Ecos del abismo

23

El estruendo del salto fásico se disipó en un zumbido sordo. La Quimera emergió de la curvatura justo frente al disco azul y blanco de la Tierra.
Alex observaba los paneles táctiles con la espalda apoyada contra el respaldo del asiento de mando.
—Buen salto —dijo Iris desde la consola lateral, sin levantar la vista de las lecturas de trayectoria.
Alex sonrió.
—Es fácil cuando le coges el truco.
Iris revisó las coordenadas orbitales y arqueó una ceja antes de volverse hacia su compañero.
—¿Iniciamos el aterrizaje?
—Sí. Te dejo esto último a ti.
Iris comenzó a teclear la secuencia para programar un descenso suave sobre la Península Ibérica, pero a mitad del proceso los parámetros de masa del sector inferior parpadearon en ámbar. Sus dedos se detuvieron sobre el panel.
—¿Qué...?
—¿Pasa algo?
—Hay movimiento en la zona de carga.
Pulseó varias secuencias y activó la transmisión en directo de las cámaras secundarias de la bodega. La imagen cargó sobre una fila de contenedores de suministros.
—¡Qué mierda! —gritó Iris.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos un polizón. Un polizón verkano.
—¿Qué? —Alex se incorporó de golpe.
Iris señaló la pantalla, donde una cola peluda y naranja asomaba entre dos cajas metálicas.
—Es Nivi. Se cree que no la veo. Maldita mocosa... Voy a por ella. No te muevas del puente y vigila los sensores.
Sin esperar respuesta, Iris cruzó la escotilla sellada y recorrió a paso firme el pasillo metálico hasta el sector de almacenamiento. Se detuvo justo detrás de las cajas donde Nivi se escondía.
—Eeee, mocosa. Ponte de pie, te estoy viendo.
Detrás de la estructura metálica, una figura diminuta se incorporó despacio. La niña verkana se puso en pie con las orejas gatunas gachas y la cola naranja apretada contra las piernas.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
Nivi no respondió. Se encogió sobre sí misma, como si pudiera hacerse más pequeña.
—La vas a asustar, Iris —dijo la voz de Alex a sus espaldas.
Iris se giró hacia él y puso los ojos en blanco.
—Te he dicho que no te movieras del puente.
—Tenía ganas de ver esto. —Alex se encogió de hombros.
—Maldito mocoso... Aunque estemos en la órbita de la Tierra, esto sigue siendo el espacio, y aquí el peligro no avisa.
—Tranquila. —Alex levantó las manos en señal de paz—. He puesto el piloto automático.
—¿Y? —Iris alzó la voz—. ¡Hay que vigilar los sensores y los demás sistemas!
Antes de que Alex pudiera replicar, un temblor sacudió la estructura del casco. El metal crujió y los paneles luminosos del pasillo parpadearon en rojo.
—¿Q-qué ha sido eso? —Alex perdió el equilibrio y se agarró a una caja.
—¡Algo nos ha impactado! —Iris se aferró al borde de un contenedor. El suelo se inclinó bajo sus pies y sus cuerpos se deslizaron hacia un lado—. Mierda... Nos estamos moviendo. ¡Al puente!
Alex la miró sin moverse. Iris lo agarró del brazo y tiró de él hacia la puerta. Alex y Nivi la siguieron tan rápido como les permitían las sacudidas de la nave. A mitad del pasillo, un rugido grave empezó a subir por el casco y las paredes vibraron bajo sus manos.
Al atravesar la escotilla del puente, las alarmas sonaban a todo volumen. Los sensores de babor mostraban un fragmento rocoso incrustado en el flanco: lo que quedaba de un asteroide que había cruzado su órbita sin que nadie lo vigilara. El impacto los había sacado de su trayectoria, y tras la cristalera principal la Quimera caía sin control envuelta en una estela de fuego. La Tierra ya no era un disco: llenaba el cristal entero. Iris se lanzó al asiento del piloto y aferró los mandos con las dos manos, con los nudillos blancos. Alex se agarró al respaldo. Nivi se pegó a su pierna.
Iris tiró de la palanca principal hacia atrás con todas sus fuerzas, pero los mandos vibraban de forma salvaje. Las alarmas de proximidad y reentrada atmosférica se solapaban en un chillido que inundaba la cabina.
—¡Sentaos y abrochaos los cinturones! —ordenó Iris sin apartar la mirada del cristal panorámico, que ya empezaba a teñirse de naranja—. ¡Ahora mismo, los dos!
