Ecos del abismo

13

El estruendo de la multitud ya se había disipado en los pasillos exteriores, dejando la vasta arena sumida en un silencio denso y humeante. Con el combate finalizado y las gradas vacías, solo quedaban allí la sombra de la arena y el eco de los generadores. Alex dio dos pasos vacilantes hacia el centro del terreno, pero las fuerzas le fallaron por completo. El dolor lo derribó de golpe, haciéndolo caer de rodillas antes de colapsar cuan largo era sobre la tierra batida.

​—¡Alex! ¡Responde, Alex! Signos vitales decayendo aceleradamente... ¡Alex! —el grito de Iris resonó en los altavoces internos del casco, despojado de su habitual frialdad sintética y cargado de un pánico casi humano.

​Nerada, que aguardaba junto al acceso lateral, corrió entre la polvareda con el rostro pálido y la respiración entrecortada. Al llegar a su lado, se arrodilló sobre el suelo empapado de sudor y polvo. Vio al muchacho inerte, con la visera agrietada y manchada de sangre. Le dio unas palmaditas desesperadas en el hombro, pero Alex no respondió; sus ojos estaban cerrados y un hilo de sangre carmesí escapaba por la comisura de sus labios.

​—¡Necesitamos evacuación inmediata! ¡El niño no responde, se me muere! —gritó Nerada hacia la línea de oficiales, utilizando la frecuencia de emergencia del recinto.

​En cuestión de segundos, un equipo de servicios médicos de urgencia del Coliseo irrumpió a toda velocidad con una camilla antigravitatoria. Sanitarios de varias especies alienígenas aseguraron el cuerpo destrozado de Alex, inyectando estabilizadores directamente a través de los puertos de carga de la armadura antes de suspenderlo en la plataforma y salir disparados por el túnel de evacuación.

​El viscoso líquido esmeralda amortiguaba todo sonido, transformando el mundo exterior en un murmullo distante y ahogado. Alex abrió los ojos con lentitud. La luz filtrada a través del gel sintético le escocía en las pupilas, pero el frío antiséptico de la cápsula de regeneración al menos había conseguido apagar el fuego que sentía en las entrañas. Un tubo de soporte respiratorio se retiró automáticamente de su garganta, provocándole una arcada mientras el nivel del compuesto verde descendía con un gorgoteo mecánico.

​La cubierta de cristal de la cámara de cuidado se deslizó hacia arriba con un silbido de descompresión. El aire ambiente lo envolvió de golpe, frío y con un fuerte olor a ozono y antiséptico.

​—Signos vitales estables. Presión arterial regularizada. Proceso de regeneración tisular completado al noventa y cuatro por ciento —resonó la voz de Iris, recuperando su tono pulcro y sereno a través de su interfaz auditiva—. Bienvenido de nuevo, Alex.

​Alex intentó incorporarse, pero un calambre le recorrió el costado izquierdo, haciéndole soltar un chasquido entre dientes. Se pasó una mano por el rostro húmedo y miró a su alrededor desorientado.

​—Iris... —su voz sonó raspada, como si hubiera tragado arena—. ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

​—Te encuentras en la enfermería médica principal del Coliseo —respondió la IA de inmediato—. Y has permanecido inconsciente dentro del tanque durante tres días completos. Tras tu colapso en la arena y la alerta emitida por Nerada, tu cuerpo llegó a esta instalación en un estado de fallo multiorgánico inminente.

​Iris desplegó un holograma azul frente a la cápsula que mostraba la anatomía de Alex superpuesta con los daños registrados durante la extracción.

​—Teniendo en cuenta al bicho al que te enfrentaste, la analogía de un impacto pesado es técnicamente benévola —continuó la IA, detallando las zonas lesionadas con un tono clínico implacable—. El combate estuvo a punto de sobrepasar tu umbral de supervivencia.

​Alex miró hacia un lado de la sala. Sobre una mesa de examen metálica yacía su armadura. Estaba destrozada: la coraza pectoral presentaba brechas profundas y marcas de impacto por presión, y la visera del casco permanecía opaca, manchada con capas secas de sangre propia y sangre verde oscura del Draconarii.

​—El recuento de tus lesiones tras la victoria fue crítico —prosiguió Iris—. En primer lugar, sufriste un trauma torácico severo. El golpe directo con la cola muscular del Draconarii fracturó de forma limpia tu séptima y octava costilla. La astilla ósea de la séptima estuvo a punto de perforar la pleura.

​Alex se llevó una mano al tórax. La piel lucía rojiza por las marcas de los parches de biocauterización, pero la estructura ósea ya no crujía.

​—Recuerdo el impacto. Fue como chocar contra una pared de hormigón en movimiento —murmuró.

​—Ese impacto generó una hemorragia interna abdominal e intratorácica masiva —añadió la IA—. Comenzaste a expulsar sangre por las vías aéreas superiores casi de inmediato. En mitad de la arena, tuve que administrarte coagulantes sintéticos de acción rápida y tres dosis de analgésicos de espectro pesado para evitar un shock cardiogénico. De no ser por esa intervención y el rápido aviso de Nerada a las asistencias, te habrías ahogado en tu propia sangre antes de ser evacuado.

​Alex cerró los ojos un instante, recordando el sabor metálico en la boca y la alarma roja parpadeando sin descanso en su pantalla de visión mientras intentaba mantener la postura frente al rugido de la bestia.

​—¿Y la espalda? Apenas puedo mover el cuello sin sentir un tirón muscular extremo.

​—Traumatismo cervical severo por latigazo —explicó Iris—. Ocurrió en los primeros compases del enfrentamiento. El choque inicial te proyectó contra la barrera electromagnética de la arena con violencia, hiperextendiendo los ligamentos de las vértebras C3 a C6. Además, registré una fractura en la extremidad inferior derecha; concretamente en el maléolo lateral del tobillo. Sucedió durante la maniobra de esquiva a máxima velocidad, cuando el borde del ala membranosa de la bestia rozó tu soporte articular.

​—Terminé el combate por puro instinto... —dijo Alex, saliendo finalmente del tanque y apoyando con cautela ambos pies en el suelo metálico. El tobillo respondió firme, aunque con una molestia residual—. Estaba al borde del desmayo antes de dar el último golpe.




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