El grupo avanzaba deprisa pero con cautela por los pasillos oscuros de la gruta. Alex encabezaba la marcha, seguido de cerca por Elena y luego por Grov. Cerraban la fila Yeon junto a los dos soldados, con las linternas bailando en la penumbra como luciérnagas nerviosas.
De repente, Alex se detuvo en seco. El resto imitó el movimiento como una sola sombra alargada.
Alzó una mano: señal clara de «quietos todos». Avanzó un par de pasos más, muy despacio, y volvió a pararse.
—Todos al suelo —ordenó en voz baja pero firme.
Se tiraron al instante. Justo a tiempo. Segundos después, un rayo de energía plasmática azulada cruzó el pasillo a la altura del pecho, silbando con un olor acre a ozono quemado. El haz iluminó las paredes irregulares como un relámpago congelado antes de desvanecerse en la oscuridad.
El zumbido eléctrico tardó varios latidos en apagarse por completo. Nadie se movió. Todos esperaron, conteniendo la respiración, por si venía un segundo disparo. Solo se oía el goteo lejano de agua y el jadeo contenido del grupo.
Cuando el silencio se hizo sólido, Alex fue el primero en incorporarse a medias, escaneando el pasillo con la linterna.
—Despejado… por ahora —murmuró—. Arriba, pero despacio.
Se levantaron con cuidado, sacudiéndose el polvo y la adrenalina.
—¿Qué… qué ha sido eso? —preguntó Yeon, con la voz todavía temblorosa.
—Un regalito de bienvenida —respondió Alex, con una media sonrisa cansada—. De los dueños de la casa. Parece que no les hace gracia que husmeemos en sus secretos.
Yeon clavó los ojos en su padre, con una mezcla de enfado y miedo puro ardiendo en su mirada. Sintió que el suelo se le tambaleaba un instante. Toda su vida creyendo que su padre era solo un científico excéntrico… y ahora esto.
—Tú sabes perfectamente qué es este lugar, ¿verdad?
Alex esbozó esa misma sonrisa agotada.
—Sí. Lo sé.
—¿Y nos lo vas a contar alguna vez? ¿O esperamos a que el siguiente «regalito» nos ase?
Él suspiró, miró de reojo a Grov y se volvió hacia el reptiliano.
—Dime, amigo mío… ¿qué sabes tú de los Anunna?
Grov soltó un gruñido gutural, profundo, como si el recuerdo le pesara en las escamas.
—Por lo que mi pueblo recuerda, son unos malditos carroñeros. No dudan en robar lo que no les pertenece. Si la memoria no me falla, llegaron a Terra hace unos cuatrocientos cincuenta mil años. Desde entonces han seguido a los Sembradores por toda la galaxia, saqueando los mundos que ellos fertilizaban con vida.
Yeon soltó una risa incrédula, aunque ya sonaba menos convencida.
—¿En serio? ¿Los Anunnaki? Venga ya… Eso es un mito, una leyenda sumeria para explicar el mundo.
—¿Un mito? —repitió Alex, alzando una ceja—. Grov, sigue. Cuéntale quiénes son realmente… y por qué los humanos los llamamos así.
El draconiano resopló con un siseo ronco, como si le costara airear el relato.
—Resumen rápido, entonces. Los que vosotros llamáis «Anunnaki» no se llaman así entre los suyos. Su nombre verdadero es Ereshi. Proceden del sistema Tammuz-3, a unos ochocientos setenta años luz de aquí. Estrella binaria, amarilla-naranja. Su mundo natal, Eresh, tiene dos lunas grandes, ambas terraformadas y habitables.»
Son una raza muy antigua, unos dos millones de años de historia documentada. Pero pacíficos… no. Son oportunistas, carroñeros interestelares. Hace seiscientos mil años estalló una guerra galáctica brutal.
Junto al ya extinto Imperio de Orión arrasaron Namtar y aniquilaron a casi toda su población. El botín: lo que los sumerios llamaron después las Tablas ME.
Yeon levantó una mano, y puso sus ojos muy abiertos.
—Espera, espera… ¿Las Tablas ME de los mitos sumerios también son reales?
Grov la miró fijamente, sin parpadear. Uno de los soldados soltó una maldición por lo bajo; Elena apretó sus manos con fuerza.
—Completamente reales —confirmó Grov—. ¿Me dejas terminar o nos quedamos aquí debatiendo hasta que nos frían a todos?
—Sigue, por favor —pidió Yeon, ahora más seria,mientras su incredulidad daba paso a algo más frío y pesado.
—Bien. Los Ereshi saquearon Namtar y se llevaron todas las Tablas ME que pudieron… las que los oriones no habían cogido antes. Pero fueron más astutos: buscaron la forma de fabricarlas ellos mismos. La encontraron. Y con ella, una sorpresa muy desagradable que les dejó el último namtar vivo.
Ese superviviente logró infectar el genoma de los Ereshi con un agente degenerativo. Una maldición genética que empezó a descomponer su ADN generación tras generación. Se dice que su piel se volvió quebradiza, sus huesos frágiles… y que el envejecimiento los devoraba en décadas en lugar de milenios.
»Se cuenta que vinieron a Terra buscando oro para «estabilizar la atmósfera de su planeta». Mentira a medias. Su mundo no necesitaba oro; lo que necesitaban era materia prima para sintetizar una cura, un estabilizador genético que frenara la extinción.
Terra era su último cartucho. Pero la Alianza Galáctica se cansó de sus saqueos —incluidos ataques a miembros de la propia Alianza— y los expulsó del sistema solar. Oficialmente, los Ereshi son una raza al borde de la desaparición. Extraoficialmente… se rumorea que unos pocos siguen aquí, escondidos, vigilando. Observando a los humanos. Porque, según ellos, vosotros sois su obra. Su experimento.
El silencio cayó pesado en el pasillo. Solo se oía el goteo lejano de agua y la respiración acelerada del grupo.
Alex miró a su hija. Yeon tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes, como si estuviera conteniendo una tormenta.
—¿Ahora entiendes por qué este lugar está tan bien protegido?
Yeon tragó saliva con dificultad.
—Entonces… ¿esto es una de sus bases? ¿Aquí abajo?
—Una de las últimas —confirmó Alex—. Y si no tenemos cuidado, será también nuestra tumba.
Grov sonrió con todos sus dientes afilados, un brillo frío en los ojos amarillos.