Sus manos temblaban. Las cerró con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel hasta hacerla sangrar.
—¿En qué piensas? —preguntó una voz a sus espaldas.
Elena se giró de golpe.
—¿Lilith? ¿Qué haces aquí?
—¿Qué ocurre? ¿No puedo venir a ver a mi hermanita?
—¿Una puta como tú? Claro que no. Hace mucho que dejamos de ser hermanas.
Lilith sonrió con descaro.
—Vamos, hermanita. Sabes perfectamente que tú y papá vais a perder. En cuarenta y siete años este mundo de mierda que protegéis va a morir y no podréis hacer nada.
Elena se acercó hasta quedarse frente a su rostro.
—Márchate. Ya.
—¿O si no, qué? ¿Ia? ¿Me matarás? Ya sabes lo que ocurrió la última vez que se mató a un alma.
Lilith suspiró.
—Veo que sigues teniéndome rencor, hermana.
—Mataste a nuestro padre. Él nos dio la vida. Una familia. Una vida. Y tú… tú lo mataste.
—¿Una familia? ¿Una vida? Vamos, Ia. Eran dioses que se creían con derecho a pisotear a los que tenían debajo. Él no era diferente a esos bastardos.
—¡Era nuestro padre! —gritó Elena—. ¡Nuestro padre!
—Ia…
—No me llames así. Ahora me llamo Elena. No Ia.
Elena golpeó la mano de su hermana con fuerza. Lilith se apartó un poco. Cerró los ojos durante unos segundos y luego soltó un resoplido.
—Me decepcionas, hermana —exclamó—. Después de lo que nos hizo, me sorprende que sigas confiando en él. El sabio de la familia, dicen. El que todo lo sabía. Sabía lo del diluvio y lo que iba a suceder, y aun así nos abandonó a nuestra suerte.
—Eso es mentira.
—Es la pura verdad, Elena. Tenía miedo. El mismo miedo de cuando la primera creación fue destruida. A ti te salvó. A mí me dejó atrás.
—Lee mi mente —pidió Elena.
—¿Qué? ¿Leer tu mente? ¿Por qué debería hacerlo?
Elena se acercó aún más, tan cerca que Lilith pudo sentir su aliento.
—¿O es que tienes miedo… hermanita?
Lilith alzó los brazos y posó las manos sobre la cabeza de su hermana. Un latigazo le recorrió el cuerpo y sus ojos se pusieron en blanco.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—La esfera donde el Todo nos encerró a mí y a papá.
El recuerdo se desplegó completo, nítido como si volviera a suceder.
«Comencemos de nuevo» —dijo una voz poderosa.
—Espera —interrumpió el padre, con las manos aún manchadas de arcilla seca—. Por favor, te lo imploro. Busca a mi segunda hija. Salva a Lili.
La voz no respondió. Permaneció en silencio, como si sopesara la petición.
—Si no puedes… al menos déjame ir a buscarla.
La voz seguía sin contestar. De pronto, un cuerpo apareció dentro de la esfera. Ia y su padre se acercaron de inmediato. La reconocieron al instante. Era Lili.
«Que comience todo de nuevo» —volvió a pronunciar la voz del Todo.
Lilith rompió el contacto mental de golpe y cayó de espaldas.
—Eso no dice nada.
—¡Te salvó también a ti de morir! —exclamó Elena—. Nos salvó a las dos.
—¡Ya te he dicho que eso no me dice nada! —gritó Lilith—. Me enseñó, me educó, me dio una familia… sí. Pero cuando de verdad tuvo que defendernos de Enlil, se acobardó. Permitió que esa bestia intentara matarnos ante él y ante todo el consejo, como el cobarde que siempre fue.
Lilith apretó los dientes, llena de veneno.
—Y encima, el muy bastardo permitió que la aberración de su hermano asesinara a mis hijos. Solo eran niños.
—Niños que heredaron tus poderes y que empezaron a matar —soltó Elena de golpe.
—¿Y por eso tenían que morir?
Elena intentó acercarse. Lilith se arrastrá por el suelo, alejándose.
—No me toques. No me toques.
Soltó un chillido gutural, casi de ave nocturna, y Elena se detuvo.
Lilith empezó a reír.
—Sabes… yo lo amaba como a un padre. Pero su miedo a su hermano convirtió ese amor en odio.
Se puso de pie.
—Bueno, hermanita —dijo—. Dejemos de sacarnos los trapos sucios. Vengo a informarte de que un leviatán ha comenzado a entrar en la galaxia. Informa al Consejo de la Alianza Galáctica para que se prepare.
Elena se quedó paralizada ante la noticia. Intentó hablar, pero antes de que pudiera decir nada, Lilith ya se había disuelto en el viento, como si nunca hubiera estado allí.
Se dirigió a su mesa y activó los sensores de largo alcance. Estos empezaron a revisar las zonas exteriores de la Vía Láctea. De pronto, los sensores encontraron algo.
«Sigma 13» —indicó la información de la estrella—. «No hay rastro alguno. Estrella desaparecida.»
—Tea, aumenta los sensores de la estación al máximo.
La IA obedeció. Una imagen apareció frente a ella en el monitor.
—Mierda… —se le escapó.
En la pantalla, algo envolvía lo que quedaba de Sigma 13. Miles de filamentos oscuros, finos como cabellos, se enroscaban despacio alrededor del núcleo estelar, apretando sin prisa, como si el tiempo no significara nada para aquello.
La imagen se reajustó y por un instante la forma pareció otra: una masa alargada, casi un pez; un latido después, algo plano y ondulante, una mancha viva extendida contra el negro del espacio. Los sensores no lograban fijarla en una silueta.
—Tea, identifica la clase.
—Sin clasificación posible, Almirante. La estructura no converge en un modelo estable.
Sigma 13 ya no brillaba como antes. Se apagaba por grados, como una brasa cediendo bajo la ceniza.
—Como si no tuviéramos suficiente con Kaelen —murmuró—, ahora aparece esto.
Pulsó el botón de llamada.
—Ahisa.
—Sí, Almirante —contestó su secretaria.
—Establece una comunicación urgente con el Consejo de la Alianza Galáctica. Ahora.