Ecos del abismo: Guerras Secretas

Una entre catorce mil millones (2020/2004)

Elena permanecía de pie junto a la ventana blindada de su despacho en La Victoria, con las manos apoyadas en el marco frío. Allá abajo, en el vacío negro del espacio, la silueta afilada de la Atenea se estremeció un instante antes de rasgar la realidad. Un destello azul eléctrico se expandió como una herida luminosa y luego se cerró tras ella, dejando solo un tenue rastro residual que se desvanecía como humo en el viento solar.

Minutos más tarde, Elena cruzó la habitación con pasos deliberados y se dejó caer en la silla de alto respaldo.
Barrió con el antebrazo los documentos desperdigados sobre la mesa —informes, hologramas apagados, tazas vacías— y presionó con el pulgar un punto casi imperceptible en el borde derecho del tablero. Un clic suave. La superficie de madera oscura se partió en dos con un susurro mecánico, revelando un compartimento oculto forrado de terciopelo negro.

Sacó de el un paquete con ambas manos, como si temiera que se deshiciera al tocarlo. La tela que lo envolvía era áspera, de un lino antiguo teñido con pigmentos vegetales que aún conservaban un leve olor a tierra y resina.

Respiró hondo, una sola vez, y comenzó a desenvolverlo con dedos precisos y lentos.

Ocho planchas metálicas emergieron a la luz tenue del despacho. Parecían haber sido rescatadas de un naufragio milenario: cubiertas de pátina rojiza, corroídas, casi muertas. Elena rozó con la yema del índice la primera de ellas.

El óxido se retrajo como si huyera de su contacto. La superficie burbujeó, se aclaró, se volvió translúcida. En segundos era un cristal perfecto, frío y vivo.

Hacía tres años y siete meses que no las tocaba.

La sostuvo un instante, estudiándola. No era una tableta. Era algo mucho más antiguo y, paradójicamente, mucho más avanzado. Datos flotaban en su interior como estrellas atrapadas. De pronto, caracteres angulosos e ilegibles aparecieron en la superficie. Elena los reconoció al instante. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, la tabla —como si hubiera estado esperando justo ese pensamiento— tradujo el texto en letras limpias y modernas.

Tabla del Tiempo

Función principal:

Análisis exhaustivo de futuros probables.
Guía selectiva de líneas temporales.
Optimización de probabilidades para dirigir especies conscientes hacia destinos específicos.

Sin prisa, depositó las otras siete sobre la mesa, una junto a otra, como piezas de un rompecabezas que ya conocía de memoria:

La de la Conciencia.
La del Conflicto.
La de la Evolución.
La del Orden.
La del Olvido.
La de la Probabilidad.
La del Observador.
Las ocho.

Las acercó hasta que los bordes se rozaron. Un zumbido bajo recorrió la habitación. Las planchas se fundieron en un solo rectángulo luminoso, sin costuras, sin fisuras. La Tabla del Destino.

Elena la levantó con la mano derecha. Sus dedos comenzaron a danzar sobre la superficie con una rapidez casi instintiva, como si hubiera practicado el movimiento miles de veces en sueños. Líneas de energía verde brotaron como venas vivas. Primero una. Luego un millar. Luego millones. En cada punto de bifurcación, un diminuto punto rojo latía con insistencia.

Pulsó el más brillante.

La tabla respondió de inmediato.

Estado actual de la humanidad:

75,4 % de probabilidad de trayectoria autodestructiva en los próximos 47 años.
¿Intervención deseada?

Elena no dudó.

Muestra solo las líneas temporales en las que la especie sobrevive.

Un parpadeo. Menos de un nanosegundo.

La respuesta apareció en letras blancas sobre fondo negro.

Una sola línea.

Una entre catorce mil millones setecientas veintitrés mil cuatrocientas diecinueve.

Elena se quedó mirando la cifra, inmóvil. El silencio del despacho se le hacia espeso.

—¿En serio? —susurró, casi riendo de incredulidad—. ¿Una? ¿Solo una entre… eso?

Se inclinó hacia la tabla como si pudiera intimidarla.

—Maldita reliquia oxidada… ¿te crees que eres el Doctor Strange buscando la única manera de ganar contra Thanos o qué?

La tabla no respondió. Nunca lo hacía.

Elena se recostó en la silla, exhaló lentamente y cerró los ojos un segundo.

Una sola línea.

Una sola oportunidad.

Y el destino, al parecer, tenía un sentido del humor bastante cruel.
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Elena se acomodo en la silla y volvió a cerrar los ojos unos instantes. Su mente retrocedió al pasado, a cuando tenía diez años y acompañaba a su padre en todas sus expediciones de exploración por el planeta.

Irak, 10 de abril de 2004. A ocho kilómetros de Faluya.

—Elena, Elena, ten cuidado. Estamos en un lugar muy peligroso —advirtió Alex al ver a su hija salir corriendo de la lanzadera.

A lo lejos resonaban con nitidez las explosiones graves y profundas de artillería pesada, el silbido agudo de cohetes y el rugido ensordecedor de ataques aéreos. Ráfagas intermitentes de ametralladora llegaban como un tamborileo lejano y persistente.

Los ecos del combate se demoraban en el aire seco del desierto, propagándose con retraso. Venían momentos de silencio inquietante, solo para romperse de golpe con nuevos estallidos violentos. El sonido no era limpio ni cercano, pero resultaba inconfundible: una tormenta incesante, metálica, áspera y sin piedad.

—Tranquilo, padre. Yo la cuidaré —gritó Yeon antes de lanzarse tras su imprevisible hermanastra.

No tardó en alcanzarla. Elena se había detenido a unos treinta metros de la nave, paralizada ante el horizonte. Yeon se colocó a su lado en silencio. A lo lejos, columnas de humo negro se alzaban sobre la ciudad como dedos oscuros. Aviones de combate rugían en círculos, descargando su letal cargamento sobre objetivos invisibles.

Yeon tomó con firmeza la mano de la niña.

—Vamos, Elena. Este sitio es peligroso y padre nos está esperando.

La pequeña obedeció sin resistencia, aferrándose con fuerza a su hermanastra mientras regresaban a la lanzadera. No entraron; se quedaron justo en el umbral, observando.




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