La noche era espesa y silenciosa en la villa de Marco Licinio Craso, como si hasta el viento tuviera miedo de molestar al hombre más rico de Roma.
Las antorchas de los patios exteriores ardían con llamas bajas, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra y mármol. Dentro de la habitación asignada a los
Dentro de la habitación asignada a los huéspedes extranjeros, el aire olía a aceite de lámpara, a lana vieja y a la humedad que subía del suelo de terrazo.
Iris no conseguía dormir.
Aunque su cuerpo androide estaba perfectamente capacitado para simular el sueño humano —incluso podía soñar, si activaba los protocolos adecuados—, esa noche sus sistemas se negaban a desconectarse. Los datos del día se repetían en bucles: las miradas calculadoras de Craso, las preguntas demasiado precisas que les había hecho durante el viaje a Roma, la sensación persistente de que alguien los observaba con una atención que iba más allá de la curiosidad.
Se incorporó en silencio del estrecho camastro de paja y madera. Sus pies descalzos no hicieron ningún ruido al tocar el mosaico frío. Miró hacia la cama principal. Alex dormía profundamente, con el rostro relajado y un brazo colgando fuera del colchón de lana. Su respiración era lenta y regular, como si el caos dimensional en el que estaban atrapados no fuera más que una molestia menor.
Iris sintió algo extraño, casi humano: envidia.
De repente, un pitido agudo y urgente resonó directamente en su canal auditivo interno. Era la alarma del sistema de control remoto de las mulas y los humanoides mecas que habían traído consigo. Alguien estaba interfiriendo con ellos. O peor: alguien los estaba destruyendo.
Se movió con la rapidez y el sigilo de una máquina diseñada para ello. Se dirigió a la puerta, la entreabrió apenas y salió al pasillo oscuro. Activó su sistema de invisibilidad: un campo de distorsión óptica y supresión térmica que la hizo desaparecer por completo. Solo quedaba un leve temblor en el aire si alguien la miraba con mucha atención.
Caminó pegada a las paredes, atravesando el peristilo interior, bajando por la columnata de servicio y cruzando el patio trasero. El olor a animales y heno se fue intensificando hasta hacerse casi sólido. Empujó con cuidado la pesada puerta de madera y se deslizó dentro.
El espectáculo que la recibió fue brutal.
El suelo de tierra apisonada estaba sembrado de restos mecánicos. Las mulas que habían fabricado con tanto cuidado yacían destrozadas: placas de aleación retorcidas, cables arrancados, engranajes y procesadores esparcidos como vísceras metálicas. Uno de los torsos humanoides todavía soltaba chispas azuladas, con la cabeza separada rodando lentamente hasta chocar contra un pesebre. El aire olía a plástico quemado, a lubricante y a metal caliente.
Iris dio un paso más, procesando a toda velocidad.
Entonces lo oyó.
Un roce suave de tela a su espalda. Un aliento contenido.
Sintió un impacto seco y profundo entre los omóplatos. El dolor —diseñado para ser realista— explotó en su sistema. Sus rodillas fallaron. Cayó de bruces contra la tierra fría. El sistema de invisibilidad parpadeó violentamente y se desactivó con un zumbido bajo, dejando su cuerpo completamente visible.
Un puñal romano, corto y letal, estaba clavado hasta la empuñadura en su espalda, atravesando su núcleo energético secundario y rozando peligrosamente el procesador principal.
Iris soltó un jadeo mecánico. Intentó arrastrarse, pero sus servomotores respondían con lentitud.
Una voz conocida habló detrás de ella, muy tranquila:
—Vaya… Así que también eres una máquina.
Iris giró la cabeza con esfuerzo. Allí estaba Kaelen, el esclavo personal de Craso. El hombre de cabello negro revuelto y ojos demasiado brillantes para un simple siervo. En su mano derecha brillaba un gladius recién desenvainado.
—¿Quién eres? —preguntó Iris, con la voz ligeramente distorsionada por el daño.
Kaelen se acercó sin prisa. No sonrió. La estudió en silencio un momento antes de agacharse junto a ella y registrarla con eficiencia, apartando la tela de la túnica. Sus dedos encontraron un pequeño dispositivo metálico oculto en un pliegue interno: un translador dimensional compacto, con un botón rojo brillante en el centro.
—¿Qué es esto? —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Lo examinó durante unos segundos. Luego lo guardó en un pequeño bolso de tela atado a la cintura y se incorporó. Miró a Iris desde arriba con una expresión difícil de leer.
—¿Los de tu especie sentís miedo a la muerte?
Era la primera vez en toda su existencia que Iris experimentaba algo que sus protocolos no tenían categoría para nombrar con precisión. No era exactamente miedo. Era la certeza repentina, absoluta, de que sus procesos podían detenerse de forma permanente, y que eso importaba. Intentó llevar la mano hacia atrás para arrancarse el puñal, pero sus brazos no respondían.
Kaelen levantó el gladius por encima de su cabeza. La hoja reflejó la débil luz de una antorcha lejana.
El arma bajó a toda velocidad.
Iris cerró los ojos.
Los segundos pasaron.
No sintió nada. Ni dolor, ni desconexión, ni el vacío final.
Abrió los ojos lentamente.
El gladius estaba detenido a escasos centímetros de su cuello, temblando violentamente en el aire, como si una fuerza invisible lo sujetara. Kaelen gruñó y volvió a intentarlo con más fuerza.
Esta vez, cuando la espada descendió, salió disparada de su mano con una violencia brutal, cruzando todo el establo y clavándose profundamente en una de las paredes de madera con un golpe seco.
Kaelen se giró, furioso.
En la entrada de las cuadras estaba Alex, con la mano aún extendida y los ojos brillantes de concentración. Su rostro mostraba una mezcla de preocupación profunda y furia contenida. Bajó la mano y corrió hacia Iris.
Se arrodilló junto a ella, agarró el mango del puñal y lo extrajo de un tirón limpio. Un fluido plateado y azul brotó durante un segundo antes de que Alex colocara la palma de su mano directamente sobre la herida. Una luz suave, cálida y dorada emanó de sus dedos. Los circuitos dañados se soldaron solos, las placas rotas se recompusieron y la piel sintética se regeneró a una velocidad imposible.