Los Aurocantos comenzaron a cantar, anunciando que un nuevo día empezaba. Alex se removió, dolorido, sobre la cama de madera que los verkan le habían cedido. Aunque el colchón de lana de tog era blando, todo su cuerpo le dolía enormemente. Apretó los dientes al girarse.
—Vamos, despierta —Iris lo sacudió del hombro, con la voz acelerada.
—Déjame desperezarme —susurró Alex, hundiendo la cara en la almohada—. He tenido una noche de pesadilla.
—Es culpa tuya. Te dije que durmieras conmigo en la Quimera, en tu cama, pero insististe en dormir como los nativos.
—Sí, bueno, lo que tú digas. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Ahora dime, ¿por qué estás tan eufórica?
—He encontrado algo que va a despertar tu curiosidad. —Iris activó el holograma del comunicador de su brazo—. Estuve despierta toda la noche revisando los satélites que desplegamos en órbita.
—¿Y qué encontraste? Vamos, Iris, déjate de misterios y habla de una vez.
—Fíjate —dijo, señalando un punto verde en el holograma.
Alex entrecerró los ojos, todavía pesados de sueño.
—¿Tecnología gris?
—No, no, no. —Iris negó con el dedo índice—. Es mucho más antigua. He buscado en los archivos de datos que Nerada implantó en la Quimera.
—¿Y?
—Tecnología Anunnaki. Según los archivos, pertenece a los Anunnaki.
Los ojos del niño se abrieron como platos. El sueño se le cayó del cuerpo de golpe.
—¿Estás segura?
—Sí —respondió Iris—. Según los registros, los Anunnaki fueron una de las razas supervivientes de la Gran Guerra. Cien mil años antes del final del conflicto llegaron a nuestro mundo huyendo del suyo.
—Espera. —Alex se sentó del todo, olvidando el dolor de costillas—. ¿Huyendo? ¿De qué? ¿Algún enemigo? Además, ¿no se supone que los Anunnaki eran de nuestro sistema solar? Según Sitchin, los anunnaki...
—Se equivocó —lo interrumpió Iris—. Nibiru existió, sí, pero existieron dos Nibiru.
Alex se apoyó en un codo, inclinándose hacia el holograma.
—Explícate.
—Nibiru era el planeta de origen de los Anunnaki. El problema era que pertenecía a un sistema estelar binario formado por dos estrellas: una similar a nuestro Sol, con un sistema de siete planetas donde Nibiru ocupaba el cuarto lugar, y su compañera, una gigante roja que, en un momento de su evolución, comenzó a expandirse. Los efectos de la onda de choque tardaron ochenta años en alcanzar Nibiru, pero cuando llegaron expulsaron el planeta de su sistema.
Iris tomó aire antes de continuar.
—Durante esos ochenta años, los Anunnaki construyeron doce enormes naves coloniales con capacidad para doscientas mil personas cada una. Cada una tenía un destino distinto: doce estrellas diferentes. ¿Y adivina qué?
Alex ya no apartaba los ojos del holograma; se había quedado con la boca entreabierta.
—Me lo imagino —respondió—. Una de esas naves tenía como destino nuestra estrella.
—Bingo —susurró Iris—. Cuando te dije que había dos Nibiru era porque la nave colonial llevaba el mismo nombre que el planeta: Nibiru.
—El viaje fue largo y las tripulaciones se relevaban cada veinte años. La nave que marca este holograma pasó por Verkan. No sabemos por qué se estrelló; quizá sufrió un fallo en los motores mientras descendía para recoger alimentos y recursos para los tripulantes que permanecían despiertos. O tal vez la fauna o los propios nativos la atacaron.
—¿Y ahora qué? ¿Te interesa? ¿Sientes curiosidad? —preguntó Iris.
Alex ya estaba de pie, buscando sus botas a tientas sin dejar de mirar el holograma.
—Vamos a investigar, amiga mía.
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La Quimera aterrizó en un descampado, a escasos metros del lugar donde el holograma indicaba que se encontraba la nave.
—¿Seguro que es aquí? —Alex escrutó el terreno vacío, sin nada a la vista que delatara una nave enterrada.
—Sí —respondió Iris—. La nave debe de estar sepultada bajo grandes cantidades de sedimentos y rocas.
Iris escaneó la zona con la interfaz de su brazo. Alex esperaba con los puños cerrados dentro de los bolsillos.
—¿Y bien?
—Por ahora no detecto más que sedimentos... Espera. —Iris guardó silencio mientras examinaba las lecturas. Alex contuvo la respiración—. Ahí está. A dos kilómetros de profundidad.
—¿¡Dos kilómetros!? —Alex se incorporó de golpe, como si la distancia lo hubiera empujado hacia atrás.
—Sí. Necesitaremos una perforadora que abra un pasadizo seguro. —Iris volvió a fijarse en los datos y frunció el ceño.
—¿Pasa algo?
—Sí... Esto es muy raro. Según estas lecturas, la nave sigue funcionando. Detecto energía electromagnética y un sistema de soporte vital.
Alex dio un paso hacia el holograma, como si acercarse pudiera ayudarlo a entender mejor.
—¿Soporte vital?
—Sí. Significa que ahí abajo hay algo vivo. —Iris lo miró a los ojos—. ¿Te imaginas? Podríamos encontrar a un anunnaki vivo.
A Alex se le aceleró el pulso; lo notó en la garganta.
—Sería increíble. Inicia el proceso de perforación.
Iris sacó una de las esferas de su equipo y la arrojó al suelo. La pequeña esfera desplegó sus anillos metálicos mientras sus componentes se reconfiguraban hasta convertirse en un taladro de energía láser. Los propulsores inferiores se anclaron firmemente al terreno y, con un silbido agudo, el núcleo central giró, proyectando un haz de luz concentrada que vaporizaba la roca, la tierra y los sedimentos sin dejar escombros a su paso.
—¿Tardará mucho? —preguntó el niño por encima del zumbido del taladro, sin apartar la vista del agujero.
—Unos veinte minutos —respondió Iris.
Los dos se quedaron de pie, hombro con hombro, observando cómo la máquina abría un túnel hacia las profundidades, acercándolos poco a poco a la nave anunnaki.