—Se han marchado —indicó Iris—. La última nave gris salió del sistema hace dos horas.
—Bueno, suelta ya. ¿Qué vas a hacer?
Alex permaneció callado unos minutos. Miró a Kael a los ojos.
—Quiero reunirme con el Consejo. Ya —ordenó el niño.
No dio más explicación. Kael esperó un segundo, como si esperara que llegara alguna, y al ver que no llegaba, decidió no preguntar. Titubeó, buscando con la mirada a uno de sus hombres. Un minuto después, con un movimiento de su cola, le ordenó que fuera a avisar. Este se puso a correr y salió de la aldea.
—Tardará un par de horas —exclamó Kael mientras buscaba a Nivi con la vista.
La niña estaba sentada tranquilamente, tomando un buen tazón de sopa de verduras y un pez de los ríos del planeta. Verla tan serena le indicaba que confiaba en Alex: algo raro para un verkan. Confiar en alguien de fuera del planeta, tras trescientos años de ocupación, significaba la muerte.
Las horas se estiraron despacio. El sol se movió un trecho corto en el cielo, y en ese tiempo nadie en la aldea volvió a mencionar al niño ni al Consejo, aunque todos parecían tenerlo presente: en las miradas que se cruzaban entre ellos, en el silencio que se hacía más denso cada vez que alguien pasaba cerca de la Quimera.
Alex aprovechó la espera para trabajar dentro del laboratorio de la nave. Iris se le acercó por detrás. El niño giró la cabeza y la miró de reojo.
—¿Puedo saber qué planeas o tendré que esperar hasta Navidades?
Alex rio.
—No, no tendrás que esperar tanto.
Activó la pantalla. En ella aparecieron las imágenes de un satélite en órbita sobre el planeta.
—Mientras no tenga fuerzas para establecer un sistema de defensa alrededor del planeta, este satélite valdrá.
Apretó un botón. El satélite desplegó un enjambre de satélites más pequeños que formaron un escudo alrededor de Verkan. Afuera, el cielo comenzó a oscurecerse poco a poco hasta que la luz solar se redujo al mínimo.
Los verkanos se inquietaron ante la penumbra. Algunos cayeron de rodillas y se pusieron a rezar, con las manos alzadas hacia un cielo que ya no reconocían. Otros se tapaban los ojos con terror, y hubo quien llamó a gritos a sus crías para tenerlas cerca. Kael, desde donde estaba, no se movió; solo miró hacia arriba, como tratando de decidir si aquello era una amenaza o una promesa.
Alex volvió a pulsar el botón. El escudo se replegó y la luz solar regresó poco a poco al planeta, y con ella, poco a poco también, los verkanos se fueron levantando del suelo.
Iris se quedó fija en las pantallas, sin decir nada durante un momento largo.
—¿Meritio? —dijo por fin—. Es el metal más duro de la tabla periódica de la Alianza. Según la fuente de datos que nos dieron, es muy difícil de manejar y moldear…
Se detuvo ahí, como si necesitara asegurarse de que la frase siguiente fuera exacta.
—Y tú lo manipulas como si fuera plastilina.
Alex suspiró.
—También he dejado otra cosa además de este escudo.
—¿Otro regalo? —preguntó Iris, arqueando una ceja.
—Sí. Un sistema de detección que me avisará en la Tierra si alguna nave o flota no identificada, o gris, entra en el sistema.
—Espera —le dijo Iris, volviendo a mirar la pantalla—. Alex, ¿qué tipo de tecnologías puedes crear? Estoy viendo estos datos y me cuesta comprenderlos. Creación de sondas a partir de un átomo… y esto. Sé que el estado de fase existe porque la Quimera lo tiene equipado, pero nunca había visto tanta precisión.
—Esto es imposible —exclamó—. Si las sondas detectan que van a chocar contra un asteroide, pueden pasar a fase en veinte tiempos de Planck. Eso solo podría crearlo una civilización de tipo IV en la escala de Kardashev. Ese intervalo es el más pequeño que existe.
Iris se quedó mirando al niño en silencio, un silencio distinto al de siempre.
Alex se disponía a responderle cuando Nivi entró en la nave.
—El Consejo está aquí.
Alex se quedó quieto un instante. Fue solo un segundo, pero Iris lo notó: algo en su expresión cambió, algo que llevaba conteniendo desde que había dado la orden de reunirse con ellos.
Dejó lo que estaba haciendo y salió afuera, seguido por la niña e Iris.
—¿Dónde están? —preguntó a la niña.
—En el edificio principal —respondió Nivi, señalando con el brazo la dirección.
El aire dentro del edificio principal era denso, cargado de madera húmeda y del rastro amargo de especias quemadas. El Consejo de los verkanos —seis felinos ancianos de pelaje cano y miradas gastadas— aguardaba en semicírculo. A su lado, Kael permanecía en pie, con las orejas pegadas al cráneo.
Cuando Alex e Iris cruzaron el umbral, un murmullo sordo recorrió la sala. La anciana que presidía el centro dio un paso al frente. El pelaje de su lomo se erizó y su cola dio un latigazo seco contra el suelo.
—Así que aquí está el nuevo Noat —dijo con voz raspada.
—No me gusta que me llaméis así —interrumpió Alex de inmediato, frunciendo el ceño—. Ni a mí ni a Iris. No somos vuestros amos. Nos llamamos Alex e Iris.
—Y no venimos a imponer nada —añadió Iris, alzando la voz para que resonara en la estancia—. Las naves grises se han ido. El planeta es libre.
Un rugido ahogado de incredulidad recorrió al grupo. Otro de los consejeros, un verkan alto con una cicatriz cruzándole la boca, enseñó los colmillos y sacudió las orejas.
—¿Libres? Tres siglos de esclavitud no se borran porque un cachorro humano apriete un botón. Los grises volverán. Y si no son ellos, seréis vosotros. Un Noat se va, otro ocupa su lugar. Es la única ley que conocemos.
—No hay más Noat —replicó Alex con firmeza, dando un paso adelante. Las orejas de todos los presentes se orientaron hacia él, detectando el cambio en su tono—. He instalado un escudo de defensa y un sistema de detección alrededor de Verkan. Si los grises o cualquier otra flota intenta cruzar el sistema, la red los neutralizará antes de que rocen la atmósfera. No volverán a tocaros. Jamás.