Alex no protestó. Cogió a Nivi en brazos, la llevó hasta el asiento del copiloto y le abrochó el cinturón de un tirón antes de ajustarse el suyo en el asiento contiguo. La pequeña verkana temblaba, con las orejas pegadas a la cabeza y los ojos fijos en la bola de fuego en la que se había convertido el exterior de la nave.
La Quimera había entrado en la atmósfera con un ángulo demasiado pronunciado. El rozamiento a velocidad hipersónica convertía el aire ionizado en plasma alrededor del casco. Las placas térmicas del vientre gemían bajo la presión mientras los retrocohetes chirriaban intentando frenar la caída.
—¡I-Iris, la fricción nos va a desintegrar! —chilló Alex, clavando los dedos en los reposabrazos mientras la nave caía en barrena.
—Cállate y déjame trabajar —cortó Iris.
Los monitores parpadeaban en rojo crítico. La turbulencia era infernal y la vista se les nublaba con cada sacudida. A través de la marea de fuego, las nubes se abrieron y mostraron la superficie terrestre acercándose a una velocidad suicida: masas verdes, montañas oscuras, el reflejo metálico de los ríos.
—Ángulo de ataque a cuarenta y cinco grados... —masculló Iris, peleando contra la masa inerte de la nave—. ¡Vamos, Quimera, responde!
Con un movimiento preciso, Iris desactivó el estabilizador central, colapsado, y pasó los retrocohetes a control manual. Golpeó la secuencia de purga de combustible secundario.
Un estallido amortiguado resonó en la popa. La Quimera dio una sacudida que casi le disloca los hombros a Iris, pero la proa se elevó. El plasma comenzó a disiparse, sustituido por el estruendo supersónico del aire contra el casco a menor altitud.
—¡Lo tengo! —exclamó Iris, sudando y con los músculos en tensión—. Frenado aerodinámico completado. Entrando en espacio aéreo inferior.
A escasos kilómetros del suelo, el fuselaje dejó de brillar. Iris activó el protocolo de baja firma térmica y tecleó la secuencia de invisibilidad. Un velo óptico recorrió el exterior del casco, refractando la luz y mimetizando la Quimera con el cielo gris de la mañana. Para cualquier radar o cualquier ojo humano, la nave se evaporó en el aire.
Iris planeó en silencio sobre las cordilleras boscosas y descendió buscando una zona ciega. Desplegó los patines de aterrizaje sobre un claro húmedo, a pocos metros de la orilla de un ancho río que serpenteaba entre la vegetación.
La Quimera tocó tierra con un sordo impacto metálico que levantó una nube de barro y hojas secas. Los motores se apagaron con un gemido hasta que solo quedó el zumbido de los sistemas auxiliares y el aire acondicionado combatiendo el sobrecalentamiento.
Un silencio denso cayó sobre el puente.
Iris soltó los mandos. Le temblaban las manos. Se dejó caer contra el respaldo, respirando con dificultad, y se limpió la frente con el antebrazo.
—Aterrizaje completado... —musitó con la voz ronca.
Alex soltó una larga bocanada de aire y miró por la ventana. La bruma matutina cubría el cauce del río.
—Eso... ha estado demasiado cerca —dijo, girándose para comprobar que Nivi estaba a salvo.
La pequeña verkana abrió despacio los ojos y soltó un gemido.
Iris se desabrochó el cinturón, se puso en pie y caminó despacio hacia Alex y Nivi. Se cruzó de brazos y los miró a los dos.
—Ahora —dijo— vamos a hablar muy seriamente de lo que acaba de pasar.
—Te dije que no te movieras del puente, pero tú siempre haces lo que te da la gana —dijo Iris, clavando en Alex una mirada fría.
Alex abrió la boca para justificarse, pero Iris no le dio tregua.
—Si lo que me dijiste sobre crear una organización que proteja la Tierra es cierto, lo primero que deberías hacer es madurar —continuó la androide—. Si quieres crear esa Unión Terrestre, tendrás a tu cargo la vida de 4600 millones de personas y la de los mundos que estén bajo tu custodia. Un líder no abandona su puesto de mando en mitad de una maniobra. Un asteroide nos ha sacado de órbita porque nadie estaba mirando los sensores.
Alex no dijo nada. Bajó la cabeza.
Iris se giró entonces hacia la pequeña verkana.
—¡Y tú! —gritó en verkano.
Nivi dio un brinco.
—¿Sabes lo que le acabas de hacer a tu tío? ¡El pobre estará buscándote por todo el planeta, y la niñita gato metiéndose de polizón en una nave estelar!
