Ecos del abismo.

La sombra del leviatán

Nadie habló durante un largo instante. El holograma del Leviatán seguía girando en el centro de la cocina, silencioso, indiferente al peso que acababa de dejar caer sobre todos ellos.

Fue Stik quien rompió el silencio, con esa voz grave que rara vez se alteraba:

—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que lo capturen?

—Con la posición que nos dio Elena a través del enlace, minutos —respondió Anika—. He mandado unidades para su captura.

Elora, ¿puedes moverte? Pregunto lia a su amiga.

—Puedo correr —dijo Elora, apretando los dientes—. Vamos.

Las dos salieron de la cocina de Stik a paso rápido, seguidas por un escuadrón arbóreo que Anika convocó con un simple gesto de su mano cubierta de corteza.

El holograma de Yeon las siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la puerta, y solo entonces se permitió respirar.

En la Tierra, Suraj regresó junto a Elena justo cuando el equipo médico terminaba de estabilizarla. La sangre había dejado de brotar de su nariz, pero su piel conservaba una palidez casi translúcida, como si algo se hubiera llevado consigo parte de lo que la hacía humana.

—Va a sobrevivir —dijo el médico, sin mucha convicción en la voz—. Pero necesita descanso. Ha forzado su cuerpo más allá de lo razonable.

Yeon se arrodilló junto al sofá y tomó la mano de su hermana entre las suyas. Notó, por primera vez en mucho tiempo, cuánto temblaba.

—Nunca más vuelvas a hacer esto sin avisarme —susurró, aunque sabía que Elena no podía oírla.

Pasaron veinte minutos que se sintieron como horas. Suraj no dejaba de mirar el reloj de la sala; Yeon no soltaba la mano de su hermana. Finalmente, el comunicador de Suraj emitió un pitido y la voz de Lia, entrecortada por la respiración y el esfuerzo, llenó la habitación.

—Lo tenemos.

Yeon cerró los ojos un segundo, dejando que el alivio le recorriera el cuerpo entero.

—¿Vivo?

—Vivo. Se entregó el solo.

En la pantalla de Suraj apareció la imagen de Kaelen, de rodillas, con las manos inmovilizadas por grilletes de contención arbórea, rodeado por Elora, Lia y varios escuadrones de seguridad arboreos. No parecía asustado. Ni siquiera parecía sorprendido. Miraba directamente a la cámara, hacia donde sabía que estaba Elena, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier resistencia.

—Dile a tu gran almirante —dijo, con una voz serena que contrastaba con la sangre que le corría por la sien— que puede encerrarme donde quiera. No importa. El Leviatán ya está aquí. Y donde hay uno, pronto habrá más.

Elora le clavó una rodilla en la espalda para hacerlo callar, pero las palabras ya habían quedado suspendidas en el aire de la habitación en la Tierra, donde Yeon seguía sosteniendo la mano de su hermana inconsciente.

Afuera a años luz de Arbórea, invisible a simple vista pero registrada por cada sensor de la flota arbórea y de la Unión, la masa colosal del Leviatán terminó de engullir lo que quedaba del sol moribundo. Por un instante, el vacío que dejó tras de sí pareció absoluto.

Y entonces, muy despacio, algo más grande comenzó a moverse detrás de él.

FIN PRIMERA NOVELA




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