Ecos del abismo.

La cárcel de Aetheri

El silencio en la cocina era denso, casi asfixiante. Elena observaba a todos a través del holograma como si estuviera escaneando el lugar centímetro a centímetro. A su lado, Elora alcanzaba a ver las siluetas de Yeon y Suraj.

—Gran almirante, todavía no hemos encontrado a Kaelen —dijo Lia, esforzándose por mantener la compostura—. Pero lo haremos pronto.

—Lo siento —respondió Elena con voz fría—. Tengo que hacerlo.

Sin previo aviso, un poder enorme irrumpió en las mentes de Lia, Elora y Stik. Una presencia ajena, implacable, que leía cada pensamiento y cada recuerdo. Las tres cayeron al suelo entre jadeos de dolor.

—¡Elena, para! —gritó la imagen holográfica de Yeon desde la Tierra—. ¡Eso es peligroso! ¡Arbórea está demasiado lejos!

—No… debo hacerlo. La galaxia depende de esto.

Elena no rompió la conexión. Mantuvo amarradas las mentes de las tres mujeres y dirigió su proyección hacia la consejera.

—Anika… si me lo permite, usaré la red sintiente de su mundo para buscar a Kaelen. No podemos permitirnos más demoras. ¿Me concede su permiso?

Anika dudó, paralizada por la magnitud de aquel poder. Antes de que pudiera responder, un torrente de información invadió su mente: un fragmento de lo que estaba en juego. La consejera palideció. Comprendió que encontrar a Kaelen no era una misión más. Era supervivencia.

En la Tierra, dentro de la oficina de Suraj, Elena cerró los ojos y se concentró aún más. Su conciencia se expandió a una escala inconcebible, cruzó años luz y penetró en la conciencia vegetal de Arbórea. Yeon la miraba con angustia creciente: por la nariz de su hermana comenzaba a brotar un hilo de sangre híbrida —azul y roja— mientras las venas de las sienes se hinchaban de forma alarmante.

Elena lo veía todo. Cada centímetro del planeta. Cientos de formas de vida, autóctonas y alienígenas, aparecían en su mente como puntos verdes entrelazados. De pronto detectó una anomalía: un diminuto punto rojo incrustado en la Red Vital.

Soltó de inmediato las mentes de las tres mujeres y concentró toda su energía en aquel punto. Una sonrisa sombría se dibujó en sus labios.

*Te tengo, hijo de puta.*

—Elora, Lia —su voz resonó directamente en la cabeza de sus agentes—. Está a treinta kilómetros de vuestra posición.

Miró un segundo a Yeon, cuya cara reflejaba puro terror, y dio la orden final:

—Capturadlo con vida. Si es necesario, matadlo.

De la boca de Elena brotó una bocanada de sangre azul y roja. Lo último que pudo articular antes de que se le doblaran las rodillas fue:

—Perdonadme… tenía que hacerlo.

—¡Elena! —gritó Yeon, lanzándose a sostenerla—. ¡Suraj, llama a un médico!

El teniente activó su comunicador. Entre los dos la levantaron y la tumbaron en un sofá cercano, velando su rostro pálido con profunda preocupación.

En Arbórea, Elora, Lia y Stik se incorporaban con dificultad, aún aturdidas por el impacto.

—¿Qué… qué coño ha sido eso? —preguntó Elora, llevándose una mano a la cabeza.

Anika, que había permanecido en silencio, respondió con la mirada perdida:

—Ha encontrado al Señor del Caos.

—¿Kaelen? —dijo Lia.

—Sí. Y es mucho más peligroso de lo que creíamos. Si no lo detenemos, la galaxia perecerá.

Elora, ya más recuperada, dirigió una mirada furiosa al holograma que seguía activo.

—¡Almirante! ¡Quiero una explicación! ¿Quién le dio permiso para invadir mi mente?

Fue Yeon quien se acercó a la pantalla, visiblemente alterada.

—Elena no podrá contestarte ahora. Está inconsciente. La está tratando una unidad de emergencia. En cuanto a ese escaneo… yo tampoco sabía nada. Pero he visto, a través de la conexión, lo que tanto aterra a mi hermana.

Lia parpadeó, incrédula.

—¿La todopoderosa Elena tiene miedo? Ella y su padre son prácticamente dioses. ¿Qué puede aterrar a un dios?

Yeon la miró fijamente.

—Primero: nunca vuelvas a llamar “dios” a mi hermana. No le gusta. Segundo… sabéis lo de la estrella de antimateria, ¿verdad?

—Sí —respondió Lia—. Está en el centro de la galaxia, protegida por un sistema de defensa que nadie ha logrado traspasar. Se supone que es un arma que no debe caer en manos de nadie. Y solo Kaelen sabe cómo atravesar el sistema Aetheri sin ser vaporizado.

—No es un arma —dijo Yeon con voz sombría—. Es el fin. No del universo, pero sí de esta galaxia.

Pulsó varios mandos. En el centro de la cocina de Stik, el holograma cambió. Apareció una masa informe y gigantesca que mutaba de forma cada pocos segundos mientras engullía, literalmente, un sol entero.

—¿Qué demonios es eso? —murmuró Elora.

—Un Leviatán. Acaba de entrar en nuestra galaxia. Busca lo que custodia la estrella de antimateria.

Hizo una pausa.

—Elena investigó los registros ancestrales. La estrella no es un arma: es una cárcel. Una cárcel que contiene a la hembra de los leviatanes. Eso es lo que quiere Kaelen: liberarla para que se reproduzcan. Y si lo consigue, en menos de un mes la galaxia será exterminada.




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