Ecos del abismo

11

El trayecto hacia la arena fue una caminata hacia el cadalso.

Nerada guiaba a Alex por avenidas suspendidas que cruzaban torres de cristal. A su alrededor, la multitud era un abismo alienígena. Vio a los Sirianos, seres cuya piel parecía plasma azul en constante efervescencia; a los Arak'nid, pesadas criaturas insectoides de ocho extremidades que avanzaban por las paredes, adheridas a ellas mediante campos magnéticos; y a gigantescos Taurianos, cuya masa muscular duplicaba la de un toro y que vestían armaduras de gravacero.

Llegaron a la base del Coliseo, una estructura abismal de piedra negra rodeada por campos de contención electromagnética.

—Mi lugar está en el palco superior, junto al Alto Consejo —dijo Nerada, señalando con su larga mano de tres dedos la compuerta que daba acceso a la arena—. Recuerda: la burbuja de combate no tiene gravedad. Tu traje se adaptará, pero tu cerebro debe entender el espacio tridimensional antes de que ese monstruo te despedace.

—Gracias por el apoyo moral, cabeza de pera —masculló Alex, tragando saliva.

—No es apoyo moral. Es cálculo estadístico —respondió el gris, sin alterar el tono, antes de alejarse hacia los elevadores.

—Tranquilo, mocoso —la voz de Iris resonó en los receptores del casco—. He calibrado los propulsores de la armadura para la ausencia de gravedad. Los controles responderán a tus impulsos motores. Solo... no mueras. Me costaría siglos encontrar a otro idiota tan brillante como tú.

Alex respiró hondo.

La gigantesca puerta de bronce siseó y se descompuso en partículas, dejándole paso.

El impacto del sonido lo golpeó en el pecho.

Cien mil voces alienígenas aullaban desde las gradas, dispuestas en círculos alrededor de la arena. Flotando a cientos de metros de altura se encontraba el palco del Consejo. Allí destacaban las figuras de los consejeros: el Abgal, ondulando dentro de su esfera de agua; el Pleyadiano de luz dorada; el Arturiano de piel azul; el Gris Imperial; y el consejero draconarii, que lo miraba como comida. Y, presidiendo la escena desde el centro, un enorme y pálido Mantis cuyas antenas vibraban en un temblor apenas contenido.

En cuanto Alex cruzó el umbral, la gravedad se evaporó por completo.

Su cuerpo se desprendió del suelo y comenzó a flotar.

—¡Ajustando compensadores inerciales! —alertó Iris.

Los impulsores azules de la armadura se encendieron suavemente a la espalda de Alex, estabilizándolo en el vacío.

Al otro lado de la burbuja, a unos doscientos metros, se abrió la puerta opuesta.

Un guerrero Draconarii de tres metros de altura emergió flotando. Estaba cubierto de escamas rojas, brillantes como carbón al rojo vivo. No llevaba armadura. Solo un mandoble de dos metros sujeto a la espalda y una lanza pesada entre las manos.

Sus ojos se clavaron en Alex como quien mira una plaga.

El Mantis extendió una de sus patas delanteras desde el palco imperial.

Su voz se abrió paso en la mente de todos.

—¡Que el combate por la supervivencia de Alex y los diez mundos del sector 12 b dé comienzo!

Un gong abrumador vibró a través del campo de contención.

Antes de que Alex pudiera mover un solo músculo, el cuerpo del Draconarii comenzó a crujir.

Sus huesos se fracturaron y se expandieron en un espectáculo dantesco. La carne escamada se desgarró para dar paso a extremidades hipertrofiadas, alas membranosas y un cuello serpentino.

En menos de tres segundos, la forma humanoide de tres metros se convirtió en una pesadilla alada de más de doce metros de longitud, con fauces capaces de tragarse a Alex entero.

—¡¿PERO QUÉ DEMONIOS?! —gritó Alex, retrocediendo mientras sus ojos se abrían como platos dentro del casco—. ¡Ese cabrón de Nerada dijo que medía doce metros al máximo desarrollo, no que podía transformarse en un jodido dragón de cuento en medio segundo!

—¡Alex, muévete! —chilló Iris en sus oídos.

La bestia rugió.

Una onda de choque sónica atravesó la burbuja y la hizo vibrar. Con un aletazo implacable, que desplazó toneladas de aire, el Draconarii se impulsó hacia Alex a una velocidad imposible para una criatura de semejante tamaño.

Alex reaccionó por instinto.

Apretó la esfera de su mano izquierda, pensando en protección.

Las nanopartículas se desplegaron al instante y formaron una enorme cometa de escudos acoplados.

El impacto de la lanza del dragón contra el escudo nanoestructurado fue devastador.

La fuerza de la embestida se transmitió al cuerpo de Alex y lo lanzó contra la barrera electromagnética de la arena.

—¡Agh!

Impactó de espalda.

La armadura amortiguó la mayor parte del golpe, pero el latigazo de su cuello le robó el aire de los pulmones.

—¡Su brazo izquierdo se aproxima a tu flanco! —advirtió Iris—. ¡No lo bloquees! ¡Esquiva!

Alex encendió los propulsores laterales justo a tiempo.

Las enormes garras del Draconarii desgarraron el aire donde Alex había estado un milisegundo antes.

Pero la bestia no era torpe en gravedad cero.

Giró sobre su propio eje y convirtió su gigantesca cola en un látigo.

El golpe alcanzó a Alex de lleno en el costado.

El chasquido del metal y de los huesos al romperse resonó dentro del casco.

Dos costillas se partieron en el acto.

—¡AAAHGGGH!

El niño gritó de puro dolor y escupió sangre contra la visera interior del casco.

—¡Alerta médica! Fractura de las costillas séptima y octava. Hemorragia interna detectada. Inyectando coagulante y analgésico local —reportó la voz sintética de Iris, perdiendo toda su compostura habitual—. ¡Alex, mantén la calma! ¡Si pierdes el conocimiento, estamos muertos!

En el palco, Nerada apretó sus delgados dedos contra la balaustrada.

El Pleyadiano que estaba a su lado dejó escapar una risa baja.

—Tu «campeón» es solo un pedazo de carne que flota, gris —se burló.

—La batalla no ha terminado —respondió Nerada con voz helada.




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