Allí estaba otra vez. Esa sensación punzante de que alguien la observaba. Desde su entrada por la mañana en VXN News, Lena había sentido unos ojos clavados en su nuca, como si la estuvieran diseccionando desde las sombras de la redacción.
De vez en cuando levantaba la vista, escudriñando el mar de monitores y cabezas inclinadas. Nada. Solo el zumbido habitual de teclados, llamadas y murmullos. Imaginaciones mías, se repetía, frotándose las sienes.
Entonces, una sombra se plantó frente a su mesa. Enfrente estaba Evelyn, su jefa, con los brazos cruzados y una expresión que no admitía demoras.
—Lena. Tenemos que hablar. Ahora. Ven conmigo.
Cruzaron la redacción en silencio. Al entrar en el despacho, Lena se detuvo en seco. Marcus estaba allí, sentado en uno de los sillones de cuero negro, con las manos entrelazadas y una media sonrisa que no llegaba a sus ojos. Evelyn cerró la puerta con un clic que sonó como un candado.
—Siéntate —dijo Evelyn, señalando la silla frente al escritorio.
Lena obedeció, sintiendo un pulso en las sienes.
Evelyn se apoyó en el borde de la mesa, cruzando los brazos.
—Voy a ser directa. ¿Tu hermana trabaja para la Unión?
Lena se quedó helada. El aire del despacho parecía espesarse.
—¿Perdón? No sé de qué…
—No me hagas perder el tiempo —cortó Evelyn, inclinándose hacia adelante—. Lo oí todo, Lena. Sé que tu gemela está metida hasta el cuello con ellos. Y que tú lo sabes desde hace años.
Marcus se inclinó ligeramente, observándola con atención clínica.
—Tranquila —dijo él en voz baja, casi paternal—. Nadie va a denunciar a tu hermana. Ni a ti. Eres la cara de VXN. Nuestra estrella. Pero necesitamos la verdad.
Lena cerró los ojos un segundo, respirando hondo. No había salida.
—¿Qué quieren exactamente?
—Todo —respondió Evelyn, tajante—. Desde el principio.
Lena exhaló despacio.
—Todo empezó en 2005. Teníamos quince años. Sofía y yo explorábamos los alrededores de Estes Park, Colorado. Papá era ranger en las Montañas Rocosas; desaparecía semanas enteras en patrulla. Nosotras teníamos el parque como patio trasero: el lago Estes brillando al sol, casitas de madera, y esas cumbres dentadas que parecían imposibles.
»Nos encantaba perdernos. Seguíamos senderos prohibidos, puentes medio derruidos, zonas con carteles de “Peligro – Zona inestable”.
Una tarde de agosto, después de una tormenta que dejó todo oliendo a pino mojado y ozono, encontramos un desvío oculto bajo helechos.
Marcus alzó una ceja, intrigado.
—¿Y lo siguieron?
Sí, encontramos una puerta enorme metálica cerrada con candados.
—Sofía nunca duda —sonrió Lena con amargura—. Sacó una ganzúa que tenía guardada. Había aprendido en YouTube. Cinco minutos y entramos.
Evelyn se cruzó de brazos conteniendo la impaciencia.
—Era un búnker. Al principio pequeño: paredes de cemento gris, estanterías vacías, cables colgando como venas muertas. Mapas antiguos sobre una mesa. Parecía militar abandonado. Pero el túnel bajaba y bajaba… y se volvía enorme.
Marcus se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes.
—¿Qué encontraron?
—Algo que no debería existir. —Lena tragó saliva—. Apareció de pronto. Una figura alta, escamosa, con garras como cuchillas. En esa época no lo sabíamos, pero era un draconarii.
Evelyn soltó un bufido incrédulo, pero sus ojos decían otra cosa: fascinación.
—¿Un… reptiliano?
—Sofía se puso delante de mí. La criatura le amputó el brazo derecho de un zarpazo. La sangre… salpicó las paredes.
Cuando la criatura iba a rematarla, un rayo azul la alcanzó y la redujo a cenizas. Había humo y olor a carne quemada.
Marcus se pasó una mano por la barbilla, visiblemente impresionado.
—Joder…
—Entonces aparecieron ellos. Hombres con armaduras futuristas. Una mujer se arrodilló junto a Sofía. Sacó una jeringa con líquido azul brillante. Se la inyectó. La hemorragia paró al instante. Y el brazo… se regeneró en minutos, como si nunca hubiera pasado.
Evelyn se enderezó de golpe con los ojos abiertos de par en par.
—¿Regeneración? ¿Tecnología de ese nivel?
Lena asintió.
—La mujer se quitó el casco. Era Mara.
Marcus soltó una risa corta, incrédula.
—Espera. ¿Mara? ¿La misma que defendió Rapid City y salvó a la presidenta Elizabeth en directo?
—Sí. La misma.
Evelyn se pasó las manos por el pelo, procesando.
—¿Y cómo demonios acabó tu hermana trabajando para ellos?
—Sofía es… intensa. Sin miedo. Mara nos explicó la guerra: Alex, el fundador de la Unión, obtuvo el control legal de la Tierra y veinte planetas más en 1983. Pero los draconarii y los grises no lo aceptaron. Así que la Unión se ocultó y empezó la guerra en las sombras.
Marcus intercambió una mirada con Evelyn. Ella asintió lentamente, como tomando una decisión.
—Sofía pidió unirse. Yo… elegí otro camino. El micrófono, las cámaras, la vida normal.
Se formó un silencio pesado. Evelyn se apartó del escritorio y caminó un par de pasos, pensando.
—Y ahora nosotros sabemos —murmuró—. Y tú sigues en antena cada noche, vendiendo la versión oficial de la Unión al mundo.
Marcus se levantó, colocándose al lado de Lena.
—¿Qué más sabes, Lena? ¿Sofía te ha contado algo reciente? ¿Algo que esté pasando ahora?
Lena los miró a ambos mientras el corazón le latía con fuerza.
—¿Por qué lo preguntan?
Evelyn se detuvo frente a ella y con voz baja pero firme habló.
—Porque si lo que dices es cierto… la guerra ya no es tan secreta. Y VXN podría estar en el centro de la próxima filtración. O del próximo ataque.
Marcus añadió, casi en un susurro:
—Y tú, Lena, podrías ser la clave para que salgamos vivos de esto… o para que todo se vaya al infierno.
Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué quieren que haga?
Evelyn sonrió por primera vez, pero era una sonrisa amable.