Ecos del abismo

12

La gran arena se sumió en un enorme silencio.

—Está decidido —volvió a proclamar el mántido—. El ganador es Alex de la Tierra.

En la interfaz auditiva del joven, la voz sintética de iris rompió la tensión.

«Ritmo cardíaco: 140 pulsaciones por minuto. Victoria confirmada, Alex. Aunque estadísticamente tus probabilidades de sobrevivir eran del doce por ciento, has generado un resultado insólito».

El representante draconarii del consejo no decía nada. Solamente miraba con odio al joven humano, con las pupilas rasgadas echando fuego. Después, dirigió su mirada al guerrero muerto en la arena. Con un solo resoplido de su nariz, cuatro draconariis con unos raros collares en el cuello entraron en la arena portando una camilla.

Alex los miró y se fijó en la solidez de los collares de metal opaco.

—Esclavos —dijo Nerada, que se había acercado a él a paso firme—. Son esclavos de familias que cayeron en desgracia en el imperio. No te metas —indicó, sujetando al joven del hombro con fuerza. La tensión en sus manos traicionaba su tono severo; en sus ojos no solo había prudencia, sino un verdadero temor por el destino del muchacho.

«Detecto transmisores de baja frecuencia en las estructuras de cuello. Son dispositivos de contención y ejecución remota», advirtió Iris en silencio.

—Alex de la Tierra —le llamó el mántido desde su elevado trono.

El niño elevó la vista. El mántido miró a su secretaria felina, quien soltó en el aire una estilizada tablet. El dispositivo no cayó al suelo, sino que levitó suavemente hasta las manos del niño. Las antenas del mántido vibraron con una mezcla de calculada frialdad y ligera curiosidad política; ver a un mamífero tan joven en esa posición sacudía los cimientos del protocolo.

—Son los documentos legales que demuestran que ahora eres el gobernante legítimo de la Tierra y diez mundos más. Ya tienen mi firma; ahora solo queda tu muestra genética.

—¿Mi muestra genética?

El mántido resopló con un siseo metálico.

—Una gota de tu sangre.

Nerada sacó de sus ropajes una especie de aguja de cristal y pinchó el dedo del niño sin darle tiempo a dudar.

—Hazlo rápido y no preguntes —murmuró Nerada entre dientes, conteniendo el aliento mientras vigilaba de reojo la reacción de los alto consejero.

Una gota carmesí cayó sobre la superficie transparente de la tablet, que reaccionó al instante emitiendo un destello azul.

«Muestra de ADN aceptada», resonó una voz sintética. «Enhorabuena, Alex de la Tierra. Ahora eres el dueño legal de once planetas.»

«Actualizando estatus del usuario: de espécimen de prueba a Gobernante Sectorial. Procediendo a descargar la cartografía geopolítica de los once sistemas...», notificó Iris en su oído.

Alex miró la pantalla con los datos holográficos flotando sobre ella y después fijó la vista en el mántido.

—Gracias —fue lo único que el niño acertó a decir, con la voz ahogada por el peso de semejante título.
El ser asintió con su cabeza insectoide y se dispuso a marcharse cuando un crujido seco y un quejido cortaron el aire. Un esclavo draconarii, el más débil de los cuatro, estaba caído en el suelo. El consejero de su raza lo estaba pisoteando, furioso porque la camilla se había inclinado, dejando caer el cuerpo del guerrero caído.

—¡Maldito bastardo inútil, no vales para nada! ¡Muérete! —bramó el draconarii, alzando un pequeño control remoto.

Iba a apretar el botón del collar para electrocutarlo hasta la muerte cuando Alex se interpuso entre el látigo de energía y el esclavo.

—¿Qué quieres, trozo de carne? —gruñó el consejero, deteniendo el dedo a milímetros del activador.

—No lo mates —pidió el niño, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

—¡Alex, apártate, esto no es asunto tuyo! —gritó Nerada, abriendo los ojos de par en par con verdadero pánico. La sombra del imperio draconarii no era algo con lo que se pudiera jugar, y la imprudencia del humano amenazaba con destruirlo todo.

«Alex no», intervino Iris con rapidez. «Hay riesgo de ejecución inmediata por insubordinación diplomática. Tu acción carece de toda lógica.»

—¡No! No voy a permitir que lo maten —respondió el niño, ignorando las advertencias. Miró fijamente al enorme draconarii—. Te lo cambio por el mundo colonial más cercano al espacio del imperio.

El draconarii miró con absoluta sorpresa al niño.

Todos los demás presentes en el palio guardaron un silencio sepulcral. Nerada se llevó una mano a la cara, conteniendo un ahogado siseo de incredulidad.

—¿Cambiarías un mundo habitable lleno de recursos por un simple esclavo? —preguntó el mántido, inclinándose hacia adelante. Sus grandes ojos faceteados reflejaron un chispazo de fascinación: en miles de ciclos jamás había presenciado a un gobernante cambiar territorio por una vida insignificante.

—Sí —respondió Alex con firmeza, sin desviar los ojos del reptil.

El regente miró al niño y vio una sinceridad inquebrantable en sus ojos, una determinación que desarmaba cualquier lógica.

«Reevaluando la decisión...», susurró Iris, con un inusual matiz de vacilación en su tono artificial. «Es una estrategia irrazonable pero... Deja un impacto ético alto.»

—Que así sea —sentenció el mántido—. ¿El consejero draconarii acepta la oferta?

El diplomático miró a Alex, luego fijó la vista en el miserable esclavo magullado a sus pies y finalmente sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados.
—Sí, acepto. Salimos ganando.

El draconarii lanzó el control del collar a los pies de Alex con desprecio. Mientras el control rebotaba en el polvo, Nerada dejó escapar un largo suspiro, entre la resignación y una creciente admiración por la locura del joven humano.




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