Ecos del abismo

14

La Quimera se deslizaba con absoluta elegancia por el vacío, envuelta en la distorsión azulada y brillante de su burbuja de curvatura. Hacía ya dos horas que habían dejado atrás Khor'Vak, el colosal planeta capital de la Federación, rumbo a la Tierra. En el puente de mando, la penumbra solo era interrumpida por los destellos de las pantallas tácticas. Alex permanecía sentado en el asiento del piloto, desglosando concentrado los mapas holográficos de los nueve mundos que ahora estaban bajo su directo control.

A su lado, la presencia de Iris rompía por completo la rutina de la nave. Desnuda, con la piel sintética brillando bajo las luces de la consola y fascinada por cada nueva respuesta nerviosa de su cuerpo, caminaba despacio de un lado a otro observando los mandos con una curiosidad casi infantil.

Alex desvió la mirada de los datos, echándose hacia atrás en el asiento con una mezcla de cansancio y desconcierto.

—Iris —dijo con enfado—. Sé que te gusta tu nuevo cuerpo, pero ¿podrías por favor vestirte y dejar de pasear por la nave desnuda? Me pones nervioso.

Iris se detuvo en seco. Ladeó la cabeza, observándolo con unos ojos grises recién estrenados que parpadearon con genuina extrañeza.

—¿Por qué? ¿Por qué te pongo nervioso? —preguntó.

Alex la miró divertido, dejando escapar una leve carcajada antes de recuperar la seriedad.

—La gente lleva ropa y no va desnuda por todos lados. Si hicieras eso en la Tierra acabarías en prisión por escándalo público. Así que vístete, por favor.

—Vale —respondió Iris.

Dio media vuelta y caminó hacia el camarote de servicio donde se custodiaban los uniformes de repuesto. Al cruzar el umbral, el aire olía al tejido sintético sellado al vacío y al antiséptico de la nave. Iris se detuvo frente al armario de suministros, contemplando la hilera de prendas con la curiosidad analítica de quien aprende una disciplina totalmente nueva desde cero.

Se acercó al primer conjunto. La falta de prendas interiores biológicas no le resultaba incómoda, pero el roce de las telas sobre la epidermis recién calibrada era una cascada constante de estímulos táctiles. Eligió una camiseta térmica de manga larga y tejido elástico, diseñada para ajustarse bajo la armadura.

Al pasarla por la cabeza, la tela rozó sus pómulos y despeinó su cabello. El tejido bajó por los hombros, comprimió suavemente su pecho, se amoldó a la curva de la cintura — un escalofrío le recorrió la espalda. Las fibras de carbono se estiraron sobre su piel, el peso microscópico de la prenda asentándose capa a capa.

A continuación, tomó los pantalones de combate. Eran de un gris oscuro reforzado con placas ligeras de polímero en los muslos. Deslizó una pierna y luego la otra, la textura rugosa del interior raspándole los muslos y las pantorrillas. Se abrochó el cinturón táctico; el chasquido metálico de la hebilla resonó en el camarote y la presión sobre su cadera terminó de anclar su anatomía al marco del traje.

Por último, se calzó las botas de maniobra. Flexionó los dedos de los pies dentro del revestimiento térmico antes de ajustar los cierres magnéticos del tobillo. Cada correa, cada cremallera era un ritual de aprendizaje: la ropa limitaba ligeramente la movilidad, pero protegía la fragilidad del silicio vivo que ahora formaba su carne. Se miró en el espejo metálico del mamparo, estirando las mangas para alinearlas con sus muñecas. La imagen que le devolvía el reflejo ya no era el icono holográfico azul de una interfaz, sino la de una persona real.

De pronto, la vibración del motor de curvatura cambió de frecuencia. Un leve tirón de inercia hizo que las placas del suelo oscilaran unos milímetros. Iris ladeó la cabeza; el bamboleo le recorrió el fluido del oído interno, la aceleración angular delatando una desviación pronunciada en la trayectoria.

Regresó al puente con pasos aún algo rígidos, pero mecánicamente precisos. Las botas resonaban sobre el suelo metálico con un tictac firme que hizo a Alex levantar la vista de la consola donde supervisaba el estado de sus nueve mundos.

—¿Qué pasa? —preguntó Iris, alisándose el cuello de la chaqueta táctica.

—Nada —respondió Alex—. Solamente he cambiado de rumbo a Verkan. Quiero verlo.

Iris observó cómo la representación holográfica de la ruta trazaba una nueva curva dorada hacia el sistema estelar vecino.

—¿Por qué? —preguntó, apoyando las manos en el respaldo del asiento del piloto mientras observaba los indicadores del panel.

Alex sonrió, manteniendo los ojos fijos en la proyección estelar.

—No pasa nada. Solamente quiero ver gatos.

—¿Gatos? —inquirió Iris, arqueando una ceja.

—Sí —respondió Alex—. Verkan es un mundo de gatos humanoides.

Iris cruzó los brazos, acomodando el peso sobre sus nuevas piernas con una rigidez que aún delataba su falta de hábito al vestir ropa.

—Ya viste a los felinoides en Khor'Vak. Visto un gato, vistos todos.

Alex guardó silencio unos segundos. La sonrisa se le borró del rostro. Tocó un mando en la consola central y desplegó un archivo holográfico marcado con un sello de emergencia médico de la Federación.

—Tienen una epidemia que está matando a los nativos —dijo en voz baja—. Según los datos de la ficha, es posible que sea una enfermedad artificial creada por los grises. Se llama la Fiebre Verkana. He de ir para allá y averiguar qué pasa.

Iris contempló los gráficos de mortalidad que parpadeaban en rojo sobre la pantalla. Sin añadir una sola palabra, se sentó en la silla de pilotaje, ajustó los cinturones de sujeción sobre el uniforme táctico y tomó los mandos manuales. La Quimera siguió su trayectoria en dirección a toda velocidad hacia su nuevo destino: Verkan 4.

En la superficie del planeta, la nieve caía en copos pesados y densos sobre los bosques de coníferas de hojas azules.

Nivi caminaba oculta entre la maleza nevada, procurando que el crujido de las ramas heladas no delatara sus pasos. La joven verkana, de espeso pelaje atigrado y orejas erguidas al viento, seguía oculta al grupo de caza. Su tío Kael le había ordenado que se quedara en la aldea y no estorbara a los guerreros, pero la pequeña de diez años no era de las que obedecían cuando la supervivencia del clan estaba en juego.




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