Iris caminaba por el estrecho pasillo que conducía hasta la nave, con pasos cautelosos. La luz de su linterna iluminaba el camino unos metros por delante de ella. Nivi la seguía a una distancia prudente, procurando no hacer ruido para que la mujer no la detectara.
De pronto, a lo lejos, Iris divisó una tenue luz que aumentaba de intensidad a cada paso.
Llegó al final del pasillo y se detuvo unos segundos en la entrada, recorriendo con la mirada el interior del puente de mando de la nave.
Había varios monitores encendidos; otros chisporroteaban de forma intermitente. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la silla del capitán. Allí estaba Alex, examinando lo que parecían unas planchas de metal oxidadas.
El niño tocó uno de los picos de una de las tablillas y esta comenzó a brillar, proyectando un holograma en el aire.
Iris observó las letras desconocidas que aparecieron ante ella. No estaban registradas en su memoria.
Entró en la nave y se dirigió hacia Alex.
—Sabes —exclamó Iris—, nunca entenderé tu cerebro ni cómo es posible que sea más rápido que el mío.
Alex la miró sin comprender.
Iris suspiró.
—Yo tardo minutos en aprender cómo funciona algo. Pero, en cambio, tú... tardas segundos y, algunas veces, décimas de segundo. ¿Cómo lo haces?
El niño no supo qué responder. Se limitó a encogerse de hombros, como si él tampoco tuviera idea de cómo lo hacía.
—Simplemente viene —dijo al final.
Iris puso los ojos en blanco.
—Y bien. ¿Vas a decirme qué son esas cosas que han llamado tu atención?
Señaló las tablillas oxidadas.
—¿Esto? Nada importante. Solamente son unas tablillas me.
Iris mantuvo el silencio durante unos segundos, tratando de digerir y comprender la respuesta.
*¿Las tablillas me? ¿Las mismas tablillas me de las que hablaba Sichin en sus libros? ¿Las tablillas sumerias?*
—¿Esas tablillas me? —preguntó.
—Sí.
Alex señaló entonces otro objeto.
—Y está otra cosa.
Alzó su brazo derecho y mostró una especie de bolsa que sujetaba con la mano.
—Es una reserva de genes. Es el bolso que los Anunnaki llevaban en las tablillas donde aparecen representados. Según las teorías, lo utilizaban para recoger material genético y almacenarlo.
Iris enarcó una ceja, sin poder contener una media sonrisa.
—Estás ilusionado, ¿verdad? Que los Anunnaki existan te emociona.
—No sabes cuánto —respondió Alex, con los ojos encendidos—. Es como tener una página de la historia de la Tierra y de la galaxia delante de nosotros.
La mujer volvió a suspirar.
—Bueno. ¿Seguimos? Según los sensores, las formas de vida que detectamos están a unos trescientos metros de nosotros.
Alex asintió.
Cuando estaban a punto de ponerse en marcha, un ruido los sobresaltó.
Los dos se pusieron en alerta. Iris sacó su arma portátil y apuntó hacia el lugar de donde había procedido el sonido.
De pronto, Nivi apareció desde detrás de una de las sillas del puente.
Iris bajó el arma al reconocerla.
—Tú... Te dije que esperaras fuera —dijo en verkano.
La niña retrocedió medio paso, mirándola con los ojos muy abiertos.
—Vamos, Iris. No la asustes —intervino Alex.
—¿Asustarla? —Iris suspiró—. Es una copia en miniatura tuya. Le dices que se quede en un lugar seguro por su propio bien y se lanza de cabeza al peligro.
Alex soltó una pequeña carcajada.
—Es una exploradora. Es curiosa. Que venga con nosotros. No podemos dejarla sola. Si lo hacemos, es capaz de encontrar, por pura suerte, el botón de autodestrucción cuando todavía estemos dentro.
El niño comenzó a caminar, internándose en el interior de la nave.
Iris negó con la cabeza, se acercó a Nivi y le dio una ligera patada en el trasero para que avanzara.
La niña obedeció y comenzó a caminar delante de ella.
La nave era enorme. Caminaban con precaución por los pasillos, siguiendo la señal que indicaba que había vida en su interior.
—¿Falta mucho? —protestó Alex—. Tengo hambre.
Iris se detuvo, confundida. En una de las paredes vio la marca que había hecho con su láser dos horas atrás. Era la cuarta vez que pasaban por el mismo lugar.
Se agarró de los pelos y gritó:
—¡No lo sé! Lo único que sé es que hace veinte minutos pasamos por esa marca que hice en la pared… y ahora vuelve a estar aquí. ¡Me está volviendo loca!
Alex soltó una pequeña risa. Iris se giró hacia él.
—¿Tú ya sabes qué es esto, verdad? —gritó.
—Laberinto de Dédalo —fue lo único que salió de la boca del niño.
Iris lo miró con dureza.
—Déjate de acertijos, mocoso. Ahora mismo tengo unas ganas enormes de agarrar a alguien y meterle la cabeza en un váter… y tú tienes todas las de ganar.
—¿Yo? —preguntó Alex—. ¿Qué culpa tengo yo de que no te des cuenta de que hay activada una unidad de distorsión dimensional? Debe de ser un sistema de defensa. Ahora, en vez de enfadarte, concéntrate y verás lo que yo estoy viendo desde hace una hora con el visor de mi casco.
—¡¿Qué?! —gritó Iris—. ¡¿Hace una hora que lo sabes y me lo dices ahora?! ¡Eres un maldito bastardo! ¿Lo sabías?
—Perdona —respondió el niño—. Me estaba aburriendo y necesitaba un poco de diversión. Te pido disculpas. Sé que me he pasado.
Iris lo fulminó con la mirada.
Mientras tanto, Nivi, que no entendía el español, miraba a los dos sin saber si se querían o si se iban a matar. Alex la miró sonriendo.
Iris suspiró.
—Vale… cálmate, Iris. Y tú —señaló a Alex—, a partir de ahora te haces tú la comida. Porque yo no te la voy a volver a hacer. Y si te la hago, será para echarte veneno.
Alex seguía con su tonta sonrisa.
—No te creo —le dijo—. Se que me quieres mucho. Ahora concéntrate, detecta el aparato y reviéntalo con tu arma de cintura.
Iris se concentró y revisó la zona con la mirada.
—A ver… Ahí está. Es un aparato que emite energía. Está en esa pared.