Ecos del abismo

24

Las pantallas de soporte vital de la unidad médica comenzaron a parpadear en rojo. Un pitido intermitente y acelerado inundó la enfermería. La frecuencia cardíaca del bebé caía en picado y la saturación de oxígeno bajaba con ella.

—¡No, no, no! —exclamó Alex, tecleando a toda prisa en el panel de control de la cápsula.

Ajustó la dosis de calor térmico, incrementó el flujo de oxígeno y aplicó estimulantes celulares, pero los monitores no respondían. El pequeño cuerpo no retenía el tratamiento; la hipotermia extrema y el fallo multiorgánico la estaban consumiendo.

A su lado, Nivi observaba la escena con los ojos muy abiertos y las orejas gachas. Mientras tanto, en la sección de máquinas, Iris continuaba revisando los paneles de la Quimera, evaluando los daños del impacto y soldando los circuitos afectados.

Alex se pasó las manos por el pelo y las dejó ahí, apretadas contra la nuca.

De pronto, Nivi metió la mano en uno de sus pequeños bolsillos y sacó un objeto cilíndrico que brilló bajo la luz fluorescente. Era una de las ampollas con el compuesto genético refinado que Alex había utilizado en Verkan para curar la enfermedad transmitida por los grises. Nivi se la extendió en silencio.

Alex miró la ampolla en la palma de la niña gato. Aquello no era más que un derivado sintetizado de su propia sangre. Si el compuesto refinado había curado a todo un planeta, su sangre original, sin diluir, tenía que ser mucho más potente.

Sin perder un segundo, abrió uno de los cajones metálicos y extrajo una jeringa. Se clavó la aguja en la vena del brazo. Nivi dio un paso atrás y lo miró con los ojos muy abiertos mientras un líquido azul brillante llenaba el tubo de cristal.

Alex apartó la ampolla y conectó la jeringa directamente a la vía del suero del bebé. Inyectó su sangre azul sin diluir y la dejó fluir por el frágil cuerpo de la niña.

—Solo queda esperar —murmuró con un hilo de voz. Le flaqueaban las rodillas y apoyó las manos sobre el cristal del escáner.

En ese instante, un suave zumbido recorrió la nave. El suelo vibró cuando la Quimera despegó y comenzó a elevarse. La voz de Iris resonó limpia a través del altavoz interno de la enfermería:

—He puesto rumbo a España. ¿Qué tal nuestra nueva pasajera?

Alex no contestó de inmediato. Tenía la vista clavada en las pantallas. Los indicadores rojos pasaron a amarillo y, poco a poco, a un verde constante. La respiración del bebé se volvió regular y profunda, y la piel recuperó el color.

—Está bien. Se recuperará —respondió por fin.

—Ok. Desviaré la nave para dejarla en un orfanato en Corea del Sur —indicó Iris por el altavoz—. Solo tardaremos dos horas.

—No.

—¿Qué? —gritó Iris.

—Ya tenemos suficientes problemas con la gata polizón para sumar ahora a un bebé —continuó Iris, elevando el tono.

—Yeon-seo —dijo Alex—. Se llama Yeon-seo Ortega, no «bebé».

—No me digas... ¿Has decidido que tus padres la adopten como tu hermanita menor? —preguntó Iris con sarcasmo—. ¿Pero tú estás loco o qué, maldito mocoso? ¿Cómo vas a explicarle a tus padres que has conseguido una hermanita coreana? Tendrías que contarles todo lo que les ocultas.

Alex permaneció en silencio un segundo antes de responder con calma:

—No he dicho nada de que sea mi hermanita. Será mi hija.

El silencio al otro lado del altavoz duró dos segundos.

—¡¿QUÉEEEE?! —El altavoz distorsionó el grito y Nivi dio un brinco y se tapó las orejas.

—Mocoso mimado, ¡no puedes adoptar a una niña de pocos meses! ¡Solo tienes 8 años!

Alex suspiró y miró el rostro de la bebé dentro de la cápsula.

—Iris, te prometí que maduraría y lo pienso cumplir. Pero he visto el futuro de esta niña y tiene que ser mi hija para que se cumpla.

—¿Ahora eres adivino? —inquirió Iris, con sarcasmo.

—No —contestó Alex—. Lo he visto de verdad. No sé cómo explicártelo, pero al tocarla he visto su futuro... al igual que el de Nivi, que también se queda con nosotros.

Al otro lado de la línea, se oyó un largo suspiro de la androide.

—La verdad, Alex... el sentido común me dice que estás loco, pero algo dentro de mi programación me dice que confíe en ti. Haz lo que quieras. Llegaremos a los Picos de Europa en tres horas.

El altavoz se apagó con un chasquido y solo quedó el latido suave del monitor médico.

******

La Quimera descendió sobre las cumbres escarpadas de los Picos de Europa. Sin romper el silencio de la montaña, la nave activó su sistema de desfase cuántico: las moléculas del casco vibraron en una frecuencia alternativa y la nave atravesó la roca de la ladera como si fuera aire, adentrándose en el vasto complejo subterráneo de la base secreta de Alex.

Los tres bajaron por la rampa de desembarco. Nivi miraba a su alrededor, fascinada por las dimensiones de la cueva tecnológica, mientras Iris acomodaba a la pequeña en la unidad de transporte médico portátil.

—Estarás con ganas de ver a tus padres —dijo Iris, girándose hacia el niño—. Hace dos meses que no los ves.

—Sí, tengo unas ganas enormes de abrazarlos —reconoció Alex con una sonrisa.

—Entonces ve, mocoso. Yo me encargo de la gata y la bebé.

Alex la miró con una ceja alzada.

—Vale, vale... de Yeon-seo —corrigió Iris, rodando los ojos.

Alex echó a andar a paso ligero por los pasillos de metal y luz tenue que conducían al elevador de salida. La base conectaba con las afueras de su pueblo.

—¡Eeee, mocoso! —la voz de Iris resonó de pronto en el pinganillo de su oreja.

—Dime.

—Que no se te olvide desconectar a tu doble antes de que tus padres te vean. Si no, la vas a pasar canutas explicando por qué hay dos Alex.

El niño se detuvo en seco al borde del camino de tierra que llevaba a su casa. Se dio un golpe en la frente.

—Cierto.

Pulsó el micro-comunicador de su muñeca y envió la frecuencia de apagado.

En el segundo piso de la casa familiar, el androide idéntico a Alex que lo había estado reemplazando estaba sentado frente al escritorio, fingiendo redactar una redacción de clase. Al recibir la señal, los fotorreceptores de sus ojos se apagaron. El cuerpo sintético comenzó a desmaterializarse desde las extremidades hacia el centro: la piel biomimética y la microfibra se disolvieron en un fino polvo de luz azulina que el núcleo reabsorbió. Un segundo después, con un leve chasquido metálico, sobre la mesa de madera solo cayó el pequeño disco central que albergaba la inteligencia artificial y el generador de masa.




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