El motor del coche aún crepitaba cuando se detuvo frente a la casona. Elena no bajó de inmediato. Se quedó mirando el volante con los nudillos blancos, como si el simple acto de abrir la puerta fuera a romper algo irreparable.
Unos golpes secos en el cristal la sacaron del trance.
—¿Elena? ¿Eres tú?
Abrió la puerta.
El aire frío de la noche le golpeó la cara.
—Elora —dijo, casi en un susurro.
La joven se acercó con pasos rápidos y le plantó dos besos en las mejillas. Elena respondió con los suyos, pero sus labios apenas rozaron la piel.
—¿Qué hace aquí la gran almirante en persona? —preguntó Elora, intentando sonar ligera.
Elena la miró a los ojos. No había espacio para rodeos.
—Tenemos que hablar. Ahora.
El rostro de Elora se endureció al instante.
—¿Noemí? —preguntó, con la voz quebrada.
—Dentro —dijo Elena, y le puso una mano firme en la espalda, guiándola hacia la puerta.
La cocina olía a leña vieja y a queso curado. Elora señaló una silla.
—Siéntate. ¿Algo de beber?
—Lo más fuerte que tengas —respondió Elena—. Y un poco de ese queso de Cabrales. El que guardas para ocasiones especiales.
Elora sacó la botella de orujo sin decir palabra, sirvió dos vasos pequeños hasta el borde y cortó un trozo generoso del queso azul. Lo empujó hacia Elena.
—Habla de una vez —dijo, con la voz ya afilada—. No me hagas esperar más.
Elena tomó el vaso, pero no bebió.
—Kaelen ha escapado de Nyxara.
Elora se quedó inmóvil. El trozo de queso que acababa de llevarse a la boca se le quedó atascado. Tosió y los ojos se le abrieron como platos.
—¿Qué acabas de decir?
—Los draconarii preparaban un sondeo mental profundo. Si hubieran terminado el procedimiento, habrían encontrado los códigos que tenía grabados en la cabeza: la brecha en el escudo de la Estrella Fría.
Elena hizo una pausa—. Habrían abierto la puerta a una guerra que habría quemado media galaxia.
Elora apoyó las manos en la mesa y sus nudillos se pusieron blancos.
—Sigue.
—Noemí lo sacó de la celda. Lo embarcó rumbo a la Tierra. Pero en tránsito… él se liberó. —La voz de Elena bajó un tono—. Jorvan y Cassian están muertos.
Un silencio pesado. Luego una pregunta apenas audible:
—¿Mi madre?
—Está en suspensión animada en Bir Tawil. Su estado es crítico. Los médicos no se atreven a dar porcentajes.
La furia llegó como una ola invisible. Elena la sintió golpearle el pecho antes de que Elora abriera la boca.
—Cálmate —dijo, casi por instinto.
—¿Calmarme? —Elora soltó una risa amarga, rota—. Ese cabrón hizo que asesinaran a mis padres delante de mí. Me abrió en canal mientras estaba despierta. Y ahora casi mata a la única persona que me sacó de ese infierno. ¿Y tú me pides que me calme?
Elena intentó tocarle el brazo. Elora se apartó como si quemara.
—No lo entiendes. Quiero partirlo en pedazos. Quiero que sienta el dolor de que te saquen los huesos de tu cuerpo.
Y entonces el recuerdo la atrapó sin aviso, como si alguien hubiera pulsado un interruptor en su cabeza.
Una mesa de acero. Correas en muñecas, tobillos, cuello. Tres botones a su derecha: verde, amarillo, rojo.
Kaelen sonreía con esa calma clínica que aún le provocaba náuseas.
Pulsó amarillo.
La corriente no era electricidad normal. La piel de los brazos se abrieron como cremalleras, mostrando músculo rojo brillante, tendones tensos, hueso pálido. No sangraba. Simplemente… se separaba.
—Felicidades —susurró él, inclinándose hasta que su aliento le rozó la oreja—. Eres la primera paciente en probar el prototipo.
Señaló los bordes limpios de la herida abierta.
—Diseñado para cirugías críticas. Abre sin bisturí. Sustituye hueso fracturado imposible de reconstruir. Todo muy limpio… si estás dormida.
Su sonrisa se torció.
—Dicen que despierto es… inolvidable.
Pulsó rojo.
El dolor fue un sol blanco que le atravesó cada nervio. Kaelen colocó un espejo inclinado sobre su pecho.
Elora vio su propio corazón latiendo entre costillas partidas, los pulmones subiendo y bajando como animales atrapados. Todo expuesto. Todo gritando. Sin anestesia. El tiempo se deshizo en agonía pura.
Y de golpe, como si alguien hubiera apagado la proyección, volvió.
La cocina. El vaso de orujo temblando en su mano. Elena frente a ella, con los ojos preocupados.
—Elora…
Parpadeó varias veces.
—Voy a por él —dijo, con voz plana.
—Lo harás —respondió Elena—. Pero no puedes matarlo.
Elora alzó una ceja.
—¿Perdona? No me jodas, Elena.
Se inclinó sobre la mesa y puso las manos contra la madera.
—Ese hijo de puta me abrió en canal delante de un espejo. Si no lo destrozo yo, nadie lo va a hacer.
—Necesitamos lo que tiene en la cabeza, Elora. La clave de la Estrella Negra. Si lo matas, perdemos la única forma de entrar.
Elora la miró fijamente. Luego, sin pedir permiso, empujó su mente hacia la de Elena.
Entró en un paisaje de luz pura, casi cegadora. Pero en el borde, casi escondida, había una grieta. Oscuridad densa. No humana. Siniestra. Antigua.
Antes de que pudiera acercarse más, barras de energía naranja y dorada surgieron del suelo y envolvieron la sombra como cadenas.
La voz de Elena resonó dentro de su propia cabeza, fría y tajante:
—Fuera.
La expulsión fue un latigazo. Elora regresó a su cuerpo con un jadeo, mientras la silla crujía bajo su peso.
Se miraron en silencio varios segundos.
—Tú también llevas oscuridad —dijo Elora al fin, casi con admiración.
Elena no apartó la mirada.
—Todos la llevamos. La diferencia es quién la controla… y para qué.
Tomó el vaso de orujo y lo vació de un trago.
—Prepárate. Salimos al amanecer.