La Quimera permanecía suspendida en el aire, flotando de forma estática sobre las copas de las coníferas gracias a sus propulsores de mantenimiento y al sistema de pilotaje automático. Desde el vientre de la nave, la rampa de desembarco descendió lentamente hasta el suelo nevado, y de ella bajaron dos figuras envueltas en armaduras de combate. El diseño de los trajes era estilizado, denso y oscuro, recordando levemente al acabado táctico de los amos grises, pero con una línea aerodinámica y una robustez que denotaba un origen completamente distinto.
Los guerreros verkanos, aún temblando por la vibración del rayo de plasma que acababa de vaporizar a la patrulla enemiga, apretaron los nudillos contra las empuñaduras de sus lanzas. El pelaje de los cuellos se les erizó en un acto reflejo de pura territorialidad y miedo. Aquella nave, que seguía sobrevolándolos en silencio como una sombra colosal, acababa de destruir a sus opresores con una facilidad aplastante. Para ellos, aquello solo podía significar una cosa: los dos recién llegados eran infinitamente más peligrosos.
Nivi aprovechó la confusión para salir de su escondite tras el tronco del árbol bog. Con pasos torpes y el corazón latiéndole en las orejas, corrió por la nieve hasta posar una pata en el costado de su tío.
Kael no la reprendió por haber desobedecido. Manteniendo la mirada fija en los dos desconocidos que caminaban hacia ellos sobre la nieve, dio un paso al frente para interponerse entre la pequeña y las figuras armadas.
—Yo asumiré la culpa —dijo Kael en voz baja, con la cola rígida y las orejas abatidas hacia atrás en señal de absoluta rendición.
Nivi ahogó un gemido y apretó las garras contra la piel de la espalda de su tío. Las palabras de Kael sonaban a sentencia de muerte. Sabía que en la lógica de los conquistadores, el líder del grupo pagaba con la vida cualquier muestra de insubordinación o presencia no autorizada.
Las dos figuras se detuvieron a pocos metros del grupo. Los cazadores sobrevivientes formaron un semicírculo defensivo, enseñando los colmillos y emitiendo un siseo gutural que mezclaba desconfianza y desesperación. Nivi, asomando apenas la cabeza por el costado de Kael, contempló a los desconocidos con una mezcla paralizante de terror y una intensa curiosidad infantil.
La figura de proporciones más esbeltas ladeó la cabeza. De la parte frontal de su casco brotó una voz modulada que pronunció unas palabras en un idioma completamente desconocido, ajeno tanto al dialecto verkano como al áspero idioma sintético de los grises:
—La atmósfera es respirable —dijo la mujer.
Acto seguido, ambos seres llevaron una mano al lateral de sus cuellos. Con un chasquido sordo y un silbido de despresurización, los cascos mecánicos se retrajeron en una secuencia de placas rectráctiles hasta desaparecer por completo dentro del cuello de las armaduras.
Un murmullo de asombro y desconcierto recorrió a los cazadores verkanos.
Los rostros expuestos no tenían escamas, ni pelaje, ni las facciones insectoides de los grises. Eran pieles lisas, de un tono pálido la mujer y algo más cálido el hombre. Iris mostraba una simetría perfecta con unos ojos grises que escudriñaban el entorno con precisión analítica, mientras Alex exhibía una expresión serena, cansada pero profundamente humana. Para los verkanos, acostumbrados a la monstruosidad biológica de la galaxia, aquellas criaturas de apariencia tan frágil y sin garras visibles resultaban alienígenas e incomprensibles.
De pronto, un zumbido grave comenzó a retumbar en el aire, haciendo vibrar las agujas de las coníferas y sacudiendo la nieve acumulada en las ramas.
—¿Iris? —preguntó Alex sin apartar la vista del cielo.
—Naves —respondió ella al instante—. Naves grises. Cinco en total.
El sonido aumentó bruscamente de intensidad hasta convertirse en un bramido sordo. Cinco naves de ataque grises, con su característico diseño de platillo metálico y bordes afilados, atravesaron el techo de nubes y se posicionaron en formación defensiva sobre el bosque, rodeando a la Quimera —que continuaba flotando impasible en automático— y apuntando sus baterías secundarias hacia la zona de desembarco.
—Contacta con ellos —ordenó Alex con voz firme.
Iris pulsó un botón en el módulo de su muñeca. Cuando volvió a hablar, su voz fue emitida a través de los amplificadores de la armadura, resonando en el áspero y chasqueante idioma oficial de los grises:
—Mi nombre es Iris Solem, de la Unión Terrestre. Por decisión del Alto Consejo de la Federación Galáctica, Verkan 4 está ahora bajo nuestra jurisdicción. Como ya dijimos a su otra nave, tienen tres horas verkanas para abandonar el planeta; si no lo hacen, tomaremos medidas.
Un silencio pesado y aplastante cayó sobre el claro.
Los cazadores verkanos, que tras tres siglos de ocupación y esclavitud entendían perfectamente la lengua de sus amos, se miraron entre sí con los ojos desorbitados. El pánico se convirtió en un nudo en el estómago de Kael. La realidad era brutal: Verkan 4 simplemente había cambiado de dueño. Aquellos dos seres no habían venido a liberarlos, sino a reclamar la propiedad del planeta como si fuera un trozo de carga o una pieza de maquinaria.
Iris volvió a presionar el comunicador, manteniendo un tono frío e inexpresivo:
—Naves imperiales grises: les he enviado los documentos firmados por el consejero mantido Jaal. Todo es legal y, si tenemos que usar la fuerza, lo haremos. Escaneen nuestra nave y verán que tenemos las de ganar.
El silencio se prolongó en el aire helado.
En el interior del disco insignia que lideraba la escuadra, el gobernador gris permanecía erguido sobre la plataforma de mando, contemplando las lecturas holográficas.
—Escaneen su nave —ordenó con voz rasposa.
Uno de los tripulantes tecleó rápidamente en la consola táctil, procesando los datos de densidad de masa y firma energética de la Quimera. Transcurrieron unos segundos tensos antes de que el analista se girara hacia su superior con las cuencas oculares dilatadas por la incredulidad.