Ecos del abismo: Guerras Secretas

Padre antes que curioso ( 2004)

Alex caminaba con paso rápido hacia las habitaciones de sus hijas. Grov lo seguía en silencio, claramente intrigado. Era la primera vez, desde que lo conocía, que no se encerraba directamente en su laboratorio rodeado de inventos y tecnologías traídas de sus viajes. Por primera vez lo veía anteponer algo que no fuera saciar su curiosidad.
Al llegar a la habitación de Elena, la puerta se abrió con un suave siseo. Dentro, la niña jugaba ruidosamente con los once pequeños que habían rescatado de Irak. Yeon observaba la escena apoyada contra la pared, con una sonrisa divertida en los labios.
Al oír la puerta, Yeon levantó la mirada y vio a su padre de pie en el umbral. Grov permanecía detrás de él, observándolo todo en silencio.
Ella comprendió al instante. Alex era un ser impulsado por una curiosidad casi devoradora; pasaba la mayor parte de su tiempo estudiando, experimentando y aprendiendo. Entonces miró a su hermana pequeña, que reía entre los niños, y se preguntó:
«¿Será igual que él cuando crezca? ¿Tendrá esa misma hambre de conocimiento?».
La respuesta la sintió antes de formularla.
Alex ya se había acercado. Le acarició el cabello con ternura y depositó un beso suave en su frente.
—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.
Yeon tardó unos segundos en responder.
—Para todo lo que ha pasado… está muy bien —dijo finalmente.
Alex la miró directamente a los ojos.
—¿Y tú?
—Bien —respondió ella, escueta.
Alex suspiró.
—Yeon —dijo con calma, pero de manera firme—. Eres mi hija. Igual que Elena. Eso no cambia, y no va a cambiar.
Puso su mano derecha sobre su hombro y la miró con intensidad.
—Además, esa mocosa de ahí —señaló a Elena con una media sonrisa— me mataría si notara que te trato diferente. Ella te ve de tres formas: como madre, como hermana y como su mejor amiga. Te ama con locura… y no dudaría en arrasar medio mundo si hiciera falta para protegerte.
Yeon sonrió con calidez y dirigió la mirada hacia su hermana menor.
—¿Qué vas a hacer con los niños? —preguntó.
Alex sonrió también.
—Digamos que estoy pensando en abrir una escuela en Bir Tawil.
Volvió a mirar a su hija adoptiva y su expresión se suavizó.
—Sé que no tengo remedio… y que con dos hijas ya debería haber aprendido la lección, pero… —su voz bajó, más seria y sincera—. No podemos devolverlos al infierno del que los sacamos, ¿verdad?
Una sonrisa cálida se dibujó en el rostro de Yeon.
—¡Elena! ¡Niños! —llamó Alex de pronto, alzando la voz—. Se acabó el juego por hoy. Todos a ducharse, que mañana hay escuela.
Elena soltó un gemido de protesta, pero una sola mirada seria de su padre bastó para que cerrara la boca y obedeciera.
—Grov, llévalos a las duchas. Asegúrate de que se laven bien, dales de comer lo que quieran y luego directo a la cama.
El draconarii inclinó ligeramente la cabeza. Con una sola mirada firme ordenó a los doce niños que salieran en fila, y los siguió por el pasillo sin decir una palabra.
—Ah, se me acaba de ocurrir algo —añadió Alex, dirigiéndose a Elena—. Por ahora son pequeños, igual que tú. ¿Qué te parece si dormís todos juntos en una habitación grande hasta que crezcáis un poco más?
Los ojos de Elena se iluminaron.
—¡Siiiiii! —gritó levantando un brazo con entusiasmo.
Salió corriendo de la habitación como un torbellino, seguida inmediatamente por los otros once niños, que reían y chillaban emocionados mientras sus pasos resonaban por el pasillo.
El ruido fue apagándose poco a poco, hasta que el silencio volvió a instalarse en el corredor. Alex permaneció un momento en el umbral vacío, escuchando cómo la ciudad seguía su ritmo habitual más allá de las paredes. Luego se dio la vuelta y caminó en dirección a su laboratorio.
La noche transcurría con lentitud mientras el turno de vigilancia cumplía su labor con precisión, velando para que la ciudad permaneciera oculta. Grov recorría los pasillos realizando los últimos ajustes antes de retirarse a su habitación.
