Año 2020
Las dos mujeres se levantaron con el alba, poco después de las seis. El aire aún olía al rocío y al leña apagada de la chimenea.
—¿Cómo iremos? —preguntó Elora mientras se ataba las botas.
Elena, con la taza de café a medio camino de los labios, alzó una ceja.
—¿Iremos?
—Sí, ¿por qué? Tú vendrás, ¿no? —Elora la miró como si acabara de decir una obviedad.
—No, yo no voy contigo. —Elena dio un sorbo corto—. Te acompañará otra persona.
Elora frunció el ceño.
—¿Quién?
—Sorpresa. —Elena sonrió de lado y volvió a hundir la nariz en la taza.
Justo entonces el comunicador vibró sobre la mesa de madera. Elena lo rozó con dos dedos.
—¿Almirante?
—Adelante —dijo con calma.
—Llegamos en diez minutos. Aterrizaremos en el claro que nos indicó.
—Recibido, Marcus. Estaremos listas.
Cortó la comunicación y miró a Elora.
—Prepárate, mocosa. El transporte ya viene.
Elora cruzó los brazos.
—Aún no has contestado. ¿Quién viene conmigo y por qué no vienes tú?
—Primera pregunta: sorpresa. Segunda: tengo trabajo.
Elora soltó una risa incrédula.
—¿Tú? ¿Trabajar? Pensé que ese papel se lo habías endosado eternamente a la tía Yeon.
De pronto un rugido grave y progresivo empezó a escucharse: motores de plasma, inconfundibles. La lanzadera ya estaba casi encima.
Elora se levantó de un salto.
—¿Se han vuelto locos? ¡Van a despertar a toda la aldea! Diles que no aterricen, Elena, por favor.
—¿Por qué? Solo cumplen mis órdenes.
—¡Porque todo el mundo los va a ver!
Elena soltó una carcajada abierta, de las que llenan el pecho.
—Noemí te ha tenido realmente bien apartada de la Unión, ¿verdad? Ni holopantalla, ni radio, ni siquiera un periódico decente. —Señaló con la barbilla el montón de papel amarillento sobre la mesa: el más reciente era de hacía dos años—. Niña, hace más de tres semanas que todo el planeta sabe que existimos.
Elora se quedó quieta, descolocada.
—¿Cómo?
—Historia larga. Versión corta: los draconarii atacaron en territorio norteamericano. Para evitar una masacre a gran escala, la Unión se vio obligada a salir a la luz. Así que relájate. Seguro que aquí también tienen televisión… o al menos cotilleos.
El estruendo ya era ensordecedor. Se oyó el silbido de los estabilizadores y luego el golpe sordo de las patas de aterrizaje contra la tierra.
Elena se dirigió a la puerta, pero antes metió la mano en el cuenco de caramelos de la entrada y se llenó el bolsillo.
—¡Oye! ¡Esos son míos!
—Esta casa es mía, por tanto los caramelos también. —Elena se giró con una sonrisa maliciosa—. Date prisa y cierra bien al salir.
Salió sin esperar respuesta. Detrás, Elora echó la llave con un giro brusco y salió corriendo para alcanzarla.
Cuando llegó al claro vio a Elena hablando con alguien junto a la rampa de la lanzadera. La silueta le resultaba familiar, pero la luz del amanecer y las sombras largas le impedían identificarla al principio.
Hasta que la otra mujer se giró.
—¿Lia? —gritó Elora sin poder contenerse.
Lia la miró. Durante un segundo sonrió, una sonrisa genuina, casi infantil.
Luego su expresión cambió.
Se movió tan rápido que Elora no tuvo tiempo de reaccionar. El puñetazo llegó directo a la mejilla y la tiró al suelo.
Elora se llevó la mano a la cara, aturdida.
—¡Maldita zorra! —gritó Lia con la voz rota—. ¿Crees que las amigas hacen lo que tú hicistes?
—¿Qué…? ¿De qué hablas? —Elora parpadeó, todavía en el suelo.
—¿Que qué hice? ¡Cinco años! ¡Cinco años sin una maldita palabra! Desapareciste. Ni un mensaje, ni una señal. ¡Éramos amigas, Elora!
Las lágrimas ya corrían por las mejillas de Lia.
Elora se levantó despacio, con cuidado. Dio un paso y la abrazó con fuerza.
—Lo siento… En ese momento no estaba bien. Estaba rota. Necesitaba alejarme de todo, aclarar la cabeza.
—¡Esa no es excusa para abandonar a tu mejor amiga durante cinco años!
Lia se soltó del abrazo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, estrelló su frente contra la de Elora con un golpe seco.
Elena intervino.
—Ya basta, Lia. A este paso la matas y la necesitamos viva.
Se agachó y ayudó a Elora a levantarse para después limpiarle un hilo de sangre de la comisura del labio con el pulgar.
Lia ya había subido la rampa desapareciendo en el interior de la lanzadera.
Elena suspiró.
—Perdónala. Los dos primeros años después de que te fueras estuvo hundida. Los tres siguientes los pasó planeando exactamente qué te haría cuando te volviera a ver.
—El rencor le ha sentado bien —murmuró Elora, tocándose la frente palpitante.
—Tranquila, se le pasará… o no. —Elena sonrió de medio lado—. Por cierto: ella es la sorpresa. Será tu enlace con la Unión durante la misión.
Elora se quedó helada.
—¿Qué?
Elena soltó otra risa baja.
—Solo espero que no te mate antes de que terminéis el trabajo.
Entró en la lanzadera sin mirar atrás. Elora, con la cara ardiendo y la cabeza latiendo, la siguió.
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Año 71 a.C. – Afueras de Roma
Roma ardía dorada bajo el sol de la tarde, una promesa de mármol y poder a lo lejos.
Craso cabalgaba al frente, flanqueado por dos centuriones de rostro pétreo. Detrás, treinta legionarios de absoluta lealtad cerraban la formación como una muralla andante.
Alex, sin girar la cabeza, contaba con el rabillo del ojo a otros cinco hombres: civiles vestidos con sencillez, pero con la postura y la mirada de quienes han matado antes y volverán a hacerlo. Sombras que vigilaban las sombras.
No se fía de nadie, pensó. Y hace bien.
De repente Craso tiró de las riendas y tomó un desvío a la derecha, abandonando el camino principal hacia la Porta Triumphalis.
Iris habló en su mente, seca:
—Adiós al desfile triunfal por la puerta grande.