Ecos del abismo: Guerras Secretas

Entera por primera vez (2020)

La noche se arrastraba lenta y pesada. Elena no podía dormir; cada vez que cerraba los ojos veía a Elora destrozada otra vez, y la culpa le apretaba el pecho como una garra fría.

De repente, una presencia familiar le rozó la mente.

¡Yeon!

La conciencia de su hermana se instaló dentro de la suya, cálida pero tensa, como alguien que entra en una habitación sabiendo que hay una bomba a punto de estallar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Elena—. Te dije que yo hablaría con Elora.

Yeon tardó varios latidos en responder. Elena sintió cómo su hermana desviaba la mirada mental, como si midiera el riesgo de cada palabra.

Elena dejó escapar una sonrisa amarga. Yeon la percibió al instante.

—¿Tan poco confías en mí? —dijo Elena—. Tranquila, lo entiendo. Yo tampoco confiaría en una loca como yo.

Yeon soltó una risa corta, casi nostálgica.

—Eres clavada a papá. Siempre intentas arreglarlo todo y terminas rompiendo más cosas. Solo quería asegurarme de que la mocosa no acabara convertida en carbón draconarii por tu culpa.

—¡Oye! —protestó Elena, con un grito mental que salió más herido que enfadado.

—Ya, ya… tranquila —Yeon suavizó el tono—. Confío en ti, Elena. De verdad. Solo quería saber qué ha decidido.

¿Aceptó?

Elena tardó en contestar.

—Sí. Aceptó. Pero… está furiosa. Mucho más de lo que imaginaba. Kaelen mató a sus padres y ahora su madre adoptiva está en coma por su culpa. Miré dentro de su cabeza, Yeon. Lo que quiere hacerle… es aterrador.

Yeon sintió un nudo en la garganta que no era físico. La culpa compartida se expandió entre ellas como niebla espesa.

Había sido ella quien permitió que Noemí sacara a Kaelen de prisión. Ahora élla vegetaba en una cama de hospital, y Elora pagaba el precio.

—Las dos cargamos con parte de esto —dijo Elena al fin—. Por cierto… no mandes a Lena con ella. Que se quede en la DAA. Envía a Lía.

—¿Lía? —Yeon sonó genuinamente sorprendida.

—Sí. Se conocen desde niñas. Lía la entiende mejor que nadie. Si alguien puede evitar que cruce una línea que no debería cruzar… es ella.

Yeon exhaló mentalmente, un suspiro que Elena sintió como viento frío.

—De acuerdo. Será Lía.

—Bien. Te dejo, hermanita. El deber me reclama.

—Espera —la detuvo Elena—. ¿Por qué no me lo contaste? Si me hubieras dicho algo desde el principio, nada de esto estaría pasando.

Yron soltó una risa seca, casi cruel, que resonó dentro de su propia cabeza como un eco amargo.

—Tienes razón —respondió—. No estaríamos en este desastre… estaríamos en uno distinto, pero peor.

Yeon continuó, con tono firme pero protector:

—Eres impulsiva, Elena. Demasiado. Si te hubiera contado el plan, habrías ido tú misma. Habrías sacado a Kaelen de la celda y luego…

—Sigue —pidió Elena en voz baja.

—…le habrías abierto la mente como una lata. Habrías arrancado cada dato que necesitabas y lo habrías dejado hecho trizas. Y después te habrías odiado por ello el resto de tu vida. No voy a dejar que te conviertas en eso. No voy a perderte.

Elena se quedó quieta, mirando el techo oscuro. Las palabras de Yeon dolían porque eran verdad. Kaelen había pasado años intentando exactamente eso: romperla, despertar lo peor que llevaba dentro, convertirla en su reflejo.

Hay oscuridad en ti, le había dicho Elora una vez.

Y tenía razón.

Un frío repentino le recorrió la espalda. Elena cerró los ojos y se hundió en su propio interior. Allí estaba: la otra parte de ella. La criatura de ojos amarillo-azufre, encerrada tras barrotes de luz anaranjada. La miró fijamente, sin parpadear, como si llevara siglos esperando ese momento.

Elena disolvió los barrotes uno a uno. La criatura no se movió. Solo la observó.

—¿No me tienes miedo? —preguntó con una voz que era la suya, pero más antigua, más hambrienta.

—No —respondió Elena—. ¿Por qué iba a temerme a mí misma?

—Por lo que podemos hacer juntas.

Elena sonrió con tristeza.

—Sé perfectamente lo que podemos hacer. Pero saberlo no significa que vayamos a hacerlo.

Extendió la mano. La criatura hizo lo mismo. Se tocaron.

Y se fundieron.

No hubo violencia. Solo luz y sombra girando una alrededor de la otra, como dos mitades de un mismo río que por fin se encuentran. Pero en el último instante, antes de que la unión fuera completa, la criatura se tensó un segundo, como si una última astilla de dolor resistiera. Elena sintió el pinchazo: un eco lejano de la niña de cinco años gritando mientras veía morir a su madre. Duró menos de un latido. Luego se disolvió. La cicatriz que Elena llevaba en el alma desde entonces empezó a desvanecerse. Cuando el último rastro desapareció, Elena abrió los ojos y respiró hondo. Por primera vez en décadas se sentía… entera.

Elena, ¿estás bien? —la voz de Yeon llegaba suave, preocupada.

—Sí… estoy bien. Mejor que bien.

Entonces, te dejo. El trabajo no espera.

Elena sintió que la presencia de Yeon se retiraba… pero no del todo. Quedó un hilo cálido, como un latido lejano que seguía conectado.

Yeon estaba en el descampado, de pie frente a la entrada de la casona. Elora dormía dentro. Podía escuchar su respiración irregular a través de la ventana entreabierta. El aire olía a tierra mojada, a eucalipto húmedo y a humo lejano de leña. La niebla baja se enredaba en las piedras del muro, amortiguando los sonidos.

De pronto, el frío retrocedió. Un calor suave, casi vivo, le rozó la piel como si alguien hubiera abierto una puerta invisible.

El viento se calmó. Sus oídos zumbaron con una presión baja, como cuando un avión despresuriza. La niebla pareció apartarse, formando un círculo perfecto de claridad alrededor.

Una esfera dorada, pequeña como una canica, flotó frente a sus ojos. Emanaba una presencia tan inmensa que el propio aire vibraba.

La esfera creció. Se expandió. Tomó forma.

Era Elena. No su cuerpo. Su alma.




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