Ecos del abismo: Guerras Secretas

La chispa que despertó ( 300.000A.C./2004)

La luz azulada de las lámparas de fotones bañaba la estancia de Enki en la ciudad de Eridu. Sobre su mesa de trabajo no había piedras, sino láminas de cristal líquido que proyectaban secuencias de nucleótidos.

Enki, el ingeniero genético del cosmos, suspiró mientras se frotaba los ojos. Lo que veía en las muestras de la última generación de los Lulu —los "trabajadores primitivos"— no tenía sentido lógico.

Y entonces escribió:

Diario de Enki: Entrada 14.400

"Hoy he analizado la secuencia sináptica de un espécimen de la tercera generación del sector minero del Abzu. Mi intención original, cuando cruzamos nuestro ADN con el de los homínidos locales, era simple: un procesador de datos eficiente, capaz de entender la metalurgia y la extracción de oro, pero con un sistema límbico limitado para asegurar la obediencia.

Sin embargo, el código ha mutado. No por radiación ni por error de copia. Es como si el ADN del planeta Tierra tuviera una fuerza de empuje que ha subvertido nuestro diseño. He detectado actividad en el lóbulo frontal que no programé. Los Lulus ya no solo miran el suelo buscando pepitas de oro; ahora se quedan quietos al atardecer, observando el horizonte. Han empezado a emitir sonidos rítmicos que no son órdenes de trabajo. Los llaman 'cantos'.

Lo más inquietante: están soñando. Sus ondas cerebrales durante el sueño muestran una conexión con una red de información que no es nuestra red de comunicaciones. Es como si hubieran accedido a una resonancia universal que nosotros, en nuestra búsqueda de tecnología pura, hemos olvidado. El esclavo está despertando."
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Enki sabía que no podía ocultar esto por más tiempo. Salió de sus aposentos y se dirigió a la plataforma de mando donde Enlil, su hermano y Comandante Supremo de la Tierra, supervisaba las cuotas de producción. Enlil era un ser de orden, disciplina y poca paciencia para las curiosidades biológicas.

—Enlil, deja los informes de carga —dijo Enki, lanzando una proyección holográfica de una cadena de ADN en el centro de la sala—. Tenemos un problema con el cargamento biológico.

Enlil ni siquiera levantó la vista de sus mapas tácticos.

—¿Qué sucede ahora? ¿Están muriendo por la atmósfera de nuevo? Si es así, aumenta la dosis de vitaminas en sus raciones. Necesito el oro para la regeneracion de nuestro adn, Enki. No tengo tiempo para tus quejas de laboratorio.

—No se están muriendo, Enlil —respondió Enki con voz grave—. Están pensando.

Enlil se detuvo en seco y giró la cabeza lentamente. Sus ojos brillaron con una luz gélida.

—¿Pensando? Los diseñaste para seguir instrucciones de excavación, no para reflexionar. ¿Qué quieres decir?

—El diseño original ha sido alterado por la naturaleza del planeta —explicó Enki, señalando un área brillante en el holograma—. He encontrado un desarrollo espontáneo de la glándula pineal. Han empezado a percibir lo que ellos llaman "el mundo de los espíritus". Ayer, un grupo de trabajadores en las minas del sur dejó de picar porque decían que la tierra les hablaba. Han desarrollado conciencia de sí mismos.

Enlil soltó una carcajada seca.

—¿Conciencia? Son herramientas, Enki. ¿Acaso mi nave de guerra delibera antes de obedecer? ¿Acaso un dron de extracción se pregunta para qué fue construido?

—Ese es el error —insistió Enki—. No son máquinas de metal. Al usar material biológico de este mundo, permitimos que la chispa de este sistema solar entrara en ellos. No solo manejan nuestra tecnología para fundir oro; ahora se preguntan quiénes son ellos y quiénes somos nosotros. Empiezan a vernos no como amos, sino como extraños. Si esto sigue así, la obediencia no será suficiente. En algún momento, preferirán morir antes que seguir siendo esclavos.

Enlil golpeó la mesa, haciendo vibrar los cristales.

—¡Entonces límpialos! Borra esa secuencia. Vuelve al modelo básico. No quiero filósofos con picos en las manos, quiero trabajadores.

Enki bajó la mirada. Sus dedos rozaron el borde del holograma sin apagarlo.

—Es demasiado tarde, hermano. El cambio está grabado en la médula. Si borramos esa parte del cerebro, perderán la capacidad de usar la tecnología que les enseñamos. Se volverán animales de nuevo y el trabajo se detendrá para siempre.

Enlil caminó hacia el ventanal. Abajo, a distancia suficiente para parecer insignificantes, miles de humanos cargaban bloques de piedra bajo el sol del Abzu. Pero uno de ellos no trabajaba. Estaba inmóvil, con la cabeza levantada hacia el palacio de los dioses, y en su rostro no había miedo, sino una curiosidad que Enlil reconoció de inmediato: era la misma expresión con la que su propia especie había mirado las estrellas antes de aprender a conquistarlas.

—Si no pueden ser solo esclavos —sentenció Enlil—, entonces algún día tendremos que destruirlos. Un esclavo que se cree Dios es más peligroso que un enemigo armado.

Enki no respondió. Apagó el holograma despacio, y en la oscilación final de la luz, por un instante, la cadena de ADN pareció latir. La herramienta había dejado de serlo. El humano había nacido.
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Irak, año 2004.

Alex observaba el diario de Enki como un niño que acaba de encontrar un tesoro enterrado. Pasaba las páginas despacio, con una sonrisa que sus compañeros conocían demasiado bien.

Esa sonrisa no era buena señal.

O había encontrado algo fascinante, o había encontrado algo fascinante y peligroso. Y la segunda opción era la que les helaba la sangre.

—¿Papá? —La voz de Yeon sonó, casi como un susurro.

Se acercó y miró por encima del hombro de su padre. Las páginas estaban cubiertas de signos cuneiformes, pero había algo en ellos que no encajaba: no eran simples palabras. Cada símbolo parecía contener algo más, como si el significado real viviera debajo de la tinta.

Alex pasó la mano derecha sobre las páginas.

Las hojas se volvieron transparentes. En su lugar flotaron delicadas pantallas holográficas que pulsaban con una luz suave y azulada.




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