Ecos del abismo

10

—¿Qué...? ¿Qué has aceptado una pelea contra uno de esos bichos con escamas? ¿Y encima mortal? Dime una cosa, ¿cuando te crearon se olvidaron de ponerte un mínimo de sentido común o simplemente te olvidaste de recogerlo? Porque, si no, no entiendo cómo consigues meterte de un lío en otro.

Alex bajó la cabeza mientras Iris lo regañaba sin descanso.

La IA emitió un sonido parecido a un resoplido.

—Esto tiene que ser una puñetera broma. Solo he estado desconectada una hora y has acabado desafiando a una de las razas más peligrosas de la galaxia.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Tenía que haber metido mi memoria en una cápsula de escape y dejar que te las apañas solo.

Entonces dirigió toda su atención hacia Nerada.

—Y tú... He estudiado tu ficha. Se supone que eres el adulto aquí. Tienes trescientos cuarenta y cinco años y metes a un niño de ocho en una pelea donde lo pueden matar.

Nerada inclinó ligeramente la cabeza.

—En mi defensa debo decir que, en mi mundo, un niño de ocho años ya es considerado un adulto.

Iris soltó un largo suspiro.

—Cabeza de pera con peluca... Alex no pertenece a tu especie. Es un niño humano. ¿Cómo demonios se te ocurre enfrentarlo a un reptil de más de tres metros?

—En realidad —la corrigió Nerada con absoluta tranquilidad—, su rival, cuando alcanza el máximo desarrollo, suele medir alrededor de doce metros.

Alex palideció.

—¿Doce metros?

Retrocedió un par de pasos.

—Vale... hacemos una cosa. Vas al Consejo y les dices que retiro el desafío.

La línea que hacía las veces de boca en el rostro del alienígena se curvó en una leve sonrisa.

—Imposible. Una vez aceptado el desafío, si uno de los contendientes se retira será declarado cobarde. La pena es la ejecución.

Alex tragó saliva.

—¿Solo eso?

—No.

Nerada mantuvo el mismo tono sereno.

—Además, el planeta natal del derrotado podrá ser conquistado... o exterminado. Dependerá de la decisión del vencedor.

El silencio cayó sobre la sala.

El estómago se le encogió.

—Iris...

No obtuvo respuesta.

—Iris... di algo.

Pasaron unos segundos.

Demasiados segundos.

Por primera vez desde que la conocía, la IA parecía estar pensando de verdad.

Cuando habló, su voz había perdido parte de su tono burlón.

—Nerada. Explícame las reglas del combate.

El gris levantó la cabeza.

—No se permiten armas de fuego ni armas de energía. Solo armas de filo, como lanzas o espadas. La gravedad queda anulada dentro de la burbuja de combate. La única energía permitida es la de los escudos defensivos y la telequinesis propia del combatiente.

—¿Trajes de combate? —preguntó Iris.

—Sí. El modelo estándar. Aunque tu adversario luchará sin armadura. Solo utilizará su fuerza física.

Iris guardó silencio unos instantes.

Alex apenas escuchaba la conversación.

Solo una frase daba vueltas una y otra vez dentro de su cabeza.

Me va a matar...

Ese bicho me va a matar.

Finalmente, Iris habló.

—Alex.

Él levantó la vista.

—Tienes que luchar.

—¿Perdón?

—Si no luchas, morirás igualmente.

Alex abrió los brazos con desesperación.

—Se supone que estás de mi parte, no intentando que me maten.

—Si no peleas, te matarán igual, mocoso. Así que deja de quejarte y abre el bolso que insistí tanto en que trajeras.

Alex miró la mochila.

Desde el principio había pensado que era un estorbo.

La dejó sobre el suelo y abrió la cremallera.

—Ya está. ¿Ahora qué?

—Mete la mano en el bolsillo lateral y saca las tres esferas plateadas.

Alex obedeció.

Nerada observaba cada movimiento con creciente curiosidad.

El muchacho sacó tres pequeñas esferas metálicas del tamaño de una nuez.

Brillaban con un tenue reflejo plateado.

—¿Y esto qué es?

Iris dejó escapar una pequeña risa.

—¿Recuerdas aquel proyecto que abandonaste hace seis meses porque decías que nunca funcionaría?

Alex frunció el ceño.

—Claro que me acuerdo.

—Pues estas esferas son el resultado... después de que yo continuara el proyecto y lo mejorara.

Alex levantó la vista de golpe.

—Espera... ¿terminaste el proyecto tú sola?

—Sí, mocoso. Puede que seas más inteligente que yo, pero eso no significa que sea tonta. Además, mientras tú no estabas en la base tenía que entretenerme con algo. Era eso o morirme de aburrimiento.

Alex sonrió sin poder evitarlo.

—¿Y qué hago ahora?

—Pulsa el botón de la esfera marcada con el número uno.

Alex obedeció.

La pequeña esfera vibró entre sus dedos.

Un instante después dejó de ser sólida.

Su superficie se descompuso en millones de diminutas partículas plateadas que comenzaron a recorrer su mano como un líquido metálico.

—¿Pero qué...?

Las partículas ascendieron por su brazo, cubriendo cada centímetro de piel.

Se extendieron por el pecho, la espalda y las piernas con una velocidad imposible.

Allí donde pasaban, las diminutas piezas se unían entre sí formando placas negras de aspecto metálico atravesadas por finas líneas de color azul eléctrico.

No parecía una armadura ensamblándose.

Parecía estar creciendo directamente sobre su cuerpo.

Las protecciones se adaptaban a cada músculo y a cada articulación como si hubieran sido creadas exclusivamente para él.

Un collar metálico rodeó su cuello.

Desde él emergió un casco que cerró la armadura con un suave siseo.

El visor se iluminó durante un instante antes de hacerse completamente transparente.

Alex abrió y cerró la mano.

La armadura respondía como una segunda piel.

Nerada permaneció inmóvil.

Sus ojos estudiaban aquella tecnología sin parpadear.

No había detectado emisiones energéticas.

No entendía cómo funcionaba.




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