La nave olía a humedad y a algo más. Algo metálico, antiguo, como si el aire mismo hubiera estado atrapado allí durante más tiempo del que cualquier ser vivo debería soportar.
Las cápsulas emergían del suelo de la nave como si hubieran crecido allí, como si la roca las hubiera abrazado durante milenios y hubiera decidido no soltarlas nunca. Eran altas, más altas que cualquier ataúd humano, e inclinadas en un ángulo de treinta grados, apuntando hacia el techo como si quisieran lanzar a sus ocupantes hacia las estrellas.
Alex analizó el material. El escáner marcaba «desconocido». No era metal, no era cristal, no era nada que el niño hubiera visto antes. Tenía un brillo opalescente, como nácar líquido solidificado, y cuando la luz de la linterna lo tocaba, la superficie respondía. No reflejaba. Respondía. Como si estuviera viva.
Las paredes de las cápsulas eran translúcidas, con un tinte dorado que dificultaba ver el interior, aunque no lo impedía del todo.
Alex se acercó a la primera y contuvo la respiración.
Dentro había un hombre.
Era enorme. Incluso acostado, incluso con los ojos cerrados, incluso sumergido en lo que fuera que llenaba la cápsula, resultaba evidente que no era humano. No del todo.
Su cuerpo estaba suspendido en un fluido viscoso y transparente que brillaba con luz propia. Flotaba sin gravedad, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas ligeramente flexionadas, como un feto que hubiera crecido demasiado.
Alex intentó calcular su altura. Más de dos metros y medio. Quizá más. El fluido distorsionaba las proporciones, pero no había duda de que aquel ser superaba con creces cualquier altura humana.
Su piel era de un bronce antiguo, profundo, con un brillo sutil que no parecía provenir de la linterna. A lo largo de los brazos y el pecho, líneas finas de un azul pálido recorrían su cuerpo como venas de luz, pulsando con un ritmo lento y constante. Un latido. Uno cada varios segundos.
El cabello, negro con reflejos azulados, flotaba a su alrededor en ondas lentas, mecido por corrientes invisibles del fluido. Le caía hasta los hombros, y algunas hebras se habían pegado al rostro, enmarcando unos rasgos a la vez hermosos y perturbadores.
La cara era angular, escultural, de pómulos altos y mandíbula fuerte. Tenía los ojos cerrados, pero Alex podía ver el movimiento bajo los párpados, como si estuviera soñando. O como si estuviera esperando algo.
En las sienes, dos conectores circulares de material plateado se adherían a la piel, emitiendo un pulso tenue de luz sincronizado con el de las venas. Y en el pecho, justo sobre el corazón, una cicatriz pálida cruzaba de lado a lado, como si algo hubiera entrado y salido de él mucho antes de que lo pusieran allí.
Alex se quedó mirándolo durante lo que pareció una eternidad.
Luego se volvió hacia la segunda cápsula.
Dentro había una mujer. Y esta era más alta que el hombre.
Alex parpadeó, seguro de que sus ojos le estaban engañando. Pero no. La mujer que flotaba en la segunda cápsula era, sin duda, más alta. Quizá dos metros sesenta. Quizá más. Su cuerpo era esbelto y elegante, con una gracia visible incluso en la quietud del sueño criogénico.
Su piel era más pálida que la del hombre: un bronce dorado que rozaba el oro blanco. Las líneas de luz que recorrían su cuerpo eran doradas en lugar de azules, y pulsaban con un ritmo ligeramente más rápido, más urgente, como si su corazón latiera con más fuerza.
El cabello era blanco platino, largo hasta la cintura, y flotaba a su alrededor como un halo de luz solidificada. En la penumbra de la cueva, las puntas brillaban con un resplandor apenas perceptible, como si estuvieran hechas de algo que no era del todo cabello.
Sus rasgos eran severos, casi regios. Pómulos altísimos, nariz recta y fina, labios llenos pero definidos. Tenía los ojos cerrados, pero los párpados eran tan pálidos que Alex podía entrever el color que había debajo: violeta. Un violeta profundo, imposible, que no debería existir en ningún ser vivo.
En las sienes llevaba los mismos conectores plateados. En la muñeca izquierda, una marca que parecía un mapa estelar, con puntos de luz conectados por líneas finas. Algunos de esos puntos titilaban, como si estuvieran activos incluso en el sueño.
Y en su rostro había una expresión que Alex no supo interpretar.
No era paz.
No era sueño.
Era espera.
El niño retrocedió unos pasos.
Su mente trabajaba a toda velocidad, procesando lo que estaba viendo, intentando encontrar una explicación racional. No la había. No podía haberla. Aquellos seres no eran humanos. No eran de este mundo. Y, sin embargo, allí estaban, atrapados en dos cápsulas que parecían haber sido diseñadas para resistir la eternidad.
Miró su reloj.
Eran las 2:34 de la madrugada, hora de Verkan. Habían entrado en la cueva hacía casi 11 horas. Había pasado más tiempo del que pensaba.
No tenía tiempo.
No podía abrir las cápsulas. No sabía cómo hacerlo, no sabía qué pasaría si lo hacía, no sabía si los seres del interior eran peligrosos. No tenía equipo, no tenía apoyo, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Pero tampoco podía dejarlas allí.
Si las dejaba, posiblemente serían destruidas.
—Iris —llamó a su ayudante.
La androide se acercó.
—Dime.
—¿Descubriste el motivo por el que pudistes localizarlas?
—Sí —respondió Iris—. Al parecer, un volcán se formó alrededor de la nave. Hubo grietas que me permitieron detectar la energía residual y los sistemas.
—O sea que si las dejamos aquí es posible que, cuando volvamos, la nave haya sido destruida y los seres estén…
—Asados como un filete —terminó Iris.
—No.
Alex negó con la cabeza.
—No puedo permitirlo.
Metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta. Los dedos rozaron algo frío, metálico, pequeño. Un artilugio que había construido un año atrás: un bolsillo dimensional. Un artefacto que doblaba el espacio y creaba una burbuja de realidad donde el tiempo no pasaba y el espacio no importaba. La idea se la había dado el viejo manga de Doraemon que su padre le trajo de Japón, pero el resultado era muy real.