Las motos devoraban el terreno contaminado a toda velocidad. Ya estaban entrando en Gin la capital del planeta, a treinta kilómetros de la zona de aterrizaje.
De pronto, un pitido agudo resonó en el casco de Elora.
La interfaz se activó: «Zona contaminada superada. Atmósfera respirable». Desactivó el sello del casco y una brisa cálida, casi ardiente, le azotó el rostro. El aire entraba en sus pulmones como fuego líquido, pero era respirable. Miró a Lia: ella también se había quitado el casco. Sus miradas se cruzaron unos segundos; Elora le dedicó una sonrisa tensa antes de volver a fijar la vista en el camino.
Entonces lo sintió. Un roce frío y enfermizo en el borde de su mente. Algo que había intentado enterrar durante años. Frenó en seco. La moto derrapó violentamente, casi volcándose. Lia detuvo la suya metros más adelante, saltó al suelo y corrió hacia ella.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Elora, aún aturdida por la oleada mental, levantó una mano para tranquilizarla.
—Está aquí —susurró—. Puedo sentir su mente… podrida.
Lia sostuvo su mirada varios segundos. No necesitaba más confirmación. Kaelen estaba en la ciudad.
Consultó la pulsera de su traje: la señal de la cápsula de salvamento parpadeaba a trescientos metros exactos.
Sin previo aviso, Elora golpeó con precisión quirúrgica el punto vulnerable del cuello de Lia. Esta se desplomó inconsciente.
—Eros, ¿me recibes? —preguntó a la IA de la armadura de su amiga.
—Afirmativo, comandante.
—Protocolo de máxima protección. Sella el traje por completo. Cuando despierte, transmítele esto: «Lo siento, Lia. No voy a permitir que vuelvas a arriesgarte por mí. Esto tengo que resolverlo sola». Actívalo. ¡Ya!
La armadura de Lia emitió un zumbido grave. Placas se sellaron herméticamente, sin resquicios, sin posibilidad de anulación manual.
—Cuídala —murmuró Elora antes subir a su moto y acelerar de nuevo.
Llegó al edificio indicado: un hangar derruido, devorado por el tiempo y la guerra. Bajó de la moto, activó el modo combate de su armadura y entró con el rifle de plasma listo.
Los sensores del casco localizaron la cápsula en segundos: intacta, sellada, sin daños visibles. Se acercó, buscando el panel de acceso.
Un estruendo metálico sacudió el hangar. Elora se giró con el arma en alto. De cuatro esquinas ocultas brotaron rayos de energía verde esmeralda que la golpearon simultáneamente. Sus extremidades se agarrotaron; la armadura se apagó por completo.
—At, informe —ordenó entre dientes.
—Rayos tractores de contención, comandante.
Movilidad anulada. Todos los sistemas de la armadura neutralizados.
Forcejeó inútilmente. Cuanto más luchaba, más se tensaban los haces.
Una risa grave y familiar reverberó en las sombras.
—¿Kaelen?
Un hombre de más de dos metros emergió de la penumbra. Pelo moreno revuelto y ojos que brillaban con una satisfacción enfermiza.
—Vaya, vaya… Así que enviaron a la cachorra en vez de a la loba. —Sonrió torcidamente—. Pensé que Elena vendría en persona. Capturarla habría sido un suicidio glorioso, pero tú… tú servirás perfectamente.
Elora intentó gritar, pero los rayos también bloqueaban el audio externo. Sus alaridos rebotaban dentro del casco, mudos para el mundo.
Kaelen se acercó con calma, sosteniendo una jeringa vacía. La clavó en el cuello de Elora Un fluido azul oscuro comenzó a llenar la jeringa. Luego, sin prisa, se lo inyectó a sí mismo.
—Gracias, Elora. Gracias por devolverme lo que es mío.
Desactivó tres de los cuatro rayos. Elora intentó moverse, pero el último la mantenía clavada como una mariposa en una tabla.
Sus ojos ardían de odio puro.
Kaelen pulsó un brazalete en su muñeca. El aire se rasgó con un chasquido imposible: un agujero de gusano artificial se abrió a su espalda, un túnel de luz violeta y distorsión.
—Dale recuerdos a tu madre —dijo con una reverencia burlona.
Y desapareció. El portal se cerró con un latigazo.
Entonces el rayo restante cambió. De verde a rojo sangre. Un dolor inimaginable estalló en cada célula. Era como si la estuvieran despellejando viva, capa por capa. Piel, músculos, nervios se desgarraban y se exponían; veía sus propios huesos brillar bajo la luz cruda del hangar. Su cuerpo se abría… y se regeneraba. Una y otra vez. El ciclo de agonía era interminable. Partes de la armadura se fundían con la carne al sanar, creando una amalgama grotesca.
De pronto, un disparo de plasma atravesó el generador. El rayo rojo se extinguió. Lia apareció corriendo, con el rostro desencajado.
—Eros, análisis completo.
—Órganos vitales críticos. Fusión masiva de tejido orgánico con componentes de la armadura. Mitad del cráneo integrado al casco. Pecho abierto: corazon y pulmones expuestos. Tiempo estimado de fallo: menos de diez minutos sin intervención médica inmediata.
Lia activó su brazalete.
—Atenea, aquí la capitana Lia. Emergencia prioritaria. Posición actual. Cinco minutos o menos. ¡Ya!
La voz del primer oficial respondió al instante:
—Recibido. Motores al máximo.
Mientras los motores rugían en aproximación, Lia se arrodilló junto a los restos de su amiga.
—Aguanta, Elora. No te voy a perder. No otra vez.
La Atenea aterrizó con un enorme estruendo. Robert y cuatro tripulantes irrumpieron en el hangar y se congelaron al ver el estado de Elora. Uno sacó un cilindro médico; al pulsarlo, se desplegó una cápsula de estasis. La introdujeron con cuidado.
—Capitana —llegó una alerta desde la nave—, incremento crítico de antimateria en la cápsula de salvamento. Detonación en menos de dos minutos.
El grupo salio corriendo. Subieron a la nave. La Atenea despegó a toda máquina mientras rayos negros brotaban del hangar como venas rotas.
La explosión fue cegadora. Media ciudad de Gin desapareció en un instante. Desde órbita, los sensores mostraron lo imposible: el planeta Kavos se había partido en dos mitades irregulares. El núcleo expuesto palpitaba como un corazón moribundo en el vacío.