Ecos del abismo.

La mocosa que sobrevivió

Elizabeth entró en el despacho seguida de Andi, su secretario personal, quien se situó de pie a su lado.

—Bueno —exclamó Mei levantándose del sofá—. Te dejo solo para que hables con tu invitada.

Pasó cerca de los dos para dirigirse a la salida. Antes de cruzar el umbral, se giró y miró a Suraj:

—Recuerda que mañana tienes una cita, así que no hagas planes.

—Tranquila, no faltaré —respondió Suraj—. Y Mei... gracias.

Mei le guiñó un ojo con complicidad y salió al pasillo mientras Nicol cerraba la puerta tras de sí.

—¿He interrumpido algo importante? —preguntó Elizabeth.

—No se preocupe, señora presidenta, solo era la visita de una amiga.

—De alto rango, por lo que veo —indicó Elizabeth.

—Su graduación es de general. Pero dígame, ¿puedo saber a qué ha venido?
—Ah, sí, cierto. Mi visita... Verá, hace menos de dos horas recibí la visita de mi hermano mayor y de mi abuela, y me contaron el motivo de mi adopción.

Suraj la miró con sorpresa.

—¿Adopción? Lo siento, señora presidenta, pero no entiendo qué tiene que ver la Unión con su adopción.

Elizabeth se mantuvo callada durante unos segundos, buscando las palabras exactas.

—Noviembre de 1993. Un asentamiento lakota fue atacado por la tripulación de una nave draconarii averiada. La Unión evitó que esa incursión se convirtiera en una masacre. Un comando de la Unión...

—La Unidad Fantasma número 3 —la interrumpió Suraj.

Sin perder un segundo, apretó el botón del intercomunicador.

—Nicol.

—¿Sí, teniente?

—¿La mujer china que se acaba de marchar todavía está dentro del edificio?
—Sí, señor. Siempre que viene a verlo, nunca se va sin pasar antes por la cafetería a por chocolate, es casi un ritual suyo. Debe de seguir allí.

—De acuerdo. Ve a la cafetería y dile si puede volver a mi despacho ahora mismo. Tengo que hablar urgentemente con ella.

—Entendido, teniente, voy para allá —respondió Nicol.

—¿Pasa algo, teniente Suraj? —preguntó Elizabeth, sin entender la repentina prisa.
—Oh, nada grave, pero creo que la general Mei es la persona indicada para responder a sus preguntas sobre ese día.

Elizabeth lo miró aturdida.

—¿Perdone? ¿Puedo saber qué pasa?
Unos toques sonaron en la puerta cortando la tensión.

—Adelante.

Nicol abrió la puerta y detrás de ella apareció Mei. Sostenía una gran taza de chocolate caliente y una bolsa de plástico llena de galletas que iba mojando sin ningún disimulo.

—¿Qué quieres, teniente? Estaba ocupada.

—¿Atiborrándote de chocolate? —preguntó Suraj.

—Tú juegas al fútbol, yo como chocolate. Ahora dime, ¿qué narices quieres?

—Noviembre de 1993, Dakota del Sur. Un asentamiento lakota atacado por draconariis y tu unidad intervino.

La mención del lugar hizo que el secretario Andi diera un ligero paso atrás, abriendo los ojos de par en par, mientras Elizabeth contenía el aliento, con la mirada fija en Mei.

Mei, ajena a la tensión en el aire, le pegó un bocado a una galleta recién impregnada en el chocolate.

—¿Qué pasa con esa misión? —preguntó mientras masticaba, pringándose ligeramente la cara en el proceso.

—Digamos que nuestra invitada —dijo Suraj, indicando a Elizabeth con la mirada— ha venido a preguntar precisamente por eso.

Mei, con la cara manchada de chocolate, se acercó a Elizabeth para observarla detenidamente. De repente, un destello de reconocimiento brilló en sus ojos.

—¡¿Wachiwi?! —gritó Mei—. Vaya, vaya... Así que la mocosa que casi le cuesta la vida a Yeon ha crecido.

Elizabeth se quedó helada, palideciendo al instante al oír aquel nombre lakota que casi nadie conocía, mientras Andi ahogaba una exclamación de asombro.

—Eh, Mei, ¿qué pasa aquí? —preguntó Suraj, totalmente descolocado.

Mei sonrió de lado.

—Creíamos que habíamos eliminado a todos, pero no fue así. Aquí la mocosa salió de la zona segura que mi equipo había establecido para los civiles. Una de esas lagartijas estaba oculta y la atacó. Nos pilló por sorpresa, pero Yeon logró interponerse entre ella y las garras del draconarii... y acabó con las tripas fuera.
Un silencio sepulcral inundó la sala. Elizabeth se llevó las manos a la boca; le temblaban. Buscó a tientas el respaldo de la silla más cercana y se dejó caer en ella, con la mirada perdida en algún punto del suelo. Andi dio un paso hacia ella, indeciso entre sostenerla y guardar la distancia. Suraj tampoco se movió, incapaz de reaccionar ante lo que acababan de oír.

—Tranquilos, no fue grave —añadió Mei, sacando otra galleta de la bolsa y hundiéndola en el chocolate caliente.

—¿Cómo que no fue grave? —preguntó Andi, sorprendido.

—Las heridas fueron mínimas. La armadura la protegió. Además, la almirante Yeon, aparte de tener telepatía, inteligencia aumentada y telequinesis, posee regeneración gracias a la sangre de su padre adoptivo.

Andi y Elizabeth se quedaron sin saber qué responder. ¿Telequinesis, telepatía, inteligencia aumentada, regeneración rápida de heridas?

Mei miró sonriendo a Elizabeth y a Andi mientras seguía comiendo galletas con chocolate. Elizabeth se giró en su asiento y miró a Suraj, esperando una explicación.

Este se encogió de hombros.

—La familia Ortega es un poquitín peculiar —indicó.

—¿Peculiar? Sé perfectamente que Alex y Elena tienen poderes y una gran inteligencia, pero ¿Yeon? Ella es coreana, no es su hija natural.

—Señora presidenta, es algo complicado...

—En realidad es fácil —saltó Mei—. La sangre de Elena y Alex es especial.
Refinada, aumenta la inteligencia humana enormemente; en su estado más puro —o sea, directamente de Elena o Alex— te da poderes.

Mei alzó la mirada del vaso de chocolate y se encontró con los ojos de Andi y Elizabeth clavados en ella. Sus rostros eran un poema que decía a gritos: «¿Esta tía está bien de la cabeza?». Después miró a Suraj, cuya expresión era completamente diferente; la suya era un aviso directo: «Mei, no abras más la boca».




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