sensores ópticos.
—Pero ¿qué coño es eso? —preguntó Elora con los ojos fuera de sus órbitas, apoyando las manos en la consola.
—Yo que tú no llamaría «eso» a eso —indicó Lia sin apartar la vista de los controles—. Es una de las líderes de Arbórea. Por el patrón de flores que coronan su ramaje, es Anika, una de las autoridades más respetadas del planeta.
Elora se volvió hacia su amiga, boquiabierta.
—Lia... es un árbol gigante.
Lia dejó escapar un largo suspiro y se frotó el puente de la nariz.
—Elora, me prometiste comportarte.
—Y lo haré —protestó alzando las manos—, ¡pero es que es un árbol y...!
Antes de que pudiera terminar la frase, el coloso vegetal comenzó a contraerse. Sus ramas se plegaron en una danza fluida y armónica, reduciendo su escala a una velocidad impresionante hasta que el dosel la tragó por completo y desapareció de la vista.
—Escúchame bien —exclamó Lia con firmeza, señalándola—. Los arbóreos tienen la capacidad de alterar su densidad celular para crecer y menguar a voluntad. Así que no pienso repetirlo: te comportas o me aseguraré de que el viaje de vuelta lo hagas enganchada al fuselaje exterior. ¿Queda claro?
Elora tragó saliva y miró hacia la pantalla donde antes estaba el gigante.
—Vale, vale... Entendido.
La Atenea inició la maniobra final de aproximación hacia la plataforma de aterrizaje indicada: un claro circular rodeado de frondosa arquitectura viva.
—Desplegando patas de aterrizaje —anunció la voz del piloto por el intercomunicador—. Motores apagados en tres, dos, uno... Posados con éxito.
Lia se desabrochó el arnés de seguridad, se puso en pie y se ajustó la chaqueta del uniforme.
—Bien, escuchad todos —ordenó dirigiéndose a la tripulación del puente—. Permaneceréis dentro de la nave con los sistemas en alerta pasiva. Solo saldremos Elora y yo.
El primer oficial, un humano veterano de mirada seria, frunció el ceño.
—¿Segura de que quiere ir a solas con ella, capitana?
—Completamente, número uno —respondió Lia.
Elora iba mirando a uno y otro, con la boca torcida en un mohín. Mientras caminaban a paso ligero hacia la cubierta inferior para dirigirse a la rampa de descenso, no pudo contenerse más.
—¿Me vas a decir a qué ha venido eso? —preguntó cruzándose de brazos.
—A nada en particular —respondió Lia con una sonrisa socarrona—. Simplemente a que mi tripulación te ve como un peligro ambulante y temen que por culpa de tu bocaza estalle una guerra galáctica entre la Unión y Arbórea.
—¡Oye! —protestó Elora—. ¡Que he dicho que me voy a portar bien!
Lia soltó una leve carcajada mientras la rampa metálica comenzaba a bajar con un siseo neumático.
—Más te vale.
El aire de Arbórea era denso, húmedo y olía a ozono y a tierra mojada. Aguardando al pie de la rampa se encontraba la comitiva de bienvenida, encabezada por Anika.
A diferencia de Sylvaria y los machos de su especie —cuyo aspecto recordaba a la corteza dura y a las hojas oscuras de los robles añejos—, Anika poseía una elegancia fluida y delicada. Su cuerpo estaba formado por una red flexible de tallos trenzados de color verde esmeralda. En lugar de melena o copa, la parte superior de su cabeza lucía una impresionante cascada de orquídeas en tonos violetas y dorados que emitían una tenue bioluminiscencia. Sus ojos, dos cuencas de luz ámbar, transmitían una serenidad tan antigua como profunda.
—Anika... —susurró Lia para sí misma.
Las dos mujeres descendieron la rampa. Lia dio un paso al frente y realizó un leve saludo ceremonial con las manos entrelazadas.
—Salud y raíces profundas, consejera Anika —saludó en un fluido y melodioso idioma arbóreo—. Es un honor ser recibidas por usted.
Anika inclinó levemente la cabeza, haciendo sonar las diminutas hojas de su cuello como un susurro de brisa.
—Sylvaria me ha comunicado que buscan a Stik —dijo la líder con una voz que evocaba el murmullo de un arroyo—. ¿Por qué?
