El grupo llegó finalmente a la villa de Craso cuando el sol ya se hundía tras los cipreses. Durante todo el camino, Alex había sentido las sondas mentales de Kaelen como dedos fríos y húmedos que se deslizaban por los bordes de su conciencia. Cada vez que el telépata intentaba profundizar, una presión punzante le latía detrás de los ojos y fragmentos de pensamientos ajenos —imágenes de legiones marchando sobre Roma, senadores degollados— parpadeaban en su mente antes de que pudiera expulsarlos.
Iris lo había notado. Veía cómo Alex apretaba la mandíbula, cómo sus pupilas se dilataban por un instante. A través del Huìlù habló con él:
—Tenemos que marcharnos de aquí. Ese hombre no me inspira ninguna confianza.
Alex, con esa sonrisa inocente que siempre usaba cuando mentía, negó con la cabeza.
—No es malvado, Iris. Solo… curioso.
Kaelen, que caminaba dos pasos por delante, giró ligeramente la cabeza y sonrió. Fue una sonrisa cortés, perfecta, pero sus ojos permanecieron fríos, evaluadores.
—Los establos están al fondo del peristilo —indicó a Iris con voz suave pero firme, como quien da una orden disfrazada de sugerencia—. Mi esclavo os guiará. Los criados podrán descansar allí.
Iris dudó un segundo, pero obedeció. Siguió al esclavo mientras Kaelen posaba una mano en el hombro de Alex y lo conducía hacia el ala noble de la villa. A Eunoe se la llevaron varias esclavas por otro corredor. Alex la miró preocupado.
—Tranquilo —dijo Kaelen, y esta vez su voz sonó más grave, casi resonando dentro del cráneo de Alex—. Van a prepararla para el desfile de mañana. Podrás verla después.
Cuando la puerta de los aposentos se abrió con un chirrido, Alex levantó la vista. Iris entró, cerrándola tras de sí.
—¿Cómo están los mecas? —preguntó Alex en cuanto la vio.
—Estables por ahora. ¿Han cesado los ataques?
Alex se frotó las sienes.
—Han parado. O ha entendido que conmigo no tiene nada que hacer… o está buscando otro método.
Iris se dejó caer en una silla de madera taraceada.
—Bien, mocoso. ¿Qué tienes pensado? ¿Qué hacemos ahora?
Alex sonrió. Esa mueca traviesa, la que anunciaba problemas, asomó lentamente a sus labios.
—¿Qué pasa? —Iris entrecerró los ojos—. Deja de preocuparme.
—Verás… Durante sus intentos, yo entré en su mente. El muy bastardo es bueno. Muy bueno. —Alex suspiró y se apoyó contra la columna—. Pero yo soy mejor.
—Déjate de rodeos de una puñetera vez —gruñó Iris.
—Nuestro amigo Kaelen es un telépata poderoso y lleva años influyendo en Craso. He visto sus planes con claridad: tiene intención de cambiar la historia de Roma.
Iris se inclinó hacia delante.
—¿Qué?
—Ha hundido sus garras tan profundo en la mente de Craso que este va a marchar sobre Roma con sus tropas, asesinar a todo el Senado y proclamarse emperador.
Por un instante, los ojos de Iris perdieron el foco: su mente calculaba. Cuando volvió a mirarle, su voz sonó fría, analítica:
—Alteración cronológica estimada: cuarenta y cuatro años antes del ascenso de Augusto. Eso significa que Octaviano nunca llegaría al poder. El primer emperador sería Craso.
Luego parpadeó, y la parte más humana de ella tomó el control. Abrió mucho los ojos.
—¿Me estás diciendo que, si su plan triunfa, Augusto nunca existiría como lo conocemos?
—Exacto —respondió Alex, cruzándose de brazos.
Iris se levantó de golpe.
—Entonces tenemos que impedirlo. Ahora.
—¿Impedirlo? ¿Por qué deberíamos?
—Porque cambiaría la historia, Alex. Todo lo que conocemos…
—Para ser la androide más avanzada e inteligente del mundo, a veces se te escapan cosas básicas —la interrumpió él con suavidad.
Iris se giró hacia él, furiosa.
—¿Me estás llamando tonta?
—No. —Alex levantó las manos en son de paz—. Solo te recuerdo algo que parece que has olvidado con todo este barullo: esta no es nuestra línea temporal, Iris. Ni siquiera es nuestro universo.
Iris se quedó quieta. Repasó los datos: coordenadas dimensionales, anomalía cuántica detectada al cruzar el portal, ausencia total de conexión causal con su origen. Entonces lo entendió.
Los cambios que ocurrieran aquí jamás afectarían su propio mundo.
Se dejó caer de nuevo en la silla, más despacio esta vez, y soltó una risa corta, casi incrédula.
—Así que… ¿vamos a ver el espectáculo?
Alex amplió el gesto.
—Exactamente. Siéntate cómoda, Iris. Mañana va a ser un día interesante.