Los dos adversarios se miraban fijamente, desafiándose con la mirada sin parpadear. El aire entre ellos vibraba con una enorme tensión, cargado de un olor metálico a ozono y sangre anticipada. El Orión esbozó una sonrisa cargada de desprecio mientras sus labios pálidos se curvaban con un siseo apenas audible.
—¿De verdad esperas poder acabar conmigo, esclavo? —pronunció con una voz grave y serena—.
Durante la Gran Purga, para cazar a uno solo de los nuestros hacían falta seis de los vuestros. Vamos, despojo… inténtalo. Trata de matarme.
Alera tensó sus músculos con un zumbido bajo de sus servomotores; el calor de sus circuitos internos irradiaba a través de su piel sintética. Estaba lista para lanzarse, pero Grov alzó una mano escamosa y la detuvo en seco; el roce de sus garras contra el aire produjo un chasquido seco.
—No intervengas —ordenó con firmeza, mientras su voz ronca retumbaba en el pecho como un trueno lejano—. Este es mío. Solo mío.
La androide retrocedió un paso, aunque sus ojos brillaban con inquietud y el leve aroma a lubricante caliente emanaba de sus articulaciones.
—¿Estás seguro? Parece poderoso. Muy peligroso —susurró, percibiendo en el aire la energía opresiva que exudaba el Orión, un hedor sutil a antimateria y arrogancia anticipada.
—Lo estoy —respondió Grov. Acto seguido, soltó un gruñido profundo que retumbó en el suelo y hizo vibrar los cristales rotos a su alrededor, y se abalanzó sobre el Orión con toda su furia; el viento de su salto azotó el polvo y los escombros.
El ser esquivó los primeros golpes con una facilidad insultante; sus movimientos dejaban estelas de aire frío. Alera y Ha-eun observaban en silencio, conteniendo el aliento; el corazón de Ha-eun latía tan fuerte que lo sentía en las sienes, mientras el aroma acre del miedo humano se mezclaba con el olor a metal quemado del entorno.
El draconarii se detuvo jadeando. Mientras su aliento caliente salía en bocanadas visibles, había liberado todo su poder en aquel ataque inicial y, aun así, no había logrado tocarlo. Ni un rasguño. El sudor escamoso perlaba su piel, evaporándose con un leve siseo.
El Orión soltó una carcajada fría que resonó como cristales rompiéndose.
—Vamos, gran guerrero. Muéstrame lo que tienes de verdad.
Grov cargó de nuevo, mientras sus pisadas hacían temblar el suelo. El Orión siguió eludiendo los golpes como si bailara; el roce de su ropa alienígena producía un susurro sedoso.
El draconarii insistió una tercera vez, pero en esta ocasión la respuesta fue distinta: una mano fría como el vacío se cerró alrededor de su cuello con fuerza implacable; el tacto helado quemaba como hielo seco.
De pronto, sin explicación aparente, el cuerpo de Grov comenzó a encogerse hasta recuperar su tamaño más pequeño e indefenso; sus huesos crujían en un coro doloroso.
El Orión lo sostenía en alto, inmovilizado. Grov pataleaba furiosamente y sus garras arañaban el aire sin encontrar blanco.
Al ver la escena, una ira ciega invadió a Alera; el sobrecalentamiento de sus procesadores hizo que un leve humo saliera de sus ventilaciones mientras daba un salto prodigioso; el impulso levantó una nube de polvo. El Orión, sin inmutarse, extendió la otra mano y la atrapó también por el cuello, usando sus dedos como tenazas de acero frío.
—¿Esto es todo vuestro poder? —preguntó con sarcasmo, mientras su aliento exhalaba un olor extraño, como a estrellas muertas—.
Patéticos. Sois seres patéticos, buenos solo para servir y ser desechados.
Ha-eun contemplaba la escena aterrorizada, abrazando con fuerza a la niña; el calor del pequeño cuerpo contra su pecho era lo único que la anclaba, mientras el olor a sangre y miedo inundaba el aire.
El ser apretó más fuerte. Grov y Alera empezaron a perder el aliento; el crujido de sus gargantas era audible, y su muerte parecía inminente, acompañada del hedor creciente a fluidos corporales.
—Maldita tostadora con patas… —logró articular Grov con voz ronca y entrecortada—. Te dije que te largaras con la mujer y la niña. Al menos… las habrías salvado.
—¿Y dejarte a ti toda la diversión, bolso con escamas? —respondió Alera, forzando una risa desafiante que sonó como un chisporroteo electrónico.
El Orión rugió con furia; el grito hizo vibrar las paredes y agrietar el suelo cercano.
—¡Estáis a punto de morir y aún os burláis!
Aumentó la presión. Sus uñas afiladas comenzaron a perforar la piel blindada del draconarii y la dermis sintética de la androide, produciendo un siseo húmedo.
La sangre verde oscura y los fluidos sintéticos empezaron a brotar, cálidos y viscosos, salpicando el suelo con un olor metálico intenso.
Todo parecía perdido.
Pero entonces ocurrió algo imposible.
Las garras del Orión se apartaron lentamente de sus presas, como si una fuerza invisible las repeliera con un zumbido bajo y vibrante.
El ser intentó apretar de nuevo, pero no pudo. De pronto, sus dedos empezaron a quebrarse uno tras otro con crujidos secos y húmedos que resonaron como ramas rompiéndose.
Grov y Alera cayeron al suelo entre fragmentos óseos mientras el Orión aullaba de dolor, un grito agudo y gutural que perforaba los oídos.
Sin previo aviso, ambos brazos del ser se desgarraron de cuajo con un sonido húmedo y carnoso, revelando huesos astillados, músculos desgarrados y una sangre verde oscura, casi negra, que salpicaba el suelo con un olor acre y alienígena.
Nadie entendía qué había sucedido. Estaban a un segundo de la muerte… y ahora el todopoderoso Orión se retorcía mutilado, mientras el hedor de su sangre impregnaba el aire como un veneno.
Una voz resonó entonces en las mentes de todos: serena, infantil y adulta al mismo tiempo, cálida como una caricia pero firme como el acero.
—Márchate, abuelo. Si vuelves a intentar lastimarlos, juro que te mataré.
El Orión, entre jadeos de dolor que olían a ozono quemado, alzó la cabeza.