Nivi, igual que Alex, no dijo nada y agachó la cabeza. Ocultó su cola anaranjada entre los pies y encogió las orejas de gato.
Iris resopló, dio media vuelta y salió del puente a pasos agigantados. Abrió la compuerta central de salida y bajó de la nave.
Nivi y Alex permanecieron varios minutos en el interior, sin decir palabra. Finalmente, tragaron saliva y salieron detrás de Iris. Al pisar el barro del exterior, se acercaron a la androide, que observaba el entorno arbolado.
—Lo siento —dijo Alex en voz baja—. Te prometo que cambiaré.
Iris suspiró. Su gesto se suavizó un poco. Pulsó un botón en su comunicador de pulsera y un mapa holográfico tridimensional se desplegó sobre su brazo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Alex, intentando orientarse.
—En el lado chino del río Yalu, la frontera entre Corea del Norte y China —respondió Iris mientras examinaba las lecturas topográficas—. El asteroide nos desvió unos nueve mil kilómetros de la ruta hacia la Península Ibérica. Será mejor que revise la nave. Cuanto antes nos marchemos de aquí, mejor.
Iris se dirigió de nuevo hacia la rampa de la Quimera, pero algo que Nivi estaba haciendo llamó su atención. Iris conocía bien los gestos de la especie; los había observado durante todo el tiempo que estuvieron en el planeta Verkan.
Nivi olfateaba el aire con insistencia, moviendo la nariz y la cabeza de un lado a otro como si buscara algo. La gran mayoría de las veces que un verkano hacía eso en su mundo natal, suponía peligro. Suponía muerte.
—Narcot —gritó de repente la niña gato.
—¿Qué pasa? —le preguntó Iris.
—Nut ares tar —respondió la pequeña en verkano, señalando con la mano hacia la densa vegetación que bordeaba la orilla.
Iris entornó los ojos y miró a su alrededor con cautela.
—¿Sor nir cark? —inquirió la androide.
Alex, que no llevaba su traductor universal activado, miraba a una y a otra sin comprender nada.
—¿Qué pasa? —preguntó intrigado.
—Nivi detecta algo. Su olfato es mucho más sensible que el nuestro —explicó Iris sin apartar la vista de la maleza—. Dice que hay hormonas como las tuyas a unos 500 metros de aquí. Los verkanos distinguen una especie de otra por el olor de sus hormonas... Y ha detectado tres.
Nivi volvió a olfatear y arrugó la nariz.
—Sog marc —gritó la pequeña verkana.
—Dice que el olor de dos de ellos indica que están muertos... y que el tercero sigue vivo, pero le queda poco tiempo —tradujo Iris.
Antes de que la androide pudiera añadir nada más, Alex echó a correr a toda velocidad hacia la zona que la pequeña verkana había señalado.
—¡Alex, espera! —llamó Iris, echando a andar tras él junto con Nivi.
Alex se adentró entre los matorrales espesos y húmedos cerca del cauce del río. En un rincón escondido entre la maleza, ocultos de la vista desde la orilla, encontró dos cuerpos sin vida tendidos sobre la tierra mojada.
—Refugiados norcoreanos —indicó Iris al llegar a su lado y analizar los restos.
Eran un hombre y una mujer de rostros demacrados y ropas desgastadas. El hombre presentaba dos impactos de bala en la espalda; la mujer, recostada a su lado, había muerto por hipotermia y agotamiento extremo, sin signos de disparos en su cuerpo.
De pronto, un tenue y ahogado sonido —un débil jadeo— se escuchó entre unos matorrales junto a la mujer.
Alex se arrodilló de inmediato y apartó las hierbas con cuidado. Envuelto en una manta raída y húmeda, yacía un bebé de pocos meses. Su piel estaba pálida, sus labios azulados y apenas le quedaban fuerzas para llorar. Su respiración era tan débil que parecía a punto de apagarse en cualquier momento.
—¡Está viva! —exclamó Alex, tomándola entre sus brazos con delicadeza pero con firmeza—. ¡Iris, rápido! ¡Se nos muere!
Sin perder un segundo, los tres corrieron de vuelta a la Quimera. Alex cruzó la compuerta de acceso y llevó a la pequeña directo a la enfermería de la nave. La colocó en la cápsula de curación acelerada. Los monitores biológicos se encendieron, escanearon el pequeño cuerpo y comenzaron a administrar suero, calor y oxígeno para revertir la hipotermia y la desnutrición.
En la pantalla, la línea del pulso tembló y se sostuvo.




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