El vehículo camuflado circulaba devorando el desierto de Iraq a toda velocidad, levantando una larga estela de arena dorada. Cinco personas viajaban en su interior. El silencio era espeso, y apenas era roto por el zumbido del motor. Dos minutos después frenaron en seco frente a la posición de Grov.
El draconarii los esperaba erguido en la entrada de la gruta que Alex le había ordenado localizar. Su armadura reflectante absorbía el calor infernal del mediodía. Aun así, su postura era desafiante.
—Ya era hora —gruñó, con esa voz rasposa suya que parecía salir de una caverna—. Si no fuera por este traje de combate, ahora mismo estaría chisporroteando como una iguana en la parrilla.
Elena sonrió. Primero fue una sonrisa contenida, casi por reflejo; luego se convirtió en una carcajada corta y genuina.
Grov giró la cabeza escamosa hacia ella, entrecerrando los ojos amarillos.
—¿Se puede saber de qué te ríes, filete humano?
Elena abrió la boca para responder, pero tardó un segundo de más. Ese segundo bastó para que su sonrisa se torciera en travesura.
—No me río de nada… —dijo, y luego añadió con una chispa en la mirada—: Aunque pensándolo bien, tendríamos cena asegurada. Hamburguesa de lagartija rio.
El draconarii bufó, un sonido que recordaba al roce de piedras.
—Humor humano. Qué delicia.
—¡Ya basta, Elena! —intervino Yeon con tono firme, aunque no agresivo—. No es momento de provocarlo. Estamos aquí por un motivo.
Elena levantó las manos en rendición, pero su expresión seguía juguetona.
—Vale, vale. Solo digo que nos ha tocado el draconarii más parlanchín y cotilla de toda la galaxia. Si se quedara mudo unos meses, sería un regalo para la humanidad y el universo.
De pronto Elena cayó y su sonrisa se congeló de repente. No fue un cambio gradual, sino un corte limpio. Sus ojos se abrieron un instante y luego se humedecieron. Palideció.
—…Sí, papá.
El silencio que siguió fue distinto. Yeon lo sintió como un peso en el aire, una vibración que no provenía de palabras sino de la conexión invisible entre Alex y Elena.
Un regaño mental, breve, privado.
Yeon miró a su hermana con mezcla de comprensión y punzada de envidia. Ella también era telépata, pero nunca había captado ese intercambio. Ningún eco, ninguna sombra de pensamiento. Alex y Elena parecían comunicarse en una frecuencia íntima, como si compartieran un idioma anterior a las palabras.
Se sintió pequeña por un instante, fuera de lugar. No por falta de habilidad, sino por la certeza de que algunos lazos —de sangre, de mente, de historia— podían crear puertas que otros no estaban destinados a cruzar. No era culpa de nadie. Pero la distancia seguía ahí.
* * *
El grupo se detuvo frente a la entrada de la gruta. Alex la observó unos segundos con una mezcla de interés y cautela profesional. Luego se giró hacia los demás.
—Escúchenme bien, porque no lo voy a repetir —dijo con voz firme—. Yo voy primero abriendo camino.
Nadie, absolutamente nadie, me adelanta. ¿Queda claro? Si alguien desobedece, lo castigaré sin contemplaciones. ¿Entendido?
Un coro de «Entendido» resonó, aunque varios rostros mostraban confusión y un leve desconcierto.
Yeon abrió la boca para preguntar, pero se contuvo. Por un instante su padre le había parecido un dictador implacable. No hizo falta que dijera nada: Alex pareció leerle el pensamiento.
—Este lugar… —continuó él, bajando un poco el tono—, si es lo que creo que es, es extremadamente peligroso. Si algo sale mal, yo seré quien reciba el primer impacto. Yo responderé al peligro. No quiero que ninguno de ustedes muera aquí hoy.
Sus palabras cayeron como plomo. El grupo lo miró fijamente; después, uno a uno, asintieron en silencio.
—Elena —llamó Alex a su hija menor.
La chica, que había estado mirando hacia otro lado, dio un pequeño respingo y se volvió.
—Deja de soñar despierta, mocosa. Ponte en alerta máxima. Si yo me distraigo o me ocupo de algo grande, tú protegerás a tu hermana y al resto del grupo. ¿Entendido?
Levantó la mano y le revolvió el cabello a su hija con una ternura que contrastaba con su tono anterior.
Elena miro a todos y después si vista quedo fija Yeon.
—Sí, padre. Yo me encargo de todos. Sin problema.
Alex esbozó una media sonrisa, la primera en varios minutos, y se internó en la gruta.
La entrada era tan estrecha que tuvo que girar los hombros para pasar. Cada paso era un esfuerzo. De pronto, sin aviso, las paredes se separaron. El pasillo se ensanchó progresivamente hasta convertirse en un corredor monumental: unos ocho metros de ancho por doce de alto. La luz de las linternas apenas alcanzaba a iluminar las bóvedas.
Alex se detuvo y recorrió el espacio con la mirada, como si sus ojos fueran escáneres.
—Esto… —murmuró—. Esto no es natural.
Activó el intercomunicador de su reloj con un gesto seco.
—Grov, adelante. Orden de entrada: primero Elena, después tú —pero reduce tu tamaño, la boca inicial es muy estrecha—. Luego Yeon y, por último, los dos soldados.
La voz grave de Grov retumbó con eco unos segundos después:
—Recibido. La mocosa va primero. Ya está entrando.
Elena salió de la angostura con los ojos muy abiertos.
—¡Joder, qué pasada! — exclamó—. ¡Es gigantesco!
Alex la fulminó con la mirada.
—Concéntrate. Este sitio está plagado de trampas. Activa todo lo que tengas.
Elena tragó saliva, asintió y dejó que su energía fluyera al máximo; un leve brillo azulado la envolvió.
Después entro Grov y diez minutos más tarde, todo el grupo estaba dentro.
—Iris —llamó Alex sin volverse.
—Aquí estoy.
—No apartes la vista de los sensores de la Quimera ni un segundo. No quiero aviones, helicópteros americanos ni patrullas insurgentes merodeando por la zona. Si algo se acerca, avisa inmediatamente.
—Entendido.