Tomó el corredor que conducía al laboratorio de Alex. Al llegar, se detuvo frente a la puerta y notó que había luz encendida.
«Está trabajando», pensó.
Acercó una garra y pulsó el botón de llamada. Un suave tono resonó en el interior.
—Adelante —respondió la voz de Alex desde dentro.
La puerta se deslizó con un susurro y el draconarii entró en el laboratorio.
—¿Todo bien? —preguntó Alex.
—Sí, amo. Todo está tranquilo en la ciudad.
Alex lo miró fijamente. En sus ojos brilló un destello de fastidio.
—Lo siento… —Grov hizo una breve pausa—. Amigo mío. No volverá a ocurrir.
Alex sonrió con suavidad.
—Más te vale, Grov. Sabes de sobra que no me gusta que me llames «amo». Nos conocemos desde hace tiempo. Llámame Alex, o amigo… pero nunca amo.
Alex levantó la vista hacia el techo durante unos segundos, como si ordenara sus pensamientos.
—Bueno —dijo por fin—, ¿ya te retiras a descansar?
Grov no respondió de inmediato. Su mirada se posó sobre la mesa de trabajo de Alex, donde descansaba el antiguo diario de Enki.
—¿Piensas seguir investigando a esos carroñeros? —preguntó con evidente disgusto.
—Sí —contestó Alex—. Por lo que he leído, Enki no era tan bastardo como el resto de su familia.
Grov soltó un gruñido irónico.
—Mira, Alex —dijo—, sé muy bien cómo son. Mis antepasados se enfrentaron a ellos en más de una ocasión. Y te lo diré con la palabra más fuerte que existe en tu idioma: los Ereshi, toda esa raza a la que llamáis annunakis, son unos hijos de puta. Para ellos los humanos solo erais biomasa procesada, material para usar y desechar. Durante siglos os explotaron para extraer Lush.
—¿Lush? —preguntó Alex, frunciendo el ceño.
—Sí. Ese es el nombre que usaban esos bastardos para la energía que obtenían de los sacrificios y del miedo que sembraban para mantener a la humanidad bajo control.
Grov hizo una pausa y miró a Alex directamente a los ojos.
—Verás, hay razas que en algún punto de su evolución alcanzan lo que llamamos el Salto de Enuma: el momento en que una especie puede alimentarse directamente de energía pura. Algunas, como los Ereshi, toman el camino más corto. Se hacen pasar por dioses, siembran terror, reciben sacrificios. La energía que generan sus adoradores actúa como una droga. —Hizo una pausa—. Otros eligen generarla ellos mismos. Ese es el camino de los que no necesitan esclavos.
—¿Te refieres a la energía que liberan los seres vivos cuando sienten terror?
—Exacto. Es la forma más sencilla y eficiente: mantener esclavos aterrorizados que los adoren. El otro camino es más lento, más difícil. Pero el que lo sigue nunca se alimenta de otro. Solo de lo que él mismo crea.
Un breve silencio llenó el laboratorio. Alex pasó los dedos sobre la cubierta del diario de Enki y luego levantó la mirada hacia su amigo.
—Sé que son peligrosos. Pero para entender quiénes somos ahora, primero debemos comprender nuestro pasado. Además, yo no busco seguidores que me ofrezcan su energía. Si ese fuera mi objetivo, todo este tiempo de entrenamiento para generar la mía propia habría sido inútil.
Grov lo miró con genuina sorpresa.
—¿Ya has alcanzado el Enuma?
Alex no respondió. Solo sonrió.
—Bueno —dijo Grov finalmente—, me voy a mi habitación a descansar. Y tú, amigo mío… no trabajes tanto.
El draconarii se despidió con un gesto de la cabeza y salió del laboratorio, dejando a Alex solo con sus pensamientos.
Una vez solo, Alex volvió a posar la mano sobre el diario. Al tocarlo, los caracteres cuneiformes brillaron sobre la página y formaron un texto claro. Los leyó despacio, y por primera vez desde que había comenzado a descifrarlos, cada línea tuvo sentido.
Había encontrado lo que buscaba: la ubicación exacta del Abzu, el legendario laboratorio genético del mayor genetista que el mundo antiguo había conocido. El laboratorio de Enki.




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