Ecos del abismo: Guerras Secretas

Lo que el oro no puede comprar (71AC)

El aire en el atrio de la villa de Craso era espeso, saturado por el aroma del incienso caro y el vaho metálico de la sangre. Marco Licinio Craso había construido su fortuna sobre la certeza de que todo tenía un precio: los hombres, las legiones, los dioses si era necesario. Su látigo no era un instrumento de crueldad sino de orden. Y el orden, en este momento, estaba roto.

Frente a él, encadenado entre dos columnas corintias, el esclavo aguardaba.

—¿Estaban bajo tu custodia y los has dejado escapar? —La voz de Craso era como un siseo gélido—. Li Wei, ese mercader de seda, ha huido con su esclava y la mujer de Espartaco. Bajo tu guardia.

Dio un paso adelante. Su sombra se proyectó sobre el mosaico como una mancha alargada.

—Voy a enseñarte el precio de la incompetencia, bastardo.

Antes de que el primer golpe cayera, un centurión irrumpió en la estancia, seguido por dos legionarios cuyos rostros reflejaban una mezcla de fatiga y pánico.

—¡Domine! —exclamó el oficial, cuadrándose—. Hemos peinado cada rincón de la ciudad. No hay rastro de ellos.

Craso ni siquiera se dignó a mirarlo. Alzó el brazo y descargó el látigo. El chasquido del cuero rasgando el aire hizo que el centurión retrocediera, mientras la piel de la espalda del esclavo se abría en un surco escarlata.

El silencio que debía seguir al dolor fue roto por algo antinatural.

Kaelen comenzó a reír.

Craso se detuvo, con el látigo en su mano aún goteando. Los guardias se miraron entre sí.

—¿De qué te ríes? —preguntó Craso. Su voz, por primera vez, contenía algo que no era rabia.

—De ti. —Kaelen levantó la mirada. Sus ojos no mostraban sumisión, ni odio. Solo una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza—. De lo que eres en realidad al lado de ese hombre.

—Li Wei es un mercader.

—Li Wei —dijo Kaelen, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos— no es lo que crees. Sacó de mierda.

El insulto fue la chispa final. Craso bramó y alzó el látigo para asestar un golpe mortal.

Su brazo se detuvo en seco.

El cuero quedó suspendido en el aire, rígido, como atrapado en un bloque de hielo invisible. Craso tiró con desesperación. El arma no cedió. Por primera vez en su vida, el hombre más poderoso de Roma sintió el frío roce del miedo auténtico: no el miedo al dolor, sino a lo que no podía comprar, sobornar ni aplastar.

Soltó el látigo. Retrocedió.

Las pesadas cadenas de hierro se deslizaron de las muñecas del esclavo como si fueran seda. Cayeron al suelo con un tintineo sordo. Kaelen se puso en pie, estirando su cuerpo magullado con una parsimonia que resultaba obscena. Mostró una sonrisa que congeló la sangre de todos los presentes.

—¡Mátenlo! —rugió e centurión, desenvainando su gladius.

Los treinta soldados de la guardia personal cargaron al unísono.

Kaelen alzó su brazo derecho.

En un instante que ninguno de los presentes sabría describir después —porque ninguno sobreviviría para intentarlo— los treinta legionarios fueron arrancados del suelo. Sus botas golpeaban el aire. Sus rostros se ponían purpúreos.

Craso intentó huir pero sus pies no respondieron.

Un sonido seco y múltiple llenó el atrio.

Los cuerpos cayeron al mármol con un estruendo metálico de armaduras. El silencio que siguió fue absoluto. Craso, paralizado en el centro de la carnicería, observó a Kaelen acercarse sin prisa. Su cerebro, entrenado durante décadas en el cálculo político, buscó desesperadamente una salida, un precio, una negociación. Encontró solo el vacío.

Kaelen se detuvo frente a él. De un pequeño zurrón extrajo un artefacto de geometría imposible y un frasco que contenía un líquido verde fluorescente. Sin esfuerzo, forzó la mandíbula de Craso y vertió el contenido en su garganta.

Craso tosió, intentó escupir. Tragó.

—¿Qué es eso? —logró articular con su voz quebrada—. ¿Cuánto quieres por el antídoto? Nombra tu precio.

Kaelen lo miró durante un largo momento. Había algo en esa mirada que era peor que el desprecio: era la indiferencia de quien observa un insecto.

—No hay precio —dijo.

Y eso fue todo.

Activó el artefacto. Un vórtice de luz azulada desgarró la realidad en el centro del atrio, un túnel hacia un lugar que la mente de Craso no podía concebir. Kaelen cruzó el umbral sin mirar atrás.

El vórtice se cerró con un chasquido sónico que hizo estallar las vasijas de vino cercanas.

La parálisis de Craso se desvaneció. Cayó de rodillas entre los cadáveres de sus hombres. Se arañó la garganta. Intentó gritar. Solo entonces, en el silencio absoluto del atrio vacío, comenzó a comprender que no había nadie a quien llamar, nada que comprar, ningún dios dispuesto a escuchar a un hombre que siempre había creído que los dioses también tenían precio.

El líquido verde corría ya por sus venas.

Y afuera, Roma seguía siendo Roma, ignorante de que algo había comenzado a pudrirse en su interior.




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