Ecos del abismo.

La unidad almica

El transporte arbóreo se detuvo frente a una casa vieja, pero impecablemente cuidada.

La primera en descender fue la consejera Anika. Detrás de ella bajaron sus dos guardias y, por último, Elora y Lia.

Del segundo transporte saltaron los dos perros rosales.

Elora observó la vivienda con atención. Parecía que, en lugar de haber sido construida, hubiera sido plantada, igual que los árboles y las plantas que la rodeaban, surgiendo de la tierra misma.

—Vamos —indicó la consejera—. Stik las espera.

El grupo entró en la casa, seguido de cerca por los perros. El interior olía a madera húmeda y a tierra fértil. Las paredes no eran lisas: se curvaban como troncos vivos, y del techo colgaban finas raíces que filtraban una luz verdosa y suave. El mobiliario parecía haber crecido desde el suelo: mesas, estanterías y sillas formadas por ramas retorcidas que aún conservaban hojas pequeñas.

En el centro de la estancia, sentada en una silla que también parecía plantada, se encontraba la humana Stik.

—Bienvenidas —dijo con voz calmada—. ¿En qué puedo ayudar a la comandante Elora y a la capitana Lia, las dos armas más peligrosas de la Unión?

Lia suspiró e iba a comenzar a hablar cuando Elora se le adelantó.

—¿Kaelen se ha puesto en contacto contigo?

Stik la miró sin el menor interés.

—¿Por qué habría de ponerse en contacto conmigo?

—Porque eres una asesina igual que él —soltó Elora de golpe.

Lia la miró, sorprendida por la brusquedad.

—No me mires así, Lia. Es verdad. Es una puta asesina.

Stik guardó silencio. Cerró las manos sobre su regazo, una encima de la otra, y no las movió.

—Elora, ya basta —intervino Lia—. Hemos venido a dialogar, no a meternos en problemas.

—¿Problemas? Meterse en problemas sería arrancarle la cabeza ahora mismo. Pero las plantitas la protegen.

De repente, los dos perros rosales se pusieron en alerta. Sus espinas crecieron el doble de lo normal y apuntaron directamente a Elora.

—¡Tik, acorten! —gritó Anika.

Los animales se encogieron de inmediato, reduciendo las espinas letales.

—Capitana Lia, si no puede controlar a sus hombres, esta reunión ya se ha acabado —advirtió la consejera.

—¡Elora! —gritó Lia—. Te dije que te controlaras…

—¿Se podría usted controlar si de pronto tuviera delante a la asesina de sus padres, capitana?

Todo el grupo, excepto Elora, dirigió la mirada hacia Stik sin comprender. Stik se apartó el pelo y dejó ver algo enganchado en su cabeza.

—¿No te lo has quitado? —preguntó Anika.

—Pedí que me lo dejaran puesto, pero con un nivel más bajo de intensidad. Necesito dormir. Aunque todas las noches, durante tres horas, está a máxima potencia.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó Elora.

—Es una unidad álmica —explicó Anika.

Lia miró a la consejera sin comprender.

—Es un chip orgánico que estimula la mente de quien lo lleva, haciéndole recordar sus malas acciones. La Alianza Galáctica lo usa con los criminales más violentos. Durante la condena, pone al criminal en el lugar de la víctima. Stik fue condenada a llevarlo un año terrestre.

Anika hizo una pausa antes de continuar.

—Imagínate sufrir cada día lo que sufrieron tus víctimas. Un solo día equivale a haber cumplido una condena de doscientos años. Un año terrestre… setenta y tres mil años aguantando el dolor y el sufrimiento de quienes mataste. Las mentes acaban destrozadas.

—No me importa. Para mí siempre será una maldita asesina.

Lia volvió a dirigirse a Stik.

—Stik… ¿se puso en contacto con usted?

La mujer miró a Lia.

—Todavía no. Pero si está en Arbórea, lo hará. Y en ese momento lo mataré.

Miró con seriedad a Anika.

—Lo siento, consejera, pero lo tengo que hacer.

La consejera no dijo nada.

De pronto, la pulsera de Lia comenzó a sonar. Elora pulsó el botón.

—Sí.

—Capitana —indicó su primer oficial—. La gran almirante Elena quiere hablar con usted y con Elora de inmediato.

—Ok. Pásame la llamada —ordenó Lia.

Intercambió una mirada breve con Elora.

Lia amplió el holograma hasta ocupar el centro de la cocina de Stik. Elena apareció frente a todos, sentada en una silla, con el rostro muy serio.

Yeon no comprendía nada. Desde su discurso de presentación ante las Naciones Unidas, Elena había delegado todo en Suraj, y ahora, de golpe y porrazo, había solicitado una reunión de urgencia en la ONU.

¿Qué pasaba? ¿Había sucedido algo de lo que ella no se había enterado?

Mientras tanto, en la gran sala de la ONU, los funcionarios internacionales observaban atónitos cómo los técnicos de la Unión instalaban equipamiento holográfico por toda la sala bajo la supervisión de Suraj y Yeon.

—¿Sabes algo? —preguntó Yeon a Suraj.

Este negó con la cabeza.

—No, almirante. Lo único fue que la mismísima Gran Almirante me llamó anoche para que estableciera en menos de veinticuatro horas una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad a puerta cerrada.

Yeon suspiró.

«Hermana… ¿qué demonios está pasando?», murmuró.

—Algo muy grave, hermanita —respondió una voz detrás de ella.

—¡Elena! —exclamó Yeon—. ¿Cuándo llegaste?

—Hace dos minutos, hermana. Me teletransporté.

Yeon resopló.

—¿Sabes lo que causarás si alguien te ve apareciendo de la nada?

—Eso ya no importa, Yeon —respondió Elena—. Si no actuamos rápido no habrá ni Tierra, ni sistema solar ni galaxia en la que podamos vivir. Todos estaremos… muertos.

Yeon y Suraj miraron a Elena desconcertados.

—¿Muertos? ¿Qué demonios pasa?

Elena no respondió.

—Suraj —indicó—, vayamos a tu despacho. Necesito establecer comunicación con Elora y Lia ahora.

Suraj extendió el brazo, invitándola a seguirle. Elena comenzó a caminar, pero se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia su hermana. Solo con esa mirada, Yeon comprendió y se puso a su lado. Elena se acercó a su oído:




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