Ecos del abismo

16

El grupo emergió finalmente del espeso bosque de coníferas para encontrarse con la aldea. El panorama era desolador: las estructuras, construidas con madera envejida y pieles desgastadas, se caían a pedazos bajo el peso de la nieve. No había rastro de tecnología ni de comodidades básicas; el poblado reflejaba tres siglos de abandono, hambruna y expolio sistemático.

Al ver regresar a los cazadores cargados con la codiciada carne de Gorag, los habitantes salieron corriendo de sus chabolas con vítores y gritos de alegría. Sin embargo, la euforia se evaporó de golpe en cuanto las miradas se posaron en Alex e Iris. El silencio volvió a congelar el ambiente, reemplazado por un pánico palpable. Las madres empujaron a sus hijos hacia el interior de las viviendas y los pocos ancianos que quedaban se apoyaron en sus bastones, temblando visiblemente.

Kael caminó a paso firme hacia el consejo de ancianos que aguardaba en el centro del poblado. Con la cabeza inclinada en señal de obediencia, comenzó a explicar la situación con voz grave.

Iris, manteniendo una distancia prudente, le traducía a Alex en un susurro en español:

—Les está diciendo que el cazador imperial fue destruido y que las fuerzas grises han abandonado el sector. Dice que tú eres el nuevo Noat, el nuevo dueño del planeta, y que no deben hacer nada que pueda enfurecerte si quieren conservar la vida.

Alex cerró los ojos un instante y dejó escapar un hondo suspiro de frustración.

—Hay muchísimo trabajo por hacer aquí... —murmuró con amargura—. Tienen la servidumbre tan metida en las venas que va a costar horrores que entiendan lo que significa ser libres.

De pronto, un movimiento en una de las cabañas más miserables del fondo atrajo la atención de Alex. Un pequeño niño verkano, demacrado y con el pelaje deslucido por la desnutrición, lo observaba fijamente desde la sombra de una puerta destartalada. Sus grandes ojos dorados brillaban con una fiebre intensa.

Alex comenzó a caminar en dirección a la cabaña. Al instante, tres verkanos adultos se interpusieron en su camino, bloqueándole del paso con los cuerpos temblorosos y las manos alzadas en un gesto desesperado de súplica.

Kael, al ver la escena, sintió que el pulso se le detenía. Con el rostro desencajado por el terror, gritó con fuerza hacia los aldeanos:

—¡Apártense! ¡Dejen que se acerque a la cabaña! ¡No debemos enfurecer al nuevo amo bajo ninguna circunstancia!

Los aldeanos se hicieron a un lado a regañadientes, bajando las orejas y pegando los rostros a la nieve. Alex ignoró los murmullos de pánico, avanzó a paso firme hasta la entrada del habitáculo y apartó la harrapienta cortina de piel que servía de puerta.

Lo que vio en el interior lo dejó completamente horrorizado.

Hacinados sobre mantas roídas sobre el suelo de tierra helada, yacían decenas de verkanos —niños, jóvenes y ancianos— consumidos por una fiebre abrasadora. Sus respiraciones emitían un estertor agónico mientras convulsionaban débilmente.

Alex sacó de su cinturón el escáner médico de alta precisión y proyectó un haz de luz holográfica azul que recorrió despacio el cuerpo del niño más cercano y luego el resto de la estancia. La pantalla del dispositivo comenzó a parpadear frenéticamente, desplegando cadenas de código genético y marcadores sintéticos en rojo brillante.

El diagnóstico no dejaba lugar a dudas: el escáner confirmó la presencia de secuencias de ADN modificado en la estructura del virus. No era una plaga natural, sino una bioweapon, una enfermedad artificial diseñada y sintetizada en los laboratorios de los grises para mantener bajo control demográfico a la población verkanas y erradicar cualquier intento de resistencia.

Alex apretó los dientes, sintiendo cómo una ola de indignación le recorría el cuerpo al ver la brutalidad con la que habían sometido a aquella especie. Apagó el escáner y miró a Iris con firmeza.

La rabia contenida de Alex se convirtió en una frialdad helada. Los verkanos de la aldea, al ver la furia dibujada en el rostro del humano, cayeron de rodillas sobre la nieve, temblando de terror. Los sollozos ahogados de las madres y los gemidos de dolor de los enfermos llenaron el ambiente. Estaban convencidos de que su nuevo Noat, enfurecido por la visión de los moribundos, había decidido exterminar lo que quedaba del poblado.

—Iris —ordenó Alex sin apartar la mirada de la cabaña—, trae la Quimera. Ahora mismo.

—En camino —respondió ella.

Iris presionó los mandos de su muñequera. A los pocos segundos, la enorme sombra de la nave espacial rompió las nubes y descendió lentamente sobre el poblado. El zumbido de sus motores hizo temblar las estructuras de madera y la nieve del suelo salió despedida en ráfagas heladas. El pánico en la aldea fue total: los verkanos corrieron a refugiarse en el interior de las chabolas, abrazándose unos a otros, esperando el rayo exterminador que acabaría con sus vidas.

Pero la nave no abrió fuego. Se posó con absoluta suavidad en el claro central de la aldea.

Alex caminó a pasos agigantados hacia la rampa de desembarco, subió al interior de la Quimera e Iris lo siguió de cerca. En la enfermería de la nave, Alex se despojó del protector del brazo derecho, tomó una jeringa de extracción médica y se la clavó directamente en la vena.

Iris se quedó helada al observar el cilindro de cristal. El líquido que llenaba el recipiente no era rojo, sino de un azul intenso y brillante que emitía un tenue destello bioluminiscente.

—¿Tu sangre es azul? —preguntó Iris, con los ojos grises muy abiertos por la sorpresa—. Mi base de datos sobre la anatomía humana no registraba nada similar... No lo sabía.

—Luego te lo explico —interrumpió Alex con voz grave, reteniendo la mueca de dolor mientras se colocaba un parche antiséptico en el brazo—. Ahora no hay tiempo.

Sin perder un segundo, introdujo el cartucho de sangre en el analizador de replicación molecular de la Quimera. Las pantallas de la consola central comenzaron a parpadear a toda velocidad. Los potentes sintetizadores de la nave identificaron los anticuerpos universales de la sangre azul de Alex, procesaron la fórmula y comenzaron a duplicarla en serie, creando docenas de dosis purificadas en forma de inyectables transparentes de tono azulado.




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