La sala VIP de VXN News parecía diseñada para que el mundo exterior dejara de existir. Las luces de Nueva York parpadeaban al otro lado de los ventanales como electricidad mal contenida, mientras el interior permanecía envuelto en una penumbra cálida y deliberada.
Sofía ocupaba el sofá de cuero negro más alejado de la puerta, con las piernas cruzadas y la espalda recta. Vestía ropa civil: pantalones oscuros de corte impecable y una blusa blanca cuya sencillez contrastaba con la profundidad de su mirada. Sobre la mesa baja de mármol descansaban dos bebidas: un té al limón cuyo vapor se elevaba en delicadas volutas y un café con leche que aún no había sido tocado.
El camarero inclinó la cabeza y salió en silencio. La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.
En cuanto se quedó sola, Sofía giró la cabeza hacia la esquina derecha de la sala, donde una gran planta de hojas anchas proyectaba sombras alargadas sobre la pared.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir camuflado, Tris? —preguntó con voz baja, casi aburrida.
El aire se onduló ligeramente, como el calor sobre el asfalto en agosto, y de pronto Tris estuvo ahí. El traje de combate negro mate relució bajo la luz tenue mientras su sistema de camuflaje óptico se desactivaba por completo. El joven agente de la DAA se quedó inmóvil.
No había dicho ni hecho nada que pudiera delatarlo. Sin embargo, ella sabía que estaba ahí.
Tris levantó la mano en un saludo breve y desactivó manualmente los residuos del sistema.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó. Su voz salió más ronca de lo que pretendía.
Sofía sonrió. Fue una sonrisa pequeña, serena, casi maternal. Tomó la taza de té con ambas manos y dio un sorbo lento antes de responder.
—Te he sentido.
Tris frunció el ceño.
—¿Sentido? No llevas tu traje de combate. No tienes sensores, ni interfaz neural, ni…
Sofía giró el torso hacia él y lo miró directamente. Sus ojos verdes parecían aún más claros bajo la luz indirecta de la sala.
—No lo necesito —dijo con naturalidad—. Trabajar para la Unión te da otros métodos.
El silencio que siguió fue tan pesado que casi se podía oír el latido acelerado del corazón de Tris.
—¿Trabajas para la Unión? —preguntó él, incrédulo. Dio un paso adelante, como si la distancia física pudiera ayudarle a procesar la información—. ¿Desde cuándo?
Sofía suspiró y dejó la taza sobre la mesa con delicadeza. Por primera vez, Tris notó un leve cansancio en su expresión.
—Desde los quince años —confesó sin dramatismo—. Solo estoy infiltrada en la DAA para evitar que os matéis los unos a los otros. Los trajes que os dimos son demasiado para lo que sois ahora mismo. Le dije a Izzy que era un error. Olivia es la prueba viviente. Esa mujer trata la tecnología como si fuera una extensión de su rabia.
Tris soltó una risa corta y amarga.
—Sí… a veces creo que la capitana es una niña pequeña a la que Papá Noel le ha traído juguetes nuevos y peligrosos.
El silencio regresó. Tris se acercó y se dejó caer en el sofá frente a Sofía; el traje de combate crujió suavemente contra el cuero. La miró fijamente, intentando reconciliar a la compañera con la que había compartido misiones de vida o muerte con la mujer que acababa de admitir que llevaba años vigilándolos desde dentro.
Hasta hacía diez minutos, Sofía era alguien en quien confiaba sin dudar.
—¿Así que eres una espía? —preguntó al fin.
Sofía lo observó unos segundos y negó lentamente con la cabeza.
—Más bien soy una canguro cuidando niños.
La expresión de Tris se endureció al instante.
—¿Crees que somos niños?
Sofía tomó el té.
—No he dicho que lo seáis —respondió.
Tris apretó la mandíbula. El silencio se instaló entre ellos. Ninguno lo invitó.
—¿Todo este tiempo has estado informando sobre nosotros? —preguntó, intentando mantener la voz firme—. ¿Sobre cada operación, cada entrenamiento, cada vez que Olivia se pasaba de la raya?
Sofía no apartó la mirada. Cuando habló, lo hizo despacio, como si estuviera recordando algo que preferiría no tener que decir.
—No todo. Solo lo necesario. La Unión no quiere que la DAA se convierta en una amenaza mayor que las que supuestamente combatís. Esos trajes son demasiado poderosos. Un solo agente descontrolado podría arrasar varios bloques de la ciudad en minutos. Izzy pensó que compartir la tecnología nos fortalecería a todos. Yo sabía que era prematuro. Por eso acepté infiltrarme. No estoy aquí para dañaros, Tris. Estoy aquí para que no os destruyáis vosotros mismos.
Tris se pasó una mano por el cabello oscuro, visiblemente afectado.
—No sé si quiero estrangularte o darte las gracias —murmuró.
—Puedes hacer ambas cosas —respondió ella—. Pero espera a que termine el té.
Él soltó una risa seca, sin humor. Y sin embargo, fue real.
—¿Y ahora qué? ¿Esto cambia todo? ¿Ya no eres mi compañera?
Sofía lo miró con una seriedad que le heló la sangre.
—Sigo siendo tu compañera. La diferencia es que ahora sabes quién soy realmente. Puedes elegir seguir confiando en mí… o tratarme como una amenaza. Pero te advierto algo, Tris: si decides que soy el enemigo, perderás a la única persona en la DAA que realmente está intentando manteneros vivos.
Tris se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. El traje de combate parecía de repente más pesado.
—Entonces dime la verdad completa —pidió—. ¿Cuánto sabe la Unión? ¿Qué piensan hacer con nosotros? ¿Y tú… realmente te preocupas por nosotros o solo cumples órdenes?
Sofía tomó otro sorbo de té, dejando que el aroma cítrico llenara el espacio entre ellos.
—Me preocupo —respondió con sinceridad—. Si no lo hiciera, Olivia ya estaría muerta o en alguna mesa draconarii como menú. Y tú… probablemente también. He evitado que tomaran decisiones más drásticas varias veces. Pero mi paciencia tiene límites, sobre todo cuando veo cómo tratáis la tecnología que os dimos como si fuera un videojuego.