Ecos del abismo: Guerras Secretas

El color del miedo en Kavos (2020)

No había transcurrido ni un minuto desde que la Atenea emergió del hiperespacio cuando una señal de alerta roja bañó el puente en pulsos intermitentes.

Ante el visor principal se extendía Kavos: un orbe azul oscuro envuelto en nubes de tormenta perpetua, rodeado por anillos de chatarra orbital que giraban lentamente como un cementerio de naves destrozadas, estaciones abandonadas y plataformas de contrabando. Refugio de piratas, desertores y los peores fugitivos de la galaxia. Un lugar donde las leyes galácticas se disolvían antes de tocar la atmósfera.

De entre los restos metálicos surgió una patrullera afilada, negra como el vacío, y se plantó frente a ellos en formación de bloqueo. Sus cañones de riel brillaban con la carga lista para disparar.

La radio crepitó con interferencias.

—Nave sin identificar, aquí patrullera Centinela Negra. Identifíquese de inmediato o abriremos fuego. Diez segundos.

Lia golpeó el interruptor de comunicaciones con el pulgar.

—Unión Terrestre, UT Atenea. Solicitamos autorización de aterrizaje en Kavos.

Hubo breve pausa. La voz del otro lado volvió a sonar como grava bajo botas.

—¿Motivo?

—Localización y captura de un fugitivo humano. Kaelen Dravik. Criminal de guerra. Genocida. Inteligencia indica que se oculta en su mundo.

Estática. Los segundos se estiraron como horas.

—Atenea, permiso denegado. Tienen dos minutos para salto hiperespacial y salida del sector. No repetiremos la advertencia.

Lia frunció el ceño, sus dedos tamborileaban en el reposabrazos del sillón de mando. Calculaba: ¿negociar? ¿fingir avería? ¿forzar el descenso y arriesgar un tiroteo orbital? Estaba tan inmersa en las opciones que no registró el movimiento a su espalda.

Elora estaba de pie, junto al panel de comunicaciones.
Pulsó el botón sin pedir permiso.

Lia giró la cabeza bruscamente,con los ojos encendidos.

—Centinela Negra —dijo Elora con voz helada y precisa—. Comandante Elora, Unión Terrestre. Como ya informó mi capitana, perseguimos a un genocida humano. Les recomiendo revisar con atención sus archivos de seguridad planetaria. El crimen de Kaelen Dravik se cometió contra el Imperio Draconarii. Imaginen… ¿qué harán los draconarii cuando descubran que Kavos dio refugio a su verdugo… y que las autoridades locales lo sabían y lo encubrieron?

Hubo un silencio absoluto.

En el puente nadie respiraba. Solo el zumbido bajo de los sistemas y el latido acelerado de corazones humanos.

De pronto, la pantalla principal cobró vida sin previo aviso.

Un erevik llenó el visor.

Las dos mujeres se quedaron inmóviles.

La criatura recordaba a un pulpo de aguas profundas, pero su piel era lisa, iridiscente como obsidiana húmeda bajo luces frías. Decenas de tentáculos se movían en ondas lentas y deliberadas frente a la cámara, cambiando de color en oleadas: azul eléctrico, verde venenoso, violeta espectral… pero el matiz dominante, el que teñía casi toda la superficie, era un negro absoluto, profundo, que absorbía la luz.

—Capitán Norg —anunció con una voz burbujeante, grave, que parecía emerger de un abismo—.

Autorización concedida. Aterricen en las coordenadas que transmitimos.

Un overlay de datos apareció: vector de descenso, punto de toque marcado en rojo.

La transmisión se cortó en seco.

El puente volvió a quedar en silencio.

Elora giró para regresar a su estación, pero Lia la interceptó sujetándole la muñeca con fuerza contenida.

—En tu misión puedes actuar como quieras —dijo en voz baja, peligrosa—. Pero a bordo de esta nave, yo mando. ¿Queda claro?

Elora sostuvo la mirada unos segundos eternos. Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—Queda claro, capitana.

Soltó la mano y regresó a su puesto sin una palabra más.
Lia exhaló lentamente y esbozó una sonrisa torcida, casi de admiración.

—Buena jugada, por cierto. Los has puesto contra las cuerdas.

Elora ladeó la cabeza, genuinamente perpleja.

—¿Contra las cuerdas?

—Los tentáculos —explicó Lia, señalando la pantalla ya oscura—. ¿Viste cómo cambiaban?

—Sí.

—El negro predominaba. Según los informes xenológicos… negro casi puro es el color del miedo entre los erevik. Pánico controlado, pero pánico al fin.

Lia se volvió hacia el visor frontal. Kavos ya llenaba casi todo el campo visual, sus anillos de chatarra destellando como joyas rotas bajo la luz de su sol distante.

—Rumbo a las coordenadas de aterrizaje —ordenó al piloto—. Escudos al setenta por ciento hasta tocar suelo. No me fío de esta bienvenida tan repentina.

—Sí, capitana.

Los motores de maniobra rugieron con suavidad contenida. La Atenea se inclinó y comenzó el descenso, cortando las capas superiores de la atmósfera tormentosa.

Hacia el planeta pirata.

Hacia el hombre que toda la galaxia quería ver muerto.
Y hacia lo que fuera que les esperaba en superficie.
***********
El sistema de aterrizaje de la Atenea se comenzó a desplegar mientras los retrocohetes frenaban el descenso de la nave, permitiéndole aterrizar sana y salva.

—Apagando motores —indicó el piloto.

—Albert, informe de situación —ordenó Lia.

—No se detectan armas ni naves, capitana, pero...

—¿Qué?

—Estamos en una zona contaminada del planeta. Los sensores detectan concentraciones muy altas de cianuro de hidrógeno, sulfuro de hidrógeno, fosfina y monóxido de carbono. Si saliéramos ahí fuera sin equipo de respiración, moriríamos en menos de dos minutos.

Lia miró la pantalla. Ese lugar era un infierno para la vida.

—¿Algo más? —preguntó.

—No, señora —respondió Albert.

Repentinamente, el sistema de acercamiento de intrusos comenzó a sonar.

—¿Qué pasa ahora?

—Un transporte se acerca a gran velocidad, capitana. Llegarán en menos de quince minutos.

—En pantalla —ordenó Lia.

La pantalla se encendió.




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