Lia suspiró suavemente, volviendo al idioma estándar para que la conversación fuera transparente:
—Por su pasado. Creemos que Kaelen está en Arbórea y ha venido a buscar a su antigua cómplice antes de que sea tarde.
Anika no respondió de inmediato. Cerró sus ojos ámbar durante unos segundos en ese característico trance comunicativo propio de su especie. El silencio en el claro se volvió casi místico.
Cuando volvió a abrir los ojos, miró fijamente a la capitana.
—Si fuera por nosotros, no se les permitiría verla. Stik está bajo nuestra protección. Sin embargo... ella ha expresado el deseo de hablar con ustedes. Por favor, síganme.
El grupo se puso en marcha hacia un vehículo que aguardaba a pocos metros. No era una máquina de metal ni utilizaba motores de combustión: el transporte consistía en una estructura orgánica viva, una especie de vaina alargada y ahuecada que flotaba a pocos centímetros del suelo gracias a campos magnéticos naturales. Su exterior parecía la cáscara pulida de una nuez gigante de color caoba, y el interior estaba recubierto de un musgo suave y acolchado que se adaptaba al cuerpo de los pasajeros.
De pronto, mientras se aproximaban a la nave orgánica, dos criaturas surgieron de entre el follaje y se abalanzaron hacia Anika. Elora dio un brinco del susto, sin saber exactamente cómo clasificarlas.
Eran cuadrúpedos del tamaño de un mastín, pero su anatomía no contenía carne ni pelaje. Estaban formados por una densa red de tallos leñosos y flexibles entrelazados; su cuerpo se erizaba de espinas negras, afiladas como bisturís, y entre los tallos del lomo brotaban rosas de un rojo sangre. No tenían ojos visibles, pero sus fauces, compuestas de astillas de madera dura, emitían un chasquido amenazante.
Fascinada, Elora extendió instintivamente la mano para intentar acariciar a una de ellas.
—¡Ni se te ocurra tocarlo! —advirtió tajante uno de los guardias arbóreos, interponiendo su lanza de madera densa.
Elora retiró la mano de golpe.
—Son bestias de guardia extremadamente peligrosas para los extranjeros —continuó el oficial—. Sus espinas secretan una neurotoxina concentrada. Un solo rasguño y tu corazón se detendrá en menos de diez segundos.
Con el rostro pálido, Elora buscó la mirada de Lia. La capitana le devolvió un gesto fulminante que decía con claridad: «Te lo dije».
Elora tragó saliva de nuevo y dio un paso atrás, pegándose al costado de su compañera.
—Subamos al transporte —indicó Anika con tranquilidad, como si la presencia de los depredadores venenosos fuera lo más normal del mundo.
Lia y Elora ocuparon la parte trasera de la vaina flotante, mientras que los dos perros-rosal eran acomodados en un transporte secundario que custodiaba la retaguardia. Las compuertas de musgo se cerraron suavemente y el vehículo se puso en marcha a toda velocidad, deslizándose en absoluto silencio entre los gigantescos árboles del planeta.
Mientras tanto, a casi cien años luz, en la Tierra, Suraj revisaba unos documentos de la Unión en el despacho que le habían asignado en la ONU. Suspiró. Esto no era para él. «Enlace de la Unión con la ONU. Mierda... ¿Cómo he podido dejar que me engañen con esto?», se dijo. Lo suyo era el combate, no el trabajo de oficina.
Varios golpes sonaron en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y entró una mujer de etnia china. Suraj se levantó al acto.
—General Mei Ling, ¿a qué debo esta visita?
—Venía a confirmarlo.
—¿Confirmar? No entiendo...
—A confirmar que te has dejado domesticar. El todopoderoso teniente Suraj, el terror de la galaxia, metido en un simple despacho.
—Mei, no te pases —indicó Suraj—. Fue la mariscal Kenza la que me lo ordenó. Si hubiera dependido de mí, no lo habría hecho.
Mei se rió.
—Vamos, Suraj. Todos en la Unión saben que el niño de mamá nunca la desobedecería. O es otra cosa...
—No sé a qué te refieres, Mei.
La mujer volvió a reír.
—¿Cuándo vas a declararte?
Suraj se puso de todos los colores.
—¿Declararme?
Mei dejó escapar un suspiro largo.
—Esto lo confirma. Cuando los hombres y las mujeres se enamoran, se vuelven tontos y no ven la verdad que tienen delante.
Suraj la miró confundido.
—¿La verdad?
—¡Ay, Dios mío! Lo dicho: tontos los dos. Niño, Kenza, tu mariscal, está coladita por ti. ¿No te has dado cuenta de cómo te mira algunas veces... por no decir todas? En la fiesta del otro día solo estuve hablando contigo tres minutos y empezó a mirarme como si fuera a matarme. Y a ti te pasa lo mismo cuando alguien del sexo opuesto se le acerca. Niño, los dos estáis colados el uno por el otro, pero si no salís de este estancamiento porque ninguno da el paso, os vais a jubilar y todavía estaréis en la fase de "¿me querrá?". Haz el puñetero favor de dar el paso de una vez.
Suraj no dijo nada. Se limitó a sentarse en el sillón y clavar la vista en el suelo.
—¡Maldita sea! —gritó Mei.
Presionó un botón en el comunicador de su brazalete y este empezó a sonar. A los pocos segundos, la voz de la mariscal Kenza resonó por el altavoz.
—No, Mei, no lo hagas —suplicó el teniente, pero Mei lo hizo callar levantando un dedo.
—Kenza, me preguntaba si tienes tiempo libre.
—Sí —respondió Kenza—. Mañana es mi día libre.
Mei sonrió.
—Qué casualidad, Suraj también tiene el día libre mañana. Ahora está ocupado, pero me ha pedido que te pregunte si querías salir con él.
—¿Salir? —exclamó Kenza.
Mei suspiró.
—Mira, tía, voy a ser sincera: tú estás enamorada de él y él lo está de ti. Así que mañana tenéis una cita para ver si pronto me dais varios sobrinitos.
Kenza se quedó en silencio.
—¿Eh? ¿Estás bien? —preguntó Mei, mientras Suraj la miraba furioso desde su silla.
—Los niños tardarán... pero si él quiere salir, por mí está bien —dijo finalmente Kenza.
Al escuchar eso, Suraj se quedó de piedra, con la boca entreabierta.
—¿Y a que te gusta? —continuó Mei.
Kenza guardó silencio unos segundos.
—Sí, me gusta. Y estoy esperando a que dé el primer paso, pero parece no captar las indirectas.
Mei volvió a reírse.
—Mujer, ninguno de los dos capta las indirectas del otro. El amor os ha vuelto tontos. Bien, entonces mañana a las doce en Times Square. Ponte guapa.
Y cortó la comunicación.
Suraj se levantó del sillón de un salto:
—¡Mei, te mato! ¡Te mato!
La mujer se acercó al teniente:
—Inténtalo, mocoso. A lo mejor el que acaba con el trasero pateado eres tú.
Suraj se alejó y volvió a sentarse. Estuvo un rato con la cabeza gacha hasta que murmuró:
—Gracias.
—¿Cómo dices? —preguntó Mei—. No te oigo.
—Que gracias —repitió Suraj, y los dos soltaron una carcajada.
De pronto, se escucharon unos golpes en la puerta.
—¿Sí?
Nicol, la secretaria que le habían asignado en la ONU, abrió la puerta y frenó en seco al ver a Mei, con las cejas arqueadas.
—¿Sí, Nicol?
—Señor, la presidenta Elizabeth está aquí y desea hablar con usted.
Suraj se recompuso de inmediato.
—Hazla pasar, por favor.
La secretaria cerró la puerta y la volvió a abrir dos minutos después. Tras ella entró Elizabeth, seguida de Andi, su secretario personal.
—Señora presidenta —saludó Suraj—. ¿En qué puedo ayudarla?
Elizabeth avanzó un par de pasos, pero se detuvo en seco al ver a Mei, acomodada con total desenvoltura en uno de los asientos del despacho, sin el menor amago de levantarse ante su entrada. La presidenta entornó los ojos y la sostuvo la mirada un segundo de más antes de recomponer el gesto.
Sin perder la compostura, Suraj le hizo un gesto amable hacia el otro sillón.
—Por favor, tome asiento.