El viento helado se colaba por las rendijas de la cabaña comunal, pero el calor humano —y el denso pelaje de decenas de verkanos hacinados— mantenía el lugar tibio. Dentro, el consejo de ancianos y una multitud de aldeanos aguardaban en un silencio sepulcral. Varios niños de orejas erguidas y ojos brillantes se asomaban por detrás de las piernas de sus madres, divididos entre la fascinación y el remordimiento de estar tan cerca del "nuevo amo".
Iris permanecía de pie junto a la entrada, los dedos cerrándose y abriéndose sobre la manga sin ninguna función táctica, un gesto que ni ella misma sabía explicar. Hacía ya veinte minutos que Alex había vuelto a subir a la Quimera sin dar explicaciones. Solo les había pedido que entraran allí y aguardaran. Como la androide no tenía instrucciones claras, se limitó a mantener la guardia. Los murmullos en el comedor cesaban cada vez que ella cambiaba de postura, pues los verkanos aún no sabían qué esperar de aquella mujer de piel sintética y precisión mecánica.
De pronto, la pesada puerta de madera se abrió de golpe.
Alex entró en la estancia iluminado por un resplandor azulado que emanaba de su mano: sostenía un proyector holográfico que desplegaba una maqueta tridimensional del planeta. Aunque apagó el dispositivo a los pocos segundos, Iris —con sus procesadores ópticos trabajando a máxima velocidad— logró captar e integrar la lectura espacial: el mapa registraba cientos de pequeñas y grandes aldeas repartidas por todo el globo.
Alex miró a Iris, y algo en su rostro bastó para apagar de golpe los pocos murmullos que quedaban en la sala.
—1.360 millones de habitantes —exclamó con la voz tensa—. Necesito idear un método para curar a toda esa población en menos de un año.
Acto seguido, la mirada de Alex se posó en el líder del poblado.
—Kael —indicó, dirigiéndose a él directamente en verkano—. Necesito tu ayuda.
El guerrero dio un paso atrás. En la entrada del poblado, la mujer era quien traducía cada palabra. Los ancianos del consejo ahogaron un gemido de sorpresa y se miraron entre sí, e incluso Iris entornó los ojos grises, procesando el dato en su memoria central: en menos de un día, la estructura neural de Alex había asimilado el idioma verkano hasta alcanzar una fluidez perfecta.
—Necesito saberlo, sin mentiras ni secretos —susurró Alex, dando un paso hacia el centro del recinto—. ¿Tenéis un consejo central secreto del que los grises no sepan nada? ¿Un consejo de ancianos a escala planetaria?
La pregunta cayó como una piedra en el silencio. Los ancianos y los guerreros verkanos empezaron a cruzar miradas de alarma. Revelar la existencia de la resistencia clandestina era el mayor tabú de su especie; hacerlo ante un Noat solía significar la ejecución masiva.
Alex alzó las manos, despacio, las palmas abiertas.
—Necesito saberlo. Os juro que no estoy aquí para ser vuestro amo. Sois libres de hacer lo que queráis. No me enfadaré si cazáis o seguís vuestras tradiciones. Solamente sabréis de mí si vuestros antiguos amos u otros carroñeros intentan volver a este mundo, que es vuestro.
Un silencio denso volvió a apoderarse del comedor. Kael soltó el aire de golpe y bajó la vista hacia Nivi, su pequeña sobrina, que estaba sentada en el suelo junto a sus pies. La niña no mostraba el miedo de los adultos; con sus grandes ojos dorados fijos en Alex e Iris, apretaba contra su pecho el trozo de tela limpia con el que la habían curado. No apartaba la mirada, ni se escondía detrás de nadie.
Kael volvió a erguirse.
—Sí... hay un consejo central —confesó el guerrero con voz rasposa—. Se ocultaron hace trescientos años, tras la llegada de los Dnak.
A su alrededor, varios ancianos dejaron escapar un gemido y retrocedieron medio paso, pero Kael no bajó la vista.
—Bien, esto es lo que quiero que hagáis —continuó Alex, manteniendo la vista fija en el líder—. Elige a los veinte hombres más fuertes de tu aldea y daréis este mensaje por todo el territorio: el nuevo Noat no quiere esclavos. Desde hoy, el pueblo verkan es libre para seguir su propio destino. Sé que aún falta mucho tiempo, pero debéis florecer de nuevo. Vuestro pueblo debe aprender, evolucionar y salir a las estrellas, donde mi gente os estará esperando con los brazos abiertos.
Alex hizo una breve pausa, dejando que sus palabras llegaran a cada rincón de la estancia.
—Solamente bajaré a este planeta si vuestro pueblo está en peligro. El resto del tiempo estaré en el cielo, vigilando que el pueblo verkan recupere su gloria perdida a manos de los Dnak. Esta es mi única ley para vosotros: vivid como un solo pueblo y llegad a las estrellas, donde os espero.
Entre la multitud, una de las madres se llevó las manos a la boca; las lágrimas empezaron a caer sin que ella hiciera nada por detenerlas. Los niños lo miraban fijo, sin parpadear, como se mira algo que no se sabe si es real.
Alex metió la mano en su cinturón, sacó una ampolla concentrada de la cura y se la extendió a Kael. Sus miradas se sostuvieron un segundo de más.
—¿Puedo confiar en ti? —preguntó Alex en voz baja—. ¿Puedo confiar en que salves a tu pueblo?
Kael contempló el vial azulado que brillaba débilmente en la palma del humano. Extendió su garra y tomó la ampolla despacio, como quien recibe algo que pesa más de lo que parece.
—Sí, puedes confiar en mí —respondió Kael con firmeza, alzando la cabeza—. E iremos a las estrellas a encontrarnos con nuestros hermanos.
Ambos sellaron el pacto con un apretón de manos que duró un segundo de más. El comedor comunal estalló en murmullos que pronto se contagiaron al resto de la aldea, mientras Iris, desde la penumbra de la entrada, guardaba en su memoria cada rostro que había dejado de tener